Seis meses de guerra y Ucrania mantiene luz, agua e internet
El buque insignia de la flota del mar Negro descansa en el fondo del mar. Depósitos de combustible arden en Belgorod, ya en territorio ruso. La hija de Dugin muere en un atentado en pleno Moscú. Y se suceden los ataques contra objetivos dentro de Crimea. Cuatro golpes que, según el planteamiento que abre el hilo, bastarían uno a uno para justificar una respuesta contundente. La respuesta no llega.
Esa es la anomalía que se lleva discutiendo desde el
sexto mes de la
guerra de Ucrania. La cuestión no es qué ha pasado, sino por qué no ha pasado lo demás. La comparación que se lanza en el debate: si unos agentes de Sadam Husein hubieran matado a la hija de un magnate estadounidense en las calles de Washington durante la primera guerra del Golfo, cabe imaginar lo que habría venido después.
Al principio de la operación, la contención se justificaba con una idea: los ucranianos son un pueblo hermano y no conviene causarles más daño del necesario. Ese marco, se sostiene, está roto. Las relaciones entre ambos países quedan dañadas al menos para las próximas décadas. Sin ese freno sentimental, no hay razón evidente para que el tendido eléctrico siga en pie.
¿Por qué Rusia no ha atacado la red eléctrica ucraniana?
Subestaciones, unidades de bombeo de agua, centros de datos y nodos de internet del centro y el oeste del país siguen operativos. Un participante ofrece la explicación técnica del alcance: atacar con eficacia a cientos de kilómetros de profundidad exige
superioridad aérea y decenas de aviones operando al mismo tiempo; Ucrania conserva defensas antiaéreas de una generación comparable a la capacidad ofensiva rusa. Un solo aparato, por rápido que sea, cargado con cien kilos de bombas poco precisas, no cambia nada.
El contraste con las campañas recientes de Estados Unidos y la OTAN es inevitable: guerras contra países con mucha menos capacidad, con
doscientos aviones diarios sobrevolando objetivos y sin apenas bajas. Rusia no puede replicar ese volumen. A eso se suma el desgaste de misiles de precisión, escasos y difíciles de reponer bajo sanciones, según uno de los participantes. Otra lectura niega la mayor: no es incapacidad, es cálculo. Rusia estaría evitando escalar.
Un ejército de fuerza bruta y una Ucrania sostenida por la OTAN
La lectura más extendida es la del ejército de fuerza bruta: mucha artillería, poca gestión. La crítica es durísima —equipo, tropa, oficiales y logística mediocres—, pero tiene contrapeso. Se argumenta que Ucrania no pelea sola: recibe material occidental en cantidades crecientes y defiende su propio territorio con la espalda contra la pared, lo que cambia por completo la ecuación.
Hay un matiz que se usa para rebatir el relato de la incompetencia total: cuando fracasó la ofensiva sobre Kiev, Ucrania apenas había recibido material de la OTAN. El desgaste posterior no explica ese arranque. Y luego está el problema de fondo que se apunta: la distancia entre la potencia militar que se le suponía y su desempeño sobre el terreno.
La vida normal en el centro y el oeste de Ucrania: los recursos entran desde Polonia y Rumanía
Centro y oeste de Ucrania, sexto mes de guerra: electricidad, agua potable, internet, gente en la calle y ningún racionamiento. Los suministros fluyen sin obstáculo desde
Polonia y Rumanía. Quien sufre la parte sucia del conflicto es el este, precisamente el territorio que la intervención decía defender.
La central nuclear de Zaporiyia, según lo apuntado, seguía suministrando energía a Kiev y al resto de zonas controladas desde la capital. El gas ruso circuló por el
NS1 casi hasta el final del periodo y los gasoductos que cruzan Ucrania no se cortaron en doscientos días de guerra. El único corte de suministro que se cita en sentido contrario es el del agua potable hacia Crimea, restablecido después. Que la red del adversario funcione intacta rompe el relato para muchos.
La hipótesis del teatro pactado y el relato de la victoria lenta
Aquí entra la corriente más incómoda: la que sostiene que todo está pactado, que el conflicto se administra para mantenerlo equilibrado y que el objetivo real sería el empobrecimiento de Europa. Es una sospecha, no una tesis documentada:
no hay prueba alguna que la respalde y como explicación deja fuera cualquier error de cálculo. Pero se repite, y con insistencia.
Enfrente está la lectura de que Rusia gana sin prisa: haciendo caja a niveles récord, sin morder el anzuelo de la escalada y con el tiempo a su favor mientras las economías europeas se desinflan. Del otro lado, el inventario que se enumera con ironía:
mil tanques y cien mil bajas, la flota del mar Negro inoperativa y unas fuerzas aéreas sin capacidad de imponerse. Las dos cosas conviven en el mismo sexto mes de guerra.
Y el detalle que descoloca: los canales de Telegram afines a Moscú hablaban de una posible retirada en Jersón y daban por caída Izium mientras la central de Zaporiyia seguía alimentando el sistema eléctrico del adversario. Seis meses, una red intacta y dos relatos que no encajan entre sí.