El arte de la guerra: mucho mito y pocas novedades
¿Merece la pena leer un tratado militar de hace 2.500 años para aplicar sus enseñanzas al día a día? La respuesta que emerge de una discusión prolongada durante más de dos años es un no rotundo, salpicado de matices. El texto atribuido a Sun Tzu se percibe como una colección de
obviedades que cualquier persona con dos dedos de frente ya intuye: estudiar al enemigo, dividir para vencer, elegir bien el terreno, no atacar en inferioridad y, sobre todo,
la guerra se basa en el engaño. Nada que no se aprenda en una partida de Risk con ambición.
La decepción no es unánime, pero sí mayoritaria. Quienes defienden el libro argumentan que su valor no está en la originalidad, sino en la capacidad de recordar principios básicos cuando el caos aprieta. Otros directamente lo tildan de
basura infumable y lo meten en el mismo saco que la mayoría de los clásicos orientales. La discusión deriva pronto hacia un asunto más interesante: ¿por qué Occidente ha encumbrado un texto que llegó tarde y mal a nuestras estanterías?
La fecha de la primera traducción lo cambia todo
La primera traducción al francés data de
1772; la inglesa, de
1910. Para entonces, Occidente ya llevaba siglos de doctrina militar propia. Según un participante, el pensamiento de Sun Tzu no fue relevante en el desarrollo de la filosofía militar occidental. El
follasuntzucismo es, según esa misma opinión, un fenómeno reciente, ligado a la fascinación por las artes marciales que popularizó Bruce Lee en los años 70. Quien quiera estrategia de verdad, que se pase por Gracián y su
Oráculo manual y arte de prudencia.
Rusia y Ucrania: el manual que nadie siguió
El conflicto ucraniano se convierte en el ejemplo recurrente de cómo se incumplen los principios del libro. Sun Tzu advertía que atacar ciudades es el último recurso, que la guerra debe ser rápida y que el general debe imponerse al soberano ignorante cuando las circunstancias no acompañan. La invasión rusa, según este análisis, hizo todo lo contrario: movilizó tropas sin información fiable, sobreestimó sus capacidades y se creyó su propia propaganda. La consecuencia fue una guerra larga y costosa que el estratega chino habría desaconsejado desde el primer día.
El engaño como doctrina y como trampa
Hay quien sostiene que Rusia sí aplica un principio fundamental:
el arte de la guerra se basa en el engaño. Toda su filosofía política y militar se asienta en mentir sistemáticamente, y eso incluye fingir debilidad cuando se es fuerte y fortaleza cuando se es débil. El problema es que mentir tanto acaba por convencerte de tus propias mentiras. La sobreestimación de capacidades es un efecto secundario documentado de la propaganda constante. Sun Tzu no lo previó, o no lo suficiente.
Lecciones que sí valen para el día a día
Más allá del ruido, algunos principios se rescatan como aplicables a la vida corriente: dirigir un ejército de miles como si fuera un individuo, tener todo atado con espías antes de empezar cualquier guerra, aspirar siempre a algo mayor que el objetivo para compensar la trayectoria, y no distraer al enemigo cuando se equivoca. Son perogrulladas, sí, pero de las que se olvidan con facilidad. El problema no es que el libro mienta, sino que promete más de lo que da.
El negocio de la guerra y la élite que nunca pierde
Una de las aportaciones más cínicas del intercambio apunta a una estrategia que no aparece en el libro: financiar a ambos bandos. La guerra es un negocio lucrativo para algunos, y quien pone el dinero en las dos partes se asegura de pescar en aguas turbulentas, cumplir sus objetivos y no perder nunca. Es el
win-win de manual, y explica por qué ciertos conflictos se prolongan más de lo que la lógica militar recomendaría.
La sobrevaloración de todo lo oriental
El debate deriva hacia una crítica más amplia: el eurocentrismo se denuncia mucho, pero poco se habla de la sobrevaloración de todo lo que llega de Oriente. Arquitectura, tecnología, filosofía, espiritualidad, artes marciales. El prestigio de lo exótico hace el resto. El libro de Sun Tzu se beneficia de ese aura, pero cuando se le quita la pátina de sabiduría milenaria queda un manual de sentido común que cualquier sargento con experiencia podría haber dictado en una tarde.
Al final, la conclusión más repetida es la de siempre: hay que leerlo, aunque solo sea para poder decir que se ha leído y comprobar que no era para tanto.
El arte de la guerra no enseña a ganar guerras, pero al menos entretiene lo justo para no tirarlo por la ventana.