Hollywood pierde producción, televisión y publicidad a la vez
La producción audiovisual de Los Ángeles se está cayendo a pedazos y ya hay números para contarlo: producción un
23,8% menos, televisión un
45,8% y publicidad un
36,1%. Las cifras circulan atribuidas a fuentes del sector, sin que nadie de la
industria las desmienta en público. No es un mal trimestre. Es un cambio de modelo. Y las explicaciones que se cruzan van de la huelga de actores y guionistas al fin del DVD, pasando por la ideología de quien escribe las series.
Cuánto ha caído la producción audiovisual en Los Ángeles
Los tres porcentajes describen magnitudes distintas de la misma hemorragia. La televisión se lleva la peor parte, con casi la mitad de la actividad perdida. La publicidad, que suele funcionar como termómetro adelantado del sector, se deja más de un tercio. La producción general retrocede cerca de una cuarta parte.
Detrás de cada décima hay empleo. Los Ángeles no vive solo del glamur de los grandes estrenos: vive de equipos técnicos, proveedores, alquiler de platós, transporte y un entramado de empresas pequeñas que dependen del rodaje continuo. Cuando ese flujo se corta, el golpe aterriza en la economía local mucho antes que en las alfombras rojas.
Por qué un estudio no quiebra aunque encadene fracasos
Aquí está el punto que descoloca. Otras industrias, con una racha así, ya habrían cerrado. La del entretenimiento acumula estrenos de presupuestos faraónicos con retornos mediocres y sigue funcionando. La razón que más se repite: el dinero no sale solo de la taquilla.
El modelo de las plataformas consistió en quemar caja para controlar el mercado (entrar barato, producir sin límite y forzar al resto a gastar lo mismo) y los grandes estudios se subieron al barco cuando el crédito estaba regalado. Con ese grifo cerrándose, los recortes han llegado también a los estudios: cancelaciones, ajustes y menos rodajes. Queda una pregunta incómoda: si hay rescate, ¿alcanzará a los estudios o también a los miles de trabajadores que viven de ellos?
El guion: cuotas, nepotismo y falta de oficio
El diagnóstico más repetido apunta al material humano. Se sostiene que la selección de equipos por criterios identitarios (ahí aparecen las siglas ESG y DEI) ha desplazado al talento, y que el nepotismo en la industria es enorme. El resultado, según esa lectura, son personajes heroicos sin objetivo fijo que cambian de meta según la emoción del minuto, envueltos en una moralina reciclada que aburre.
La otra mitad del argumento es más simple: el público se ha vuelto apático. No basta con indignarse, hay que dar motivos para pagar una entrada. Y con la oferta gratuita que hay en casa, la apatía se traduce directamente en taquilla.
La desaparición del cine de presupuesto medio
Hace dos décadas el DVD era una semi-industria multimillonaria: muchas películas modestas recuperaban la inversión en el mercado doméstico, igual que el VHS lo había hecho en los noventa. Esa ventana se ha cerrado y el espectador espera a que el título llegue a una plataforma, que devuelve bastante menos.
El efecto colateral es que el escalón intermedio se ha quedado vacío: o superproducción o nada. Y eso explica por qué los porcentajes de caída duelen tanto, porque cuando desaparecen los rodajes medianos desaparecen también los equipos que los hacían posibles.
El consumo global ya no pasa por Hollywood
Hay un dato incómodo para el relato de la hegemonía cultural. Se sostiene que Hollywood arrasa en el planeta cuando su alcance real se concentra en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y pocos mercados más, España entre los que más producto anglosajón consumen. Los cientos de millones de espectadores de países musulmanes ven producciones indias, turcas y egipcias. Asia oriental consume producto coreano.
Eso no es solo taquilla: es poder blando. Durante décadas el cine estadounidense vendió su modo de vida y hasta sus operaciones militares como heroísmo. Si esa maquinaria se apaga, el hueco lo ocupa otro.
A24, estudios independientes y la IA
La salida que se apunta es doble. Por un lado, la última huelga de actores y guionistas empujó a parte del gremio a montar estudios independientes al margen de los mayoristas: menos financiación, más libertad creativa. Ahí se coloca A24, un caso raro, con libertad a ratos y control en otros, y con la singularidad de haber seguido vendiendo a Rusia y de haber estrenado un título tan incómodo como «Civil War».
Por otro lado está la tecnología. Una IA entrenada con miles de guiones puede escupir una base decente en segundos, elegir si el protagonista es hombre o mujer y traducir a cualquier idioma con la voz del actor original. No es el fin del cine, pero sí el de una parte de su estructura de costes.
Con estos mimbres, lo lógico sería un ajuste ordenado. Nadie sabe cuánto aguanta la industria con dinero que no viene de la taquilla, ni cuántos de esos empleos vuelven. Ahí, exactamente ahí, se atasca el análisis.