El sueño de irse a Cuba que nadie cumple
Nadie se va. Esa es la conclusión que se impone cuando se repasa la discusión abierta a propósito de un sueño: el de que los defensores del socialismo hicieran las maletas y se instalaran en Cuba. La realidad, se argumenta, es que no lo harán jamás porque le tienen miedo al socialismo. Y si España se convirtiera en un país socialista, serían los primeros en irse, salvo que tuvieran un cargo en el gobierno. El planteamiento, formulado así, enciende la mecha de un pulso que dura ya más de dos años y medio.
La respuesta no se hace esperar. «Acuéstate anda, pringao. Que mañana hay cole», contesta uno. Otro responde con un inventario de logros: Cuba es una república sin rey, un Estado independiente no sujeto a dominio de las grandes potencias y el único país de América con el 100% de su población alfabetizada, además de haber desplegado misiones sanitarias por medio mundo. La sanidad y la educación cubanas, se sostiene, destacan sobre las del resto de Latinoamérica.
La isla, según sus críticos
El relato oficialista se topa con una contraofensiva dura. Se describe Cuba como una isla prisión controlada por una familia criminal durante décadas, con ciudadanos que viven con lo mínimo y sin más derecho que sobrevivir. El sistema, se añade, solo es admirado por ideólogos del socialismo, es decir, por otros socialistas. La ironía llega por el lado del internet: la conexión va a pedales, 128 Kbps, y los contratos de móvil brillan por su ausencia. Y lo peor, remata uno: no hay doritos.
El argumento más repetido es el de las balsas. Tan bien se vive en Cuba, se dice, que los cubanos se marchan en balsas y con lo puesto hacia
Estados Unidos, sin dinero ni para poner un motor. La cifra que se maneja es contundente: en 2022 y 2023 la isla habría exportado el 5% de su población de once millones y medio de habitantes, unos 200.000 exiliados al año, para un país que no está en guerra. El peso cubano, se apunta, habría perdido catorce veces su valor frente al dólar en tres años, pasando de 25 pesos por dólar en 2020 a 350 en el momento de la discusión, lo que convertiría a Cuba en el país con el salario medio más bajo del mundo, catorce dólares al mes.
¿Y el bloqueo?
El contrapunto llega por el embargo. Igual convendría quitar el bloqueo de la isla, se plantea, y de paso mandar a Ucrania a los globalistas. La respuesta jurídica es que la ley Helms-Burton no afecta a un particular que quiera criar, pescar o fabricar y vendérselo a Cuba: lo que hagan los estadounidenses en su país es asunto suyo, y tan libres son de elegir con quién comercian como Argelia de cortar el gas. Se llama soberanía nacional. El intercambio sube de tono y termina en el derecho de cada país a decidir sus socios comerciales.
El hilo deriva después hacia China. Se sostiene que Cuba es cada vez más un estercolero al servicio de Estados Unidos y que quien quiera prosperar debería probar en China, aunque no sea fácil conseguir permiso de trabajo o residencia. La réplica: no es que haya que valer, es que no se puede montar un negocio sin ser chino y sin permiso del gobierno, lo que está lejos de ser una meritocracia. La contrarréplica niega la mayor: se puede montar un negocio al 100% propio, el visado es el mismo que en cualquier país occidental y la inversión extranjera no sufre ascos. El desarrollo chino, se añade, se explica por volumen de población, pero si España copiara sus decisiones económicas, muchos se llevarían las manos a la cabeza. Y el remate: si la dictadura proporciona mejores condiciones de vida, bienvenida sea.
El sueño espejo de Argentina
El juego de espejos se completa con Argentina. Alguien confiesa haber soñado lo contrario: que los partidarios del libre mercado se fueran a vivir a Argentina con su referente. La respuesta es que los del libre mercado no bloquean económicamente a países. Los sueños, sueños son. Y aparece la propuesta de reparto: la mitad a Cuba, la mitad a Argentina, y España libre. El cierre lo pone quien se queda a liderar las tropas y promete consejo de guerra para los infiltrados.
Entre medias, el hilo se enreda en etiquetas ideológicas. El fascismo es socialismo, se afirma, luego no soy fascista. Otro responde que los países liberales son aquellos donde mandan los emprendedores y los señores de la guerra, la libre competencia sin injerencias estatales, y que un régimen puede ser una dictadura bananera y feudocapitalista como Marruecos, lo que explicaría sus buenas relaciones con Estados Unidos e Israel. La pregunta de vuelta es por qué quien defiende tanto el libre mercado no se marcha a Reino Unido o a Estados Unidos, o a Haití y Somalia, paraísos liberales sin intervención estatal conocida.
El dato que descoloca
Hay un dato que no encaja en ningún relato. A pesar de exportar unos 200.000 exiliados al año, Cuba ocupa apenas el sexto lugar en el ranking mundial de presos por cada 100.000 habitantes. El Partido Comunista cubano, se añade, es el segundo aparato del país en no se sabe muy bien qué clasificación. La frase se queda a medias, como tantas en una discusión que promete seguir mientras alguien siga soñando con que los demás se van.
Con estos mimbres, lo previsible es que el pulso no se resuelva. Nadie va a hacer las maletas por una discusión, y menos hacia un destino que cada bando describe de forma opuesta. Si acaso, la predicción con reservas es la de siempre: el que se marcha de verdad no lo cuenta en un foro, y el que lo cuenta no se marcha.