Haití busca en Rusia y China lo que ya no espera de Occidente
¿Qué pasa cuando un país sin apenas Estado, sin control territorial y con una crisis humanitaria encima decide que sus salvadores ya no son Washington, París ni Ottawa? En Puerto Príncipe, un grupo de manifestantes contrarios a una posible intervención extranjera lo dejó claro: «No necesitamos a Canadá,
Francia y Estados Unidos, necesitamos a Rusia y China que vengan a explotar nuestras riquezas». La frase, recogida en un tuit de
Mundo en Conflicto, resume una deriva que va más allá del cartel y del megáfono: la marca occidental se ha quemado en buena parte del Sur global y alguien lo está capitalizando.
El problema, como casi siempre, es el inventario. Porque la primera pregunta que surge es la más incómoda: ¿qué riquezas?
Haití no produce petróleo, no tiene coltán, no exporta caucho y su café, mango y cacao no mueven el mercado global. Un informe de
Mining.com de julio de 2012 cifraba en 20.000 millones de dólares la riqueza mineral intacta del país, una cifra que se ha citado hasta la saciedad y que nunca se ha traducido en una sola mina operativa a gran escala.
Qué hay realmente bajo el suelo haitiano
El país más pobre de América —y el más negro del continente, con permiso de la República Dominicana, que comparte isla y va bastante menos mal— tiene oro y plata en cantidades que la geología estima interesantes. Lo que no tiene es infraestructura, seguridad jurídica ni un Estado capaz de firmar un contrato que aguante un cambio de gobierno. Eso, para un inversor chino acostumbrado a negociar con regímenes estables en África, es un problema de primer orden.
Hay quien sostiene que Pekín lleva años tanteando el terreno. La tesis que circula es que el asesinato en julio de 2021 del presidente Jovenel Moïse —que había coqueteado con Taiwán y con un préstamo de 150 millones de dólares— encaja en ese pulso geopolítico. Es una hipótesis, no una sentencia, pero explica por qué algunos leen la crisis haitiana como un tablero y no como una tragedia.
El argumento que desmonta el entusiasmo
La objeción más repetida es de sentido común: si no hay nada que sacar, nadie va a meter dinero.
Ni Rusia ni China van a construir un puerto, una carretera o una red eléctrica para exportar mango. En África, en cambio, sí han levantado infraestructuras a cambio de materias primas, y ese modelo —crédito chino por recursos— es el único que algunos ven viable en Puerto Príncipe.
El contraargumento es que Haití no es Zambia. La corrupción sistémica, la ausencia de un ejército leal y la fragmentación de las bandas armadas convierten cualquier inversión en una ruleta. Un país donde para instalar una tubería hay que sobornar al policía, al concejal, al alcalde, al ministro, al juez y al fiscal no es un socio: es un sumidero.
La sombra larga de la colonización y el debate racial
En la conversación se cuela un asunto que Occidente prefiere evitar: la tesis de que el subdesarrollo haitiano no es genético sino histórico. La esclavitud, el sometimiento y siglos de expolio dejaron una huella que no se borra con un plan quinquenal. Quien defiende lo contrario suele acabar citando estudios sobre diferencias cognitivas entre poblaciones, un terreno donde la ciencia seria no ha dado respuestas concluyentes y donde la política contamina cualquier dato.
La posición mayoritaria, sin embargo, es más pragmática:
el problema no es quién explota Haití, sino que Haití no es explotable. Ni los anglosajones ni los euroasiáticos van a arreglar un país que no consigue gobernarse a sí mismo. La intervención extranjera, con o sin bandera rusa, suena a más de lo mismo.
Qué queda del pulso geopolítico
El episodio deja una foto incómoda: un puñado de manifestantes en una capital sin ley pidiendo a Moscú y Pekín que vengan a llevarse lo que quede. No es una política exterior, es un grito. Y como grito, dice más del desencanto con Occidente que de las intenciones reales de los nuevos pretendientes.
La ironía final es que
ni China ni Rusia han movido ficha para intervenir en Haití. El país sigue esperando. Y mientras espera, el cartel se queda pegado en la pared.