Estaba completamente desabrigado, tumbado en el sofá del hall de unos apartamentos a las tantas de la madrugada. De repente, la puerta se abrió y apareció una mujer eslava de cabello fuliginoso, de entre 19 y 21 años.
Al verla, no dudé ni un segundo en preguntarle:
—¿Puedo yacer contigo ahora?
Ella me dedicó una sonrisa muy tierna y contestó:
—Sí.
La euforia y la adrenalina me invadieron por completo. Comencé a recoger mis cosas a toda prisa mientras ella dejaba la puerta de su apartamento abierta de par en par. La observé a lo lejos, con las manos apoyadas sobre su cabeza, mientras yo corría hacia allí con un revoltijo de ropa y mi cartera entre los brazos.Al entrar en su habitación, la tomé de las manos para acariciarlas, notando que llevaba todas las uñas pintadas de un tonalidad intenso, quizás fucsia o violeta.
—¿Cuánto? —le pregunté de inmediato.
—Veinte —respondió ella.
—Vale —asentí, relamiéndome por dentro.
Sin embargo, ya sabéis, como siempre ocurre en los sueños, surgió un contratiempo: no llevaba ni un solo billete encima.
—¿Puedo hacerte un ingreso? ¿Tienes cuenta bancaria? —indagué con prisa.—No.
—¿PayPal?
—No.
—¿No tienes ninguna plataforma?
—Solo acepto metálico.
Entonces su frustración empezó a apoderarse de ella y comenzó a enfadarse con el pequeño Nando. Para calmar la tensión, volví a sujetar sus manos y agaché la cabeza reposandola sobre su lecho.
—No me hagas esto. No soporto que una mujer me grite, cálmate —le pedía
Mis palabras funcionaron; se calló y comenzó a acariciarme el cabello con suavidad. Aprovechando la coyuntura, añadí:
—Está bien, iré a un cajero ahora mismo. O si lo prefieres, te creo una cuenta de PayPal en un segundo y te transfiero cien en este instante. ¿Qué prefieres, mi mujer boreal?
—Lo que tú quieras, Nando... —susurró abrazándome.
El Niño Lunar: La imposición de nacer
Al verla, no dudé ni un segundo en preguntarle:
—¿Puedo yacer contigo ahora?
Ella me dedicó una sonrisa muy tierna y contestó:
—Sí.
La euforia y la adrenalina me invadieron por completo. Comencé a recoger mis cosas a toda prisa mientras ella dejaba la puerta de su apartamento abierta de par en par. La observé a lo lejos, con las manos apoyadas sobre su cabeza, mientras yo corría hacia allí con un revoltijo de ropa y mi cartera entre los brazos.Al entrar en su habitación, la tomé de las manos para acariciarlas, notando que llevaba todas las uñas pintadas de un tonalidad intenso, quizás fucsia o violeta.
—¿Cuánto? —le pregunté de inmediato.
—Veinte —respondió ella.
—Vale —asentí, relamiéndome por dentro.
Sin embargo, ya sabéis, como siempre ocurre en los sueños, surgió un contratiempo: no llevaba ni un solo billete encima.
—¿Puedo hacerte un ingreso? ¿Tienes cuenta bancaria? —indagué con prisa.—No.
—¿PayPal?
—No.
—¿No tienes ninguna plataforma?
—Solo acepto metálico.
Entonces su frustración empezó a apoderarse de ella y comenzó a enfadarse con el pequeño Nando. Para calmar la tensión, volví a sujetar sus manos y agaché la cabeza reposandola sobre su lecho.
—No me hagas esto. No soporto que una mujer me grite, cálmate —le pedía
Mis palabras funcionaron; se calló y comenzó a acariciarme el cabello con suavidad. Aprovechando la coyuntura, añadí:
—Está bien, iré a un cajero ahora mismo. O si lo prefieres, te creo una cuenta de PayPal en un segundo y te transfiero cien en este instante. ¿Qué prefieres, mi mujer boreal?
—Lo que tú quieras, Nando... —susurró abrazándome.
El Niño Lunar: La imposición de nacer
