La selfie que desinfla el deseo digital
¿Cuánto vale una selfie sin retocar en el mercado de las citas? Aparentemente, menos que una conversación subida de tono. Un hombre que había mantenido un intercambio candente con una mujer recibió la petición de fotos; cuando las envió sin filtros ni modos de mejora, ella le espetó que no le interesaba “como hombre”, solo como conversador de arte y belleza. La respuesta, seca y demoledora, ha abierto un debate sobre qué se negocia en estas conversaciones.
Por qué una petición de selfies se convierte en prueba
La reacción de los analistas del cortejo digital no se hizo esperar. Dos corrientes se enfrentan. La primera sostiene que la mujer planteó una prueba de autoconfianza (un “shit test” en la jerga de la seducción): al ver la reacción ansiosa del interlocutor, perdió el interés. La segunda, más pragmática, recuerda que el físico manda: la petición de fotos era un filtro de selección antes de invertir más tiempo. Ambas coinciden en que el envío de selfies sin retocar, en ese contexto, fue un error táctico.
El contraejemplo que invierte el argumento
La discusión tiene su momento de humor negro con la historia de un hombre al que una mujer rechazó por su cara, cuando el cutis de ella, según el relato, distaba mucho de ser el de una veinteañera. La moraleja que algunos extraen: el rechazo físico rara vez es objetivo, y contestar con indiferencia —cortar la conversación de forma educada pero firme— sigue siendo la respuesta más eficaz. También la más digna.
Claro que el mensaje de “solo quiero hablar de arte” suena a eufemismo. Los intercambios digitales dejan poco espacio para el matiz: o hay química, o no. Lo del selfie sin retocar venía a ser el termómetro que nadie pidió.