El Padrino, releída como panfleto proinmigración: el debate
Una película de 1972, ganadora de tres Oscar y considerada durante décadas la mejor de la historia, vuelve a la palestra por un motivo que nadie esperaba: hay quien la relee como un alegato encubierto a favor de la
inmigración y del crimen organizado. La tesis, expuesta con detalle, sostiene que Coppola blanqueó a los inmigrantes sur-italianos que llegaron a Estados Unidos a finales del siglo XIX y que, lejos de denunciar su modo de vida, los retrató como hombres elegantes, honorables y carismáticos. El planteamiento ha abierto un cruce de reproches sobre historia, cine y demografía que sigue sin resolverse.
Qué dice exactamente la tesis del panfleto
El punto de partida es una relectura personal: vista de adolescente, la cinta era solo una película de mafiosos con tiros y una escena de caballo; vista con más años, se convierte en un artefacto ideológico. El argumento central es que Estados Unidos fue construido por alemanes, ingleses y holandeses con una supuesta mentalidad de esfuerzo y orden, y que la llegada masiva de inmigrantes del sur de Italia a finales del siglo XIX importó pobreza, violencia y guetos a barrios que antes eran prósperos. La conclusión que se extrae es que la película no critica ese fenómeno, sino que lo romantiza poniendo a los actores más guapos y famosos de la época en el papel de criminales admirables.
La comparación que se lanza es provocadora: imagínese una película sobre delincuentes magrebíes en España que aplaudiera su estilo de vida y sus barrios, con actores carismáticos interpretándolos. La respuesta es obvia: nadie la rodaría. Ese contraste sirve para reforzar la idea de que El Padrino hizo algo que hoy sería impensable. El aviso final es explícito: no es una película para adolescentes, sino para adultos advertidos.
La respuesta histórica: Estados Unidos ya era un país de forajidos
La primera línea de contestación es demoledora por simple: Estados Unidos era, antes de la mafia italiana, un territorio poblado por asesinos y forajidos de todas partes. Se recuerda que los únicos habitantes nativos viven en reservas, en condiciones de pobreza, y que el país se construyó robando tierras y prosperando quien disparaba más rápido. Bajo ese prisma, la inmigración italiana no añadió nada que no estuviera ya allí.
También se corrige el relato fundacional. Nueva York fue fundada por holandeses como Nueva Ámsterdam, y los ingleses se limitaron a expoliar el imperio comercial que aquellos habían creado. Los alemanes llegaron cuando buena parte del desarrollo ya estaba hecho por españoles, franceses e ingleses. La mitad de los alemanes son católicos, no protestantes, lo que desmonta la supuesta unidad cultural del norte de Europa. Y se recuerda que hubo mafia irlandesa antes que italiana.
El contraargumento cinematográfico: no es un panfleto, es un estudio de personaje
Frente a la lectura ideológica, otra corriente defiende que la película no ensalza nada. Se argumenta que muestra cómo los poderosos y los delincuentes no difieren tanto, solo en la posición que ocupan. La evolución de Michael Corleone se describe como un estudio de personaje interesante: alguien ajeno a los negocios familiares que termina atrapado en ellos sin poder escapar. Se compara con el Gennaro Savastano de Gomorra.
También se subraya que los personajes no acaban bien. Aunque lleguen a lo más alto, son desgraciados con hijos muertos. La escena en la que Vito Corleone acude a un amigo para que maquille el cadáver de su hijo y su madre no lo vea destrozado se cita como ejemplo de dolor contenido y soberbio. No hay blanqueamiento, hay tragedia.
El trasfondo económico: la prohibición creó el negocio
Una de las aportaciones más sólidas del análisis es la que señala que la mafia estadounidense no habría pasado de simples ladrones sin la prohibición del alcohol. La misma lógica se aplica a México con la cocaína: un país en guerra por una idea prohibicionista. El crimen organizado, bajo ese prisma, es una consecuencia de la regulación, no de la etnia.
Se apunta también que la mitad de las figuras clave del crimen organizado en Chicago eran judías, con los italianos concentrados en el lado violento y los judíos en el lavado de dinero y la corrupción política. Esa parte de la historia, se sostiene, ha quedado fuera del relato cinematográfico.
La grieta que no se cierra
El desacuerdo de fondo no es sobre la película, sino sobre si el cine debe retratar o juzgar. Unos exigen condena explícita; otros defienden que retratar no es aprobar. La discusión deriva hacia la historia de la inmigración, el papel de las prohibiciones y la conveniencia de advertir a los menores. Nadie ha movido al otro de su posición.