Feliz apocalipsis: la cuenta atrás ya tenía fecha
¿Cuánto falta para el fin del mundo? La respuesta, según una corriente que ha tomado el pulso a este asunto, ya no es «no se sabe»: es una cifra concreta que se puede contar con los dedos. El punto de partida que se propone es el
7 de octubre de 2023, fecha que un usuario sitúa a tres años y medio exactos del inicio de la pandemia, y el punto de llegada se calcula sumando los
42 meses que el Apocalipsis concede a la bestia para ejercer su poder. La aritmética, discutible, tiene la virtud de ser verificable. Y eso, en un terreno donde todo suele ser niebla, ya es algo.
El mensaje que reabre la conversación no trae novedades doctrinales: solo un saludo. «Y que Dios nos pille confesados bien y rezando mucho de corazón siempre en todo momento». Traducido: el que avisa no es traidor. La reacción inmediata es una mezcla de guasa y escalofrío, con algún comentario sobre resurrecciones y más de uno pidiendo profecías concretas para poder desmentirlas después.
Qué dice el Apocalipsis sobre los plazos
El armazón del cálculo no es inventado. Se apoya en cuatro versículos que se citan uno detrás de otro, como quien presenta un balance:
Apocalipsis 13:5 concede a la bestia hablar con altanería y ejercer su poder durante cuarenta y dos meses;
Apocalipsis 11:2 entrega la Ciudad Santa a los paganos el mismo periodo;
Apocalipsis 12:6 da a la mujer un refugio en el desierto durante mil doscientos sesenta días; y
Apocalipsis 12:14 repite la cifra en forma de tiempo, tiempos y medio tiempo. Cuarenta y dos meses y mil doscientos sesenta días son la misma cosa: 42 x 30. La coherencia interna del texto es lo que permite montar la cuenta atrás.
A eso se añade Daniel 12, con el Miguel que se levanta, el tiempo de angustia «como nunca lo hubo desde que existieron las naciones» y los que duermen en el polvo despertando unos para la vida eterna y otros para el horror. El paquete es el de siempre: tribulación, juicio, rescate de los inscritos en el libro. Lo nuevo no es el contenido, es la fecha.
El 7-O como ancla y el problema de octubre
La fijación por octubre no es de ahora. Hay quien lleva años escuchando la misma cantinela y lo dice sin rodeos: «Todavía ustedes andan con eso de será en octubre desde cuántos años». La respuesta, según un usuario, es que lo que tenía que pasar en octubre ya pasó, y sitúa el hito en el
7 de octubre de 2023, a tres años y medio del comienzo de la pandemia. De ahí salen los 42 meses hacia delante.
La pega es evidente para cualquiera que haya seguido estas cuentas antes: cada generación tiene su octubre. El propio material lo reconoce al mencionar que el meme debe trascender a la civilización y que, si hay que elegir fecha, mejor que no sea en octubre. La broma esconde un problema real de estos cálculos: si la fecha falla, se recalcula; si acierta, nadie vuelve a comprobar la aritmética.
Israel, la bestia y la lectura política del texto
La interpretación no se queda en lo simbólico. Hay una lectura abiertamente política, sostenida por un usuario, según la cual el Estado de Israel sería «la bestia maldita que tenía que subir del abismo», la que asesinó a los profetas y mártires, y Jerusalén, en su versión de la antigua alianza, la gran ramera bíblica. Es una exégesis que circula en ciertos ambientes y que aquí se expone sin matices, mezclando teología, geopolítica y un cabreo considerable.
Frente a eso, otra corriente del mismo asunto mira al cielo con más calma y menos ira. La idea de un dios que premia y castiga como se adiestra a un animal resulta, para algunos, demasiado terrenal: emociones de baja vibración, odio y rencor, técnicas conductistas aplicadas a seres humanos. La alternativa que se propone es un dios compasivo que ilumine por presencia y no por palo. Es la discusión teológica de fondo, y no se va a resolver aquí.
El Apocalipsis como revelación, no como catástrofe
No todo el mundo lee el término en clave de hecatombe. Hay una interpretación filológica que conviene recordar: apocalipsis significa «revelación», literalmente «quitar el velo». Sacar lo que hay debajo de la alfombra. Una elevación del nivel de entendimiento, no un meteorito. El cariz siniestro vendría de una mala lectura del libro, que está lleno de símbolos y no de instrucciones de uso.
Con ese marco, la cuenta de los 42 meses cambia de sentido: no sería una cuenta atrás hacia el desastre, sino hacia el destape. Menos trompeta y más auditoría. Es la versión que permite seguir discutiendo del tema sin tener que hacer acopio de latas.
Lo que se cuela por las rendijas del fin del mundo
Entre versículo y versículo aparece de todo. Un aviso de que faltan quinientos libros por leer y tres idiomas por aprender, así que las trompetas pueden esperar. Una pregunta sobre si el grupo sigue tocando. Un comentario sobre la segunda venida, pero de otro personaje. Y la constatación de que, si el juicio final llega, conviene saber qué día es: «el Día del Juicio Final», «no, pero del mes».
La mezcla no es un defecto del asunto, es su naturaleza. El fin del mundo compite con la actualidad diaria y pierde casi siempre. Alguien lo resume con precisión: «cuando sea que no sea en octubre, el meme debe trascender a la civilización». Ahí está el listón real. No el de las trompetas, el del chiste que sobrevive a la profecía fallida.
Al final, la única profecía que se ha cumplido con puntualidad es la de que alguien volvería a decir que el fin está cerca. Y aquí seguimos, contando meses.