Huckabee reivindica el título de propiedad divino sobre Judea y Samaria
El exgobernador de Arkansas Mike Huckabee intervino en la conferencia de la
Israel Heritage Foundation y Arutz Sheva en Jerusalén, donde describió su amor por el Estado de Israel como una experiencia espiritual que se remonta a su primera visita en 1973. «Algo ocurrió en lo más profundo de mi ser en aquel primer viaje hace 50 años este verano», afirmó. En su discurso, Huckabee rechazó el término «Cisjordania» y defendió que Judea y Samaria son «la tierra que Dios ha dado a su pueblo elegido», además de sostener que no puede haber una solución de dos Estados porque nadie puede ceder lo que considera suyo por título de propiedad.
La intervención, difundida por medios israelíes, ha reavivado un debate recurrente sobre el uso de argumentos religiosos para justificar reclamaciones territoriales y sobre el papel de Estados Unidos en el conflicto. Huckabee, exgobernador y figura destacada del evangelismo político estadounidense, vinculó explícitamente la política exterior con la fe: «No hay explicación para Israel, ni tampoco para Estados Unidos, aparte de la intervención de Dios».
El discurso que reabre la disputa territorial
Huckabee articuló su postura en torno a dos ejes: la legitimidad histórica y religiosa de la presencia israelí en Judea y Samaria, y el rechazo frontal a cualquier cesión de territorio. «Cuando la gente me dice: Bueno, ¿qué piensas de los territorios ocupados? Yo respondo: ¡Oh, está ocupado, de acuerdo, por el pueblo que tiene el título de propiedad y tiene un derecho soberano indígena a estar en esta tierra!», declaró. Para el exgobernador, la tierra fue reservada por Dios para su pueblo hace 3.800 años, cuando le dio a Abraham el título de propiedad de todo Israel.
La cita bíblica que Huckabee utiliza como fundamento —«Los que bendigan a Israel serán bendecidos, y los que maldigan a Israel serán maldecidos»— ha sido interpretada por corrientes evangélicas como un mandato político. En su intervención, Huckabee también señaló las «extraordinarias similitudes» entre EE. UU. e Israel, afirmando que ambos países fueron creados por personas que escaparon de la tiranía y buscaban libertad religiosa.
Jerusalén, embajada y el factor Trump
Huckabee calificó Jerusalén como «la capital indiscutible e indivisa del Estado judío» y recordó con emoción la ceremonia de traslado de la embajada estadounidense bajo la presidencia de Donald Trump. «Cuando Estados Unidos bajo el presidente Trump trasladó la embajada aquí, yo estaba allí en esa ceremonia y lloré», relató. Según su relato, Trump le dijo que había cumplido su promesa «porque dije que lo haría y era lo correcto».
El exgobernador sostuvo que «no puede haber una solución de dos Estados porque nadie puede decir simplemente: Sí. Aunque la tierra sea nuestra, y aunque tengamos el título de propiedad, simplemente vamos a permitir que gente que ni siquiera reconoce nuestra existencia se quede con una gran parte de ella». Esta posición choca con décadas de diplomacia internacional que han considerado la solución de dos Estados como marco de referencia.
Reacciones: entre el apoyo religioso y la crítica política
La intervención de Huckabee ha generado una oleada de reacciones que trascienden el ámbito religioso. Por un lado, sectores evangélicos y proisraelíes han respaldado su discurso como una defensa legítima de la soberanía israelí. Por otro, voces críticas han señalado la contradicción de aplicar un doble rasero: mientras se reconocen derechos históricos a Israel sobre territorios disputados, no se aplica el mismo criterio a otras reclamaciones territoriales, como las de Rusia en Crimea o el Dombás.
En el plano interno israelí, las declaraciones de Huckabee refuerzan la posición de los partidarios de la anexión, pero también alimentan el temor a que la comunidad internacional perciba a Israel como un actor que actúa al margen del derecho internacional. La ausencia de una condena explícita por parte de la administración estadounidense a este tipo de declaraciones ha sido interpretada por algunos analistas como un respaldo tácito.
El uso político de la fe: ¿título de propiedad o herramienta de legitimación?
El discurso de Huckabee plantea una cuestión de fondo: ¿puede un argumento religioso tener validez en el derecho internacional? Para sus defensores, la fe es una fuente de legitimidad tan válida como cualquier tratado. Para sus críticos, se trata de una instrumentalización de la religión para justificar una ocupación militar y un proyecto colonial.
La controversia no es nueva. Desde la fundación del Estado de Israel, la interpretación de la Biblia como título de propiedad ha sido esgrimida por movimientos sionistas cristianos y judíos. Lo que añade Huckabee es la explicitación de que esa creencia debe traducirse en políticas concretas: rechazo a la solución de dos Estados, anexión de Judea y Samaria y reconocimiento de Jerusalén como capital indivisa.
El eco en la opinión pública: entre la indiferencia y la polarización
Más allá de los círculos diplomáticos, el discurso de Huckabee ha tenido un impacto limitado en la opinión pública española, donde el conflicto palestino-israelí ocupa un lugar secundario en la agenda. Sin embargo, en foros de discusión política, el tema ha resurgido con fuerza, evidenciando una polarización creciente: mientras unos defienden el derecho de Israel a existir en paz, otros critican el uso de la religión para justificar la expansión territorial.
La falta de una condena unánime a las declaraciones de Huckabee refleja la complejidad del tablero geopolítico. Con un Estados Unidos que ha trasladado su embajada a Jerusalén y una Unión Europea dividida, el discurso del exgobernador se convierte en un recordatorio de que el conflicto no solo se libra en el terreno, sino también en el relato.
Al final, la pregunta no es si Huckabee tiene razón, sino si su discurso acerca o aleja una solución. Y mientras unos celebran su claridad, otros temen que ese «título de propiedad» divino se convierta en un obstáculo insalvable para la paz.