Kissinger aconseja a Ucrania entregar territorio para frenar la guerra
Henry Kissinger tiene 98 años y una recomendación que cae como un
jarro de agua fría: Ucrania debería ceder territorio a Rusia para buscar la paz. El ex secretario de Estado de Estados Unidos, uno de los rostros de la política exterior norteamericana del último medio siglo, plantea la entrega de tierras como salida realista. La noticia, difundida por el Daily Mail, ha reabierto el pulso que atraviesa el conflicto desde su primer día. El mapa ya no se puede devolver al punto de partida. La pregunta es qué se hace con eso.
De Lugansk a Crimea: el terreno que Ucrania ya no recuperará
Una parte del análisis lo da por cerrado. Ucrania no volverá a ver el pelo a Lugansk ni a Donetsk, igual que ya ocurrió con Crimea. La conclusión no depende del próximo pulso en el frente, sino de unos
hechos consumados: quien tiene la tierra, la retiene. Sobre esa base, el reparto que se maneja va de una
tercera a una cuarta parte del territorio ucraniano, de la cual la mitad ya no era ucraniana
de facto antes de la guerra. La discusión, por tanto, ya no es si hay cesión, sino cuánta y a cambio de qué.
Quién gana cuando la guerra se alarga
Aquí entra la lectura económica. Para una parte del foro, cronificar el conflicto beneficia sobre todo a los intereses angloamericanos: daña a Rusia, la separa de Europa y hunde al continente como competidor industrial. A eso se suman las ventas de combustible, de armamento y la futura reconstrucción, además de una inflación que licúa la deuda. La bolsa de materias primas de Londres a pleno rendimiento y el carbón australiano vendiéndose
como churros completan el cuadro. Para esta corriente, parar la guerra sería ir contra el propio negocio que la sostiene.
China, la gran beneficiada del desgaste
El segundo ganador tiene nombre, según otra de las lecturas del hilo. Una guerra larga, o incluso eterna, da tiempo a China para fortalecerse mientras Washington no puede volcarse en su verdadero objetivo, que es Asia. En ese escenario,
Rusia acabaría cada vez más cerca de Pekín, poniendo sus recursos naturales al servicio de China y retirándolos de una Europa debilitada. El corolario es incómodo para Bruselas: cuanto más dure el frente, más se estrecha la dependencia energética rusa respecto a Asia y más se enfría el negocio europeo.
¿Por qué Moscú prefería una Ucrania neutral?
Es el punto que más se repite contra la narrativa de la conquista total. A Rusia le habría interesado mucho más una Ucrania entera, neutral o afín, que un cuarto del país convertido en frontera hostil. Se sostiene incluso que la invasión no buscaba anexionarse el conjunto, sino impedir su entrada en la OTAN. Con esa premisa, lo de ahora sería
el peor de los escenarios: territorio controlado a medias, vecino en ruinas y una herida abierta durante generaciones.
La advertencia: el precedente que se abre con China
No todos ven la cesión como una salida. Hay quien advierte del efecto imitación: si a Rusia le funciona en Ucrania, a China le funcionará con Taiwán. Para Washington ese mensaje es inaceptable, y por eso la vía de la entrega de territorio tropieza con un interés estratégico mayor. La crítica de fondo es que Moscú volvió a subir la apuesta, como otros antes, de victoria en victoria hasta la derrota final. La soberbia se paga, y la factura siempre llega.
Las mujeres salen, los hombres se quedan
Mientras se discute el mapa, se discute también la gente. El flujo de refugiados ha estado marcado por una asimetría:
los hombres de 18 a 60 años no pueden salir del país, y a las mujeres con formación se les exigió registrarse militarmente para obtener pasaporte, según las informaciones disponibles. El resultado son desplazamientos selectivos, con población joven y cualificada retenida. Hay quien subraya que a las ucranianas se las trata como a las europeas de los años noventa, y que el verdadero éxodo se verá cuando acabe el conflicto y se conozca el estado real del país.
El reparto energético que paga Europa
El otro frente es el de la energía. Europa compra a esas mismas élites el combustible a un precio multiplicado, y las sanciones han cortado rutas comerciales que llevaban décadas funcionando. Para algunos análisis, el objetivo de Washington no es tanto Moscú como el comercio entre Europa, Rusia y China: cortar la nueva ruta de la seda y mantener a los socios europeos dependiendo de proveedores y armamento estadounidenses. La factura la paga el consumidor europeo, con la gasolina como recordatorio mensual.
Queda el detalle que descoloca. La propuesta divide, pero nadie se pone de acuerdo ni en la edad del que la firma. Las cifras que se manejan van de 95 a 120 años, un rango que da la medida exacta de hasta qué punto Kissinger, casi un siglo después de nacer, sigue
estirando su sombra sobre la política exterior sin haber pisado nunca un cargo electo.