Cuando el telediario confunde un videojuego con un bombardeo real
Un caza imperial derribado en pleno informativo. Un soldado israelí presentado como ruso. Un niño entre escombros que resulta ser el figurante de un videoclip. La denuncia de la propaganda que acompaña al conflicto en Ucrania acumula ejemplos que, vistos en conjunto, dibujan algo más incómodo que un simple error de edición: la sospecha de que las imágenes de guerra se han convertido en un material de relleno que nadie verifica.
El caso más repetido es el de una presentadora de televisión que, según un tuit que circula, habría emitido imágenes de un videojuego de guerra como si fueran un bombardeo real sobre Ucrania. La escena, difundida en redes, fue calificada de «basura» y de violación hacia la opinión pública por quienes la señalaron. A partir de ahí, la recopilación se multiplica: un soldado israelí encarándose con una activista propalestina presentado como un soldado ruso frente a una niña ucraniana; un menor sucio y rodeado de escombros que resultó pertenecer a la escenificación de un videoclip rodado años antes.
Qué se denuncia como propaganda otánica
El eje del asunto es la OTAN y su relato. Se sostiene que los medios occidentales construyen una versión de los hechos en la que cualquier imagen vale mientras refuerce el marco previo, y que la verificación es lo último que importa. La lista de ejemplos incluye también la supuesta rendición de las fuerzas atrincheradas en Azovstal presentada como una «evacuación», o la cobertura tibia de la toma de Severodonetsk por parte de Rusia.
Hay un patrón que se repite en casi todos los casos: la imagen es potente, la fuente es difusa y la corrección, cuando llega, no tiene ni la mitad de alcance que tuvo el error. La propaganda funciona por saturación, no por precisión. Y la saturación no admite rectificaciones.
El borrado de noticias incómodas
Otra línea de la denuncia apunta a lo que desaparece. Se afirma que la prensa española habría eliminado informaciones sobre violaciones atribuidas a militares ucranianos contra menores separatistas en 2016. El diario ABC habría borrado de su hemeroteca la información donde se denunciaban esos hechos. La acusación no se acompaña de capturas ni de enlaces de archivo, pero encaja con una queja más amplia: los crímenes atribuidos a un bando se archivan, los del otro se repiten durante meses.
El argumento tiene una versión más matizada dentro del propio intercambio: no todos los soldados ucranianos serían responsables, pero eso no quita que los casos se oculten y que los señalados queden impunes. Es la diferencia entre denunciar un ejército y denunciar a unos individuos.
El ridículo como argumento
No todo el mundo compra la tesis del engaño deliberado. Una objeción recurrente señala que emitir un caza imperial no es manipular, es hacer el ridículo. Nadie va a creerse que Darth Vader sea general al servicio de Moscú. La manipulación eficaz, dice esta corriente, es la que usa imágenes de otra guerra de hace siete años y las presenta como actuales; la que cuela un videojuego en un informativo solo engaña a quien no mira la pantalla.
La explicación más benévola apunta al becario dormido, al editor que no revisó el plano o a la broma del último día de trabajo. La explicación más cínica apunta a que el error da igual: el daño ya está hecho en la percepción, y la corrección no lo deshace.
El contexto que se omite
El asunto se enmarca en un debate más amplio sobre cómo se construyó el relato previo al conflicto. Circulan declaraciones antiguas de cargos públicos estadounidenses advirtiendo de que la expansión de la OTAN hacia el este provocaría una reacción militar rusa. Y se recuerda que la escalada no empezó con una sola decisión, sino con una secuencia de movimientos que cada bando cuenta a su manera.
También se señala el doble rasero en la cobertura de las víctimas: las imágenes de civiles armando cócteles molotov o de activistas celebrando una masacre con el edificio ardiendo detrás apenas aparecen en el mismo lugar donde sí aparecen los escombros y los niños.
El dato que descoloca
La discusión sobre la propaganda tiene una paradoja final. Cuanto más burdo es el montaje, más se refuerza la desconfianza de quien ya no creía nada. Y cuanto más se refuerza esa desconfianza, menos importa si la imagen era falsa o solo mal etiquetada. El caza imperial derribado no engaña a nadie. Pero deja claro, sin querer, que el control de la imagen en un conflicto ya no consiste en convencer al que duda, sino en alimentar al que ya estaba convencido.