Un kilo de harina vale más que un kilo de trigo: el examen que Marx no aprueba
¿Por qué un kilo de harina vale más que un kilo de trigo? La pregunta funciona como examen final de la teoría del valor de Marx. Si el valor de una mercancía dependiera del trabajo incorporado, moler el trigo añadiría un valor objetivo y medible. La realidad se empeña en lo contrario: la harina vale más porque hay quien está dispuesto a pagarla. Ahí se abre la grieta que recorre toda la crítica al Capital de Marx.
El punto de partida es el capítulo primero de la obra, el análisis de la mercancía y sus dos caras, valor de uso y valor. La objeción que vertebra el asunto no es económica, sino filosófica. En el prólogo, Marx concede que estudiar las formas económicas exige
una facultad de abstraer que haga las veces de microscopio y de reactivos químicos. Esa concesión —que el valor no se toca, que hay que abstraerlo— es donde salta la liebre.
Por qué vale más un kilo de harina que un kilo de trigo
La respuesta más repetida apunta a la disposición a pagar, no al trabajo. La harina cuesta más porque el consumidor final la paga, no porque el molinero haya sumado horas. Y si el valor lo fija la demanda, la teoría queda descolocada. El argumento se refuerza con un caso deliberadamente brusco: un bloque de mármol destrozado a cepillazos no vale más que la pieza original, por mucho esfuerzo invertido. El trabajo no tendría valor inherente.
Quien defiende a Marx responde que la pregunta está mal planteada. Las mercancías se intercambian por su tiempo de trabajo socialmente necesario y los casos extremos —el mármol arruinado, el objeto inútil— no representan el mercado real. La discusión salta pronto a los bienes monopolísticos: una obra de arte o un medicamento no se rigen por la ley del valor. Según una de las posturas que aparece,
esos bienes no llegan a representar el 5% del total de bienes y servicios.
Velázquez, el cuadro y el valor que la teoría no explica
El ejemplo más demoledor para cualquier intento de objetivar el valor es pictórico: un lienzo pintado por un aficionado no vale más que uno de Velázquez aunque haya costado más horas. Si el valor dependiera solo del trabajo asociado, ambos serían comparables. No lo son. Y el problema se extiende a servicios y bienes difíciles de tasar, donde la utilidad marginal y el análisis marginalista tampoco salen bien librados.
El dinero fiat y la abstracción que gobierna la economía
El hilo avanza del valor al dinero y ahí la crítica se vuelve más incómoda. La moneda actual es
una abstracción pura sin patrón</B>, sostenida por el Estado y la banca. Marx oscila, se dice, entre tratar el dinero como oro, como oro y plata o como entelequia, y acaba desembocando en su noción de capital y en la plusvalía que el empresario extrae del trabajador. Para los críticos, ese recorrido solo sirve para azuzar a las masas contra la empresa privada y reforzar al Estado.
Frente a eso, la defensa materialista sostiene que toda abstracción tiene un correlato en la realidad: la idea no flota, se fabrica con neuronas, rituales y creencias. No hay idea sin sustrato, viene a decirse. El desacuerdo no es menor: unos ven en Marx un ejercicio de auto-convencimiento platónico; otros, una herramienta potente para leer el capitalismo.Del modernismo del siglo XIX a las conspiraciones
Una parte del material sostiene que la obra arrastra la ilusión de su época: el siglo XIX creía que la razón y la ciencia resolverían todos los problemas. La crítica más citada en ese sentido es la de Benedicto XVI, según la cual no existe ningún método racional para traer el paraíso a la tierra. En paralelo circula una tesis conspirativa, sin respaldo documental, que presenta a Marx como agente de los Rothschild y a su obra como un instrumento para subvertir la democracia. Es una afirmación que no se sostiene con pruebas y que conviene leer como lo que es.El cierre
El propio Marx escribió que la humanidad lleva más de dos mil años sin desentrañar el secreto de la mercancía. Puede que el problema no fuera la dificultad del enigma, sino la elección del enigma. Al final, la respuesta más simple la puso un producto de supermercado: el precio lo fija quien paga, no quien suda.