De fumar en el autobús a ligar sin apps: lo que cambió
Un anuncio de Cola Cao emitido en 1995 ponía a un grupo de personas blancas a cantar una letra que hoy se leería como un estereotipo racial de manual. En 1998, futbolistas de origen africano entonaban esa misma sintonía sin que nadie lo registrara como una humillación, según el relato que abre esta recopilación. El contraste con el presente es el eje de todo: lo que entonces era paisaje cotidiano hoy activa protocolos de violencia y sanciones deportivas. La pregunta no es si España ha cambiado, porque ha cambiado. La pregunta es qué se ha ido por el desagüe con el cambio.
El anuncio de 1995 que hoy no pasaría el filtro
La publicidad es el espejo más despiadado de una época. Colonias infantiles con repartos sin una sola cara distinta a la media, anuncios de arroz que caricaturizaban a un personaje de origen asiático, campañas de supermercado en las que una ejecutiva fregaba sin que ninguna asociación elevara la voz. Visto con la vara actual, cada pieza es un expediente esperando a que alguien lo abra.
La lista no acaba ahí. Regalar unos compases de Staedler o Faber-Castell en la primera comunión era un clásico del ritual escolar, cuando el material barato importado todavía no había arrasado el mercado. Y en los anuncios de colonias infantiles eran niños pintando la valla del jardín, sin más. Hoy, el mismo plano se leería como explotación infantil y como una declaración de intenciones sobre quién sale y quién no sale en pantalla.
Fútbol, canciones y un umbral que se ha movido
El terreno más resbaladizo es el del fútbol. Frente a lo que ocurría a finales de los noventa, cuando los jugadores cantaban la sintonía del anuncio sin que se registrara escándalo, hoy un cántico de ese tipo lleva aparejado el cierre del campo durante tres o cuatro partidos, según la lectura dominante en el arranque de esta comparación. La vara no mide lo mismo, y eso incomoda en todas direcciones.
Con la música pasa algo parecido. Loquillo lanzando «La mataré», Ramoncín llenando recintos sin ser un icono de portada, una canción de título soez emitida sin aspavientos en la televisión pública, Sabrina enseñando un pecho convertida en asunto de Estado. Hoy cualquiera de esos episodios genera comunicado, disculpa y un par de dimisiones. Entonces, como mucho, una portada.
La televisión que emitía sin pedir permiso
Las cadenas hacían su trabajo sin manual de estilo. Grupos apareciendo en pantalla en condiciones poco presentables, cadenas autonómicas rodando con el personal abanicándose porque no había aire acondicionado en el plató. Los programas de debate de la época se repasan hoy como arqueología: turnos de palabra respetados, argumentos antes que consignas, un tono que cuesta reconocer en la parrilla actual. Y para una parte del público, una cadena privada concreta era directamente una maravilla.
Precios en pesetas que hoy suenan a chiste
La arqueología de los precios tiene su propia métrica. El vino de la casa se servía a 4 o 5 pesetas, un cubata costaba 25 y una copa con derecho a consumición, 50. Las cervezas de la universidad iban a diez duros. Para reconstruir las equivalencias: un duro eran cinco pesetas y cuatro reales, una peseta, de donde viene el viejo aviso contra quien vende duros a cuatro reales. Mil pesetas era una fortuna y con eso se pagaba una noche entera. Quien traduzca esas cifras a euros entiende de golpe por qué la nostalgia vende tanto.
Fumar en todas partes y niños sueltos en descampados
El humo estaba en todas partes: el autobús, el aula, la sala de cine, la barra del bar y la propia oficina. En los pueblos, las puertas de las casas se quedaban abiertas sin que entrara nadie a robar. Los críos merendaban pan con vino y azúcar, o con orujo en los días señalados, y jugaban en descampados con dos piedras por portería, sin árbitro, sin uniforme y sin padres vociferando desde la banda. La pachanga se organizaba a la hora, sin convocatoria previa.
Había también una gramática social que se ha evaporado. Un adolescente trataba con corrección al adulto que se le acercaba. Hombres y mujeres se emparejaban, tenían hijos y eso se llamaba familia. Los colegios separaban por sexo y al salir de clase se rezaba un Ave María. Cualquiera de esos detalles, aislado, suena a ciencia ficción.
MSDOS, cabinas y ligar sin aplicación
La tecnología era física y ruidosa. Se aprendía informática con MSDOS, se llamaba desde cabinas o desde teléfonos de monedas en la barra, se buscaba un contacto en guías blancas, amarillas o rosas, se mandaban faxes y se imprimía en papel continuo. Nadie recordaba contraseñas porque apenas existían. Y sin vídeo bajo demanda, destrozar la música clásica con un disco de Luis Cobos no tenía consecuencia alguna: no había forma de comprobar el sacrilegio.
Ligar tenía su propia logística. Sin Tinder ni aplicaciones equivalentes, se hacía en la tele, en la calle o en la discoteca de turno, y el resultado dependía de la cara dura y del horario. Un beso no consentido en una discoteca se saldaba, según el recuerdo que se comparte en el hilo, como máximo con un bofetón, y hoy ese mismo episodio se lee con parámetros radicalmente distintos.
Queda la pregunta incómoda: ¿era mejor aquella España? La respuesta honesta es que no, pero tampoco era la misma España, y eso es justo lo que se discute. La cadena de música del salón, el chato de vino a cinco pesetas y el Ave María al salir de clase describen un país extinguido. Qué parte de lo que se fue era libertad y qué parte era simple falta de escrúpulos sigue sin resolverse.