La fuga de los hugonotes: un error que no hundió a Francia
La expulsión de los hugonotes fue un error económico colosal. El matiz llega apenas unos segundos después: colosal solo en los manuales de ucronía. En el siglo XVII, la herejía no era un activo de capital humano, era una grieta en el edificio de la monarquía absoluta. Y las cifras que venden los relatos sobre el supuesto auge industrial perdido se manejan con más entusiasmo que rigor: entre 150.000 y 200.000 exiliados, según la estimación.
El precio de la ortodoxia
El argumento del “despilfarro de talento” suena moderno, pero el Rey Sol no gestionaba una startup. La fuga de cerebros fue real: tejedores de Lyon, armeros, marinos de La Rochelle. Lo que la lectura economicista ignora es que esos mismos artesanos formaban parte de una comunidad con poder militar propio e intereses internacionales. La Rochelle fue un estado dentro del estado hasta que Richelieu la redujo. En una monarquía agotada por las guerras de religión, admitir un foco de disidencia organizada era invitar a la siguiente guerra civil. La comparación con los moriscos españoles, que desestabilizaron la Corona con alianzas exteriores, resulta inevitable. Hasta la ficción ha entrado al quite: en la última novela de Alatriste, el espadachín acaba ayudando a los hugonotes contra el poder de Versalles.
La ucronía que la IA no ve
Los escenarios que venden los generadores de texto pintan una Francia que, sin el éxodo, habría dominado la manufactura textil mundial. Es la misma fantasía que atribuye a Prusia su poderío militar a la llegada de los hugonotes. Pero Francia fue de facto la primera potencia del siglo XVIII sin necesidad de los calvinistas, y la salida de estos fue, sobre todo, un regalo a los rivales comerciales: Holanda, Inglaterra y Prusia recibieron gratis a la élite artesana. Hay quien va más lejos y sostiene que la permanencia hugonote habría acelerado la Revolución Francesa, al reforzar la disidencia que después cristalizaría en el anticlericalismo ilustrado.
Si Luis XIV hubiera sido más pragmático, Francia podría haber ganado una ventaja en seda y relojería. Pero también habría ganado un dolor de cabeza político. La ucronía que vende la IA es un espejo de nuestras obsesiones: creer que el talento resuelve lo que la política no quiere arreglar. En el siglo XVII, la política ganó. Y no hay ucronía que la haga perder.