11-S: 24 años del día que nadie olvida dónde estaba
Veinticuatro años después, la pregunta sigue funcionando como una contraseña generacional. ¿Dónde estabas cuando se cayeron las Torres Gemelas? Casi todo el mundo tiene una respuesta exacta: una cola para matricularse en un curso, una siesta interrumpida por una llamada al teléfono fijo, un bar comiendo un pincho, una televisión de tubo en la oficina. El 11-S se convirtió en el acontecimiento que
todo el mundo recuerda, incluso quienes entonces tenían siete años y creyeron que era una película.
La conversación que ha vuelto a abrirse estos días en un foro de economía no se queda en la nostalgia. Arranca con escenas cotidianas —el primer avión se estrelló mientras alguien cortaba por teléfono con su primera relación— y deriva hacia el terreno donde el relato oficial empieza a crujir: el
edificio 7 del World Trade Center, la torre que colapsó sin que ningún avión la golpeara y de la que, según se sostiene, casi nadie se acuerda.
El WTC7, la torre que casi nadie recuerda
La mayoría de la gente ni sabe que existía el WTC7. Esa es, precisamente, la tesis que más peso ha ganado con los años: que las Torres Gemelas fueron el señuelo visible y que el tercer edificio —el que cayó horas después, sin impacto de avión— es la verdadera madre del cordero de aquel día. La prueba que se propone es sencilla: preguntar por la calle y comprobar cuántos recuerdan que se desplomó un tercer rascacielos.
A eso se añaden los indicios que circulan desde entonces:
ruidos de maquinaria y de objetos pesados en plantas supuestamente vacías semanas antes, un apagón generalizado poco antes del atentado, el hecho de que los escudos antiaéreos del Pentágono no funcionaran ese día, o que los protocolos de interceptación aérea se hubieran modificado poco antes, lo que explicaría la lentitud en salir a perseguir los aviones secuestrados. También se menciona que las torres habían sido aseguradas por una suma elevada meses antes.
Nada de esto constituye una conclusión judicial. Son las piezas que una parte del análisis encaja para sostener que hubo algo más que un atentado yihadista. La otra parte responde con un argumento simple: si fue un autoataque para invadir Irak, salió rematadamente mal, porque las supuestas armas de destrucción masiva nunca aparecieron. Y los ingenieros que defienden la versión oficial, se dice, despachan a los críticos con el argumento de que beben lejía y llevan gorrito de plata.
De la invasión de Afganistán al fin de la historia
El hilo también reconstruye la cadena causal que llevó hasta allí. La URSS invade Afganistán. Un saudí de buena cuna, Osama bin Laden, acude a combatir y monta una base de datos de yihadistas. Años después, Estados Unidos despliega tropas en Arabia Saudí, lo que le enfurece. Bin Laden se traslada a Sudán, amasa una fortuna gracias a la corrupción inmobiliaria, y desde allí pasa a Afganistán, donde con dinero, hombres y esa base de datos planea el megaatentado. El resto es historia.
En paralelo aparece la referencia intelectual que sobrevuela estas discusiones: Francis Fukuyama y su tesis del
fin de la historia, hoy ampliamente superada. Frente a él se reivindica a Oswald Spengler y su
Decadencia de Occidente, que, se argumenta, no se equivocó. La ironía es que aquel día parecía que el mundo se acababa —y para las víctimas y sus familias fue exactamente así—, mientras para el resto Occidente ha ido desmoronándose poco a poco, sin Mad Max, más bien con africanización y con la sensación de que cada vez estafan más.
El día que se estrenó la vigilancia global
Hay un consenso incómodo: el 11-S inauguró una era. Los gobiernos empezaron a vigilar a su propia población, los atentados se volvieron rutina informativa y el mundo que se conocía dejó de existir. Las palabras de Jesús Hermida en Antena 3 aquel día —«a partir de hoy el mundo que conocimos no volverá a ser igual»— se repitieron como una profecía que, visto lo visto, se cumplió para mal.
También se recuerda el detalle televisivo: que varias cadenas emitieran en directo lo que primero se presentó como un accidente de avión. Saltarse la programación para cubrir un accidente resultó, cuando menos, llamativo. Y una curiosidad que se repite: Michael Jackson tenía invitación para el WTC ese día y finalmente no acudió; la noche anterior había actuado en el Madison Square Garden y meses después publicó
Invincible.
Por qué el 11-S se recuerda y otros atentados no
La pregunta que sobrevuela el aniversario es por qué este acontecimiento quedó grabado con nombre y apellidos en la memoria colectiva mientras otros atentados, incluso en la misma ciudad, se recuerdan mucho menos. La respuesta más repetida no es conspirativa: fue el primer gran acontecimiento retransmitido en directo por televisión en un mundo con cinco canales y sin redes sociales. La caja tonta era sagrada. No había YouTube ni Twitter para fragmentar la atención.
De ahí que el 11-S funcione como marcador generacional. Quienes lo vivieron de niños lo confunden con una película. Quienes lo vivieron trabajando recuerdan la televisión de tubo y a alguien diciendo que aquello estaba muy lejos y no iba a afectar. Algo dentro de ellos decía lo contrario. Y así fue.