La PS5 Pro a 800€ y el debate sobre el poder adquisitivo
La PS5 Pro cuesta 799,99 euros sin lector de discos. Con la unidad óptica se va a 920. Ocho años antes, la PS4 Pro salió por 400 euros con lector incluido. El salto no es tecnológico: es de modelo económico. La diferencia de precio entre la consola estándar y su versión mejorada pasó del 33% al 45%, y el desembolso absoluto se ha duplicado en menos de una década. Ese es el dato que ha encendido la mecha de un debate que va mucho más allá del videojuego.
El argumento central es incómodo: si el salario medio europeo ha crecido, en el mejor de los casos, un 30% en ese mismo periodo, el esfuerzo real para comprar la consola de gama alta se ha disparado hasta un 70%. Un dispositivo electrónico que se fabrica en masa, con procesos de producción más eficientes que hace ocho años, cuesta el doble. No es vivienda. No es un tubérculo. Es silicio empaquetado.
Por qué la PS5 Pro cuesta 800 euros y la PS4 Pro costaba 400
La explicación oficial apunta a los componentes. La lectura crítica apunta a otra parte: la valoración bursátil de Sony está en máximos de la última década. No es una empresa desesperada que suba precios para sobrevivir. Es una empresa que sube precios porque puede. El patrón se repite en el sector: Nvidia duplicó el precio de sus gráficas hace dos años, y Apple coloca terminales cerca de los 2.000 euros sin que nadie se rasgue las vestiduras.
Hay quien sostiene que la consola es un producto de lujo y que nadie tiene derecho a ella. La comparación con la Neo Geo, la máquina de culto de los noventa reservada a bolsillos generosos, aparece en la conversación. Pero el contraargumento es sólido: la consola siempre fue el acceso barato a los juegos de última generación. Ese era su pacto con el comprador. El modelo de negocio real estaba en los juegos y los periféricos, no en el hardware. Romper ese pacto tiene consecuencias.
El PC como alternativa real y el fantasma chino
Con 800 euros se monta un ordenador competente. No uno de gama entusiasta, pero sí una máquina capaz de mover los mismos títulos. La barrera histórica entre consola y PC —el precio de entrada— se ha difuminado. El mercado de componentes, más competitivo y dinámico, ha sufrido inflación, pero ofrece opciones que la consola cerrada no permite.
La otra amenaza tiene acento distinto. La industria china del videojuego ya no es un rumor: produce títulos de primer nivel y tiene capacidad industrial para lanzar hardware propio. El hueco que Sony deja al encarecer su producto es exactamente el que otros pueden ocupar. Ya pasó con los coches eléctricos.
La tesis del capitalismo agotado
El hilo deriva hacia un diagnóstico más amplio. La metodología dominante en las escuelas de negocio, resumida con sorna como «powerpoinismo», consistiría en vender menos unidades a precio mucho más alto, recortar producción e I+D y exprimir el beneficio a corto plazo. El resultado: pérdida de competitividad, exposición a rivales y deterioro del producto.
La externalización de la producción a países de desarrollo medio fue el primer paso de esa lógica. La robotización que habría permitido mantener fábricas locales se descartó en favor del ahorro inmediato. Los bancos centrales compensan la pérdida de competitividad con emisión monetaria, y el efecto se traslada a los precios. La impresión de billetes no crea
tecnología: crea inflación.
Somos más pobres, no es que todo sea caro
Una parte del análisis es más descarnado. El salario de 1.200 euros se ha convertido en el techo para una mayoría, mientras el coste de la vida se ha duplicado en cinco años en categorías concretas: bicicletas de gama media a 3.000 euros, coches medios a 40.000. La conclusión que se repite es que el problema no es el precio de la consola, sino la pérdida de poder adquisitivo de quien la mira.
Frente a eso, la respuesta escéptica: el consumo en terrazas no se ha desplomado, y las colas para agotar stock se repiten con cada lanzamiento. La oferta y la demanda siguen funcionando. Si nadie comprara, el precio bajaría. La pregunta es cuánto aguanta el comprador antes de decir basta.
Lo que viene no está escrito. Si el patrón se mantiene, la próxima generación llegará con otro salto de precio y otra tanda de agotados en preventa. Si el comprador se cansa, Sony tendrá que elegir entre recortar margen o ceder cuota. La historia reciente del hardware sugiere que la primera opción tarda en llegar.