EEUU pide rebajar tensiones tras el órdago de Pelosi a China
¿Qué se hace después de mandar a la tercera autoridad del Estado a pisar el avispero y salir corriendo? Pedir prudencia. La visita de Nancy Pelosi a Taiwán, seguida de maniobras chinas con fuego real y misiles de crucero, deja una escena que el propio material describe con sorna: tirar la piedra y esconder la mano. La preocupación oficial por «la grave situación, en la que el grado de amenaza de Corea del Norte está aumentando» —así aparece formulada en el arranque del asunto— convive con el despliegue militar que Pekín mantiene sobre el estrecho.
El patrón se repite y ya cansa. Una potencia emergente desafía a la dominante y el conflicto queda servido. Lo advirtió
Tucídides en la Historia de la guerra del Peloponeso: cuando el equilibrio de poder se mueve rápido entre dos rivales, la guerra deja de ser un riesgo y pasa a ser un programa. La diferencia con Atenas y Esparta, como resume una de las intervenciones más celebradas, es que ahora hay misiles atómicos.
Qué busca EEUU con la visita de Pelosi a Taiwán
La tesis dominante es que no hay improvisación. Washington planifica estas provocaciones con años de antelación y calcula el coste. Se argumenta que el objetivo no es defender la isla, sino forzar a Pekín a mostrar los dientes para que los vecinos de la región —Japón, Australia, Filipinas, Vietnam— se alineen por miedo. Es la misma jugada que en Ucrania: mandar a otros a la trinchera mientras se suministran armas desde la retaguardia.
Frente a eso, otra corriente sostiene que el envite es puro postureo pactado. Que sirve para justificar el aumento del gasto militar y los recortes que ya se están aplicando en Europa, con Pelosi como marioneta de un tour innecesario a una edad en la que no debería embarcarse en estas aventuras. Los negocios entre las élites demócratas y China no se van a cerrar por esto.
China responde con maniobras y misiles sobre el estrecho
Pelosi se marchó, pero las maniobras de fuego real continuaron. Misiles de crucero, ejercicios de bloqueo y lanzamientos que cayeron en aguas japonesas. La pregunta que recorre el análisis es si un bloqueo marítimo de una semana ahonda la crisis o la desactiva. Hay quien defiende que China debería aprovechar el momento para invadir la isla, y quien recuerda que el apoyo estadounidense a movimientos independentistas no empezó ayer.
La respuesta china no es solo militar. El terreno económico lleva años moviéndose: Pekín quiere que el dólar deje de ser la moneda de referencia en Asia, y para eso necesita a Rusia. Si la divisa estadounidense pierde valor, sostiene este análisis, se acaban los fondos con los que Washington compra voluntades.
Quién tiene las cartas en un enfrentamiento directo
Aquí el consenso se rompe. Un bando sostiene que EEUU tiene todas las cartas para ganar y Europa todas para perder. El otro responde con datos: China dispone de misiles hipersónicos capaces de mandar al fondo del mar a cualquier portaaviones que se acerque al sur del país, y a Estados Unidos le costaría detectarlos. En un escenario de saturación —misiles a distintas velocidades, desde tierra, aire y submarinos, con señuelos—, la escolta de un portaaviones no es garantía de nada.
La historia reciente tampoco avala la invencibilidad. Corea, Vietnam, Afganistán. El aura de superioridad se sostiene mientras no haya un choque con un rival de nivel, porque el primer portaaviones hundido no es una pérdida militar: es una pérdida de respeto internacional que se traduce en que cada amenaza futura valga menos.
El dato que explica por qué China no es sustituible
Tim Cook lo dijo en 2017 con una claridad que hoy suena a confesión: en Estados Unidos no llenaría una sala de ingenieros de herramientas; en China llenaría varios campos de fútbol. La mayoría de placas madre, memorias RAM, chips y marcas de móviles —salvo Samsung y alguna más— no se fabrican en territorio estadounidense. Se fabrican en Taiwán y en China continental.
Ese es el nudo que ninguna soflama tapa. Occidente deslocalizó la producción durante décadas, se olvidó del Tíbet cuando le convino y ahora se escandaliza. La avaricia, resume una intervención, hundió a Occidente antes que cualquier ejército.
Con estos mimbres, la petición de calma suena a lo de siempre: el que pega primero pide prudencia al que responde. Y mientras, los misiles siguen volando.