Visualizar no basta: el factor Topuria
Ilia Topuria ganó el campeonato mundial de peso pluma de la UFC. La noticia, por sí sola, no explica nada. Lo que ha puesto sobre la mesa es una pregunta incómoda: ¿fue el trabajo duro, la visualización o una mezcla de ambas? El propio luchador lo dejó caer en una entrevista en el canal de Jordi Wild: según contó, nadie aguantaría ni una semana entrenando a su ritmo y su forma de hacer las cosas no se parece a la de la gente normal. «Estoy donde estoy y los demás no», viene a decir. Y añade que visualiza lo que va a ganar, aunque no quiere dar detalles. Los que conocen la Ley de Asunción saben a qué se refiere.
El problema es que esa explicación no resiste un examen serio. Porque si la visualización fuera la variable decisiva, el campeonato lo ganaría quien mejor imaginara el triunfo, no quien mejor pelea. Y eso no ocurre.
¿Qué es la Ley de Asunción y por qué se cita aquí?
La Ley de Asunción, en su versión popular, sostiene que lo que una persona asume con convicción como ya sucedido acaba materializándose. No es simple fantasía: sus defensores hablan de
sentir la escena como real, de alimentar al subconsciente con una narrativa repetida hasta que el convencimiento domine. En el caso de Topuria, quienes defienden esta lectura señalan que el luchador describe exactamente ese proceso: visualiza el resultado antes de que ocurra.
La contraargumentación más repetida es demoledora en su sencillez:
todo el que se ha calzado unos guantes alguna vez se ha imaginado campeón del mundo. Todo el que ha botado un balón se ha visto en la NBA. Todo el que ha escrito dos líneas se ha imaginado firmando un best seller. La visualización es universal; el éxito, no. Si fuera la clave, el campeonato lo ganaría cualquiera con imaginación suficiente.
El trabajo duro como variable principal
La tesis dominante en el análisis es que la visualización es, como mucho, un multiplicador.
Michael Jordan lo resumió mejor que nadie: «cuanto más entreno, más suerte tengo». La suerte se provoca. Y la provocación se llama horas, sudor y repetición.
Hay un dato que se cita en estos contextos: estudios con dos grupos de control, uno que practica físicamente una tarea y otro que solo la visualiza, muestran diferencias de mejora pequeñas entre ambos al cabo de unas semanas. El cerebro no distingue del todo la imaginación vívida de la experiencia real. Eso es lo que sostienen algunos participantes. Pero también es cierto que
la visualización no rompe leyes naturales: si a alguien le falta una pierna, no le crece. Si alguien tiene cáncer y se visualiza curado, no se cura por eso.
El matiz importa: la visualización puede servir para implantar un objetivo en el subconsciente y mantener la motivación cuando el cuerpo pide parar. No para sustituir el entrenamiento.
El argumento del rival que también visualiza
Aquí está el punto que descoloca a los más entusiastas.
Si dos luchadores llegan a la final con la misma actitud férrea y la misma capacidad de visualización, uno de los dos pierde igualmente. Y no porque haya visualizado peor, sino porque el otro fue mejor ese día. La visualización no reparte medallas.
El ejemplo del episodio de los Simpson sobre Juana de Arco se ha usado para ilustrar esto: Dios le ordena a Juana guiar a los franceses a la victoria, y al soldado inglés le ordena exactamente lo mismo para los ingleses.
Alguien miente, o nadie tiene el monopolio de la revelación.
El factor que casi nadie quiere mirar: el talento y la genética
Hay una variable que se menciona menos porque incomoda:
sin genética de élite y sin aptitudes innatas, no se llega a la UFC por mucha visualización que se practique. Se puede entrenar la resistencia, la técnica, la dieta. No se puede entrenar la altura, la envergadura ni la capacidad de recuperación.
El talento no lo es todo, pero marca el techo. Y ese techo es distinto para cada persona. La visualización no lo sube; como mucho, ayuda a acercarse a él.
El contexto que rodea al campeón
En la entrevista con Ferrán Torres, jugador del Barcelona, se describió a Topuria rodeado de gente que constantemente le hace la pelota, con todo diseñado para su bienestar. Eso no es visualización: es entorno.
Un ecosistema que protege al deportista de distracciones y le permite centrarse exclusivamente en su objetivo.
Ese factor, menos místico y más prosaico, probablemente explica más que cualquier ejercicio de imaginación. Rodearse de las personas adecuadas, tener un representante que negocie bien, elegir el club o la promotora correcta: eso sí marca diferencias medibles.
La pregunta sigue sin respuesta cerrada.
Topuria ganó, y eso es un hecho. Si fue por trabajo duro, por visualización o por una combinación de ambas con un porcentaje que nadie sabe calcular, es una discusión que probablemente no se resolverá nunca. Lo que sí se puede afirmar es que
visualizar sin entrenar no lleva a ningún sitio, y que entrenar sin creer en uno mismo tampoco suele bastar. El resto es literatura.