Gaza: cuando el relato pesa más que el cadáver
El debate sobre lo que ocurre en
Gaza se ha convertido en una guerra de narrativas donde cada bando acusa al otro de fabricar o de ocultar evidencia. Quien abre el asunto sostiene que el gobierno israelí y su cúpula militar deberían acabar en el Tribunal de La Haya por crímenes contra la humanidad, y cifra el horror en «un centenar de niños enjaulados al día» sin consecuencia alguna. La cuenta de Instagram que documenta esa versión gana, según el mismo mensaje, casi 500.000 seguidores diarios y ya ha sido bloqueada en Canadá.
A partir de ahí, la conversación se parte en dos. Una corriente defiende que Israel está en guerra, que declaró oficialmente el conflicto y que avisa antes de bombardear, lo que en su lógica lo exime de la etiqueta de terrorismo. Otra responde con un argumento que no caduca: con el terrorismo no se acaba convirtiéndose en terrorista, y el ojo por ojo no tiene cabida para cualquier católico.
¿Es genocidio lo que ocurre en Gaza?
La palabra genocidio vertebra todo el enfrentamiento. Hay quien la usa sin matices para describir bombardeos sobre autovías con civiles huyendo al sur, niños huérfanos, niños mutilados en hospitales y servicios de emergencia atacados mientras buscan heridos. Frente a eso, una parte del análisis sostiene que genocidio es solo cuando lo cometen determinados actores, y que los aliados occidentales de Israel son «justos hacedores de paz». La ironía no oculta el fondo: la calificación jurídica del término depende de quién lo aplica.
El paralelismo con ETA aparece varias veces. Si para frenar a ETA se hubiera encerrado a toda Vizcaya y se hubiera matado a niños vascos, nadie lo habría defendido. La respuesta es que ETA no se inmolaba ni se ocultaba entre ciudadanos, y que la comparación no se sostiene.
El uso de escudos humanos y la autoría del desastre
El argumento más repetido por quienes respaldan la ofensiva es que Hamás y Hezbolá impidieron la salida de civiles y los usaron como escudos para exhibirlos después. De ahí salta la pregunta incómoda: ¿cómo votaron los palestinos a Hamás, con qué tipo de elecciones, y votan también las mujeres? La duda queda flotando sin respuesta cerrada.
En el extremo opuesto, se acusa a Israel de mentir de forma sistemática y se llega a afirmar que los jóvenes masacrados en el festival cerca de la frontera eran colonos o reservistas, no simples asistentes a un concierto. Esa afirmación es una opinión lanzada al aire, no un hecho establecido.
La sospecha sobre las imágenes y el teatrillo del relato
Una tercera línea, más cínica, cuestiona la autenticidad de lo que se emite. Se sostiene que lo que llega a las televisiones es un montaje, que un ataque a ambulancias se redujo a un movimiento de cámara y al llanto de una niña, y que quien busca fotos de niños muertos forma parte de la maquinaria de Hamás. Del otro lado, la réplica es que para vivir tan mal hay internet, Instagram y móviles con buenas cámaras, y que cada cual vende el relato como quiere.
La desconfianza mutua alcanza al propio medio: se acusa a las cadenas de reforzar una narrativa concreta y se recuerda que la cuenta que documenta los bombardeos ha sido cerrada en Canadá, lo que para unos prueba la censura y para otros la manipulación.
El trasfondo que nadie discute: los rehenes y la salida
En medio del ruido, hay un punto de consenso incómodo: mientras no se liberen los rehenes, la ofensiva no se detiene. Una parte lo ve legítimo y añade que Israel ya se comporta avisando de los ataques aéreos. Otra recuerda que ETA también avisaba de sus bombas cuando no iban dirigidas a objetivos militares, para que se desalojara la zona. La comparación incomoda a ambos lados.
La discusión deriva hacia el origen del armamento, el papel de Estados Unidos y la idea de que Israel y Washington son lo mismo en la práctica. Poco se habla, ironizan algunos, del origen americano del armamento de Hamás.
Qué se juega España en este relato
El eco del conflicto en la política española aparece de refilón: si Israel tiene en contra a los progres, es que algo está haciendo bien, sentencia una voz. Otra responde que quien defiende la aniquilación total no está defendiendo nada, solo justificando la venganza.
El resultado es un cuadro donde cada bando tiene su propia cifra, su propia víctima y su propio culpable. La única certeza compartida es que los muertos no vuelven, y que la batalla por cómo contarlos se libra ahora mismo en cada pantalla.