La bronca a Juan Roig en su supermercado reabre la grieta de la DANA
¿Qué tiene que pasar para que alguien le pierda el respeto a Juan Roig dentro de uno de sus propios establecimientos? La escena, grabada y difundida en redes, dura pocos segundos: un joven se acerca al fundador de Mercadona, empieza saludándole y cambia el tono a media frase para reprocharle que haya puesto en peligro la vida de sus trabajadores durante la riada. Roig no se queda quieto. Grita, ordena a su equipo de seguridad que lo eche del local y desaparece entre pasillos. En cuestión de horas, la escena se convertía en el resumen visual de un desgaste que llevaba semanas cociéndose en Valencia contra la marca más potente de la comunidad.
Qué ocurrió exactamente en el supermercado
El episodio tiene tres capas y conviene separarlas. La primera es el vídeo: el empresario paseando por uno de sus centros, atendiendo a lo que parece un cliente más. La segunda es el giro del guion, cuando el interlocutor saca a relucir las imágenes de empleados de la compañía trabajando entre escombros con la riada recién pasada y las de comida arrojada a la basura a pocos cientos de metros de vecinos que se habían quedado sin nada. La tercera capa es la reacción del propio Roig, que responde a voces y ordena el desalojo del joven con la seguridad por delante.
Lo llamativo no es la bronca. Lo llamativo es que ocurriera
dentro de una tienda de la propia cadena, con cámara encendida y sin que nadie del establecimiento interviniera más allá de escoltar al fundador. Durante años, la figura de Roig funcionó en Valencia como un activo intocable: el empresario que llena las estanterías y financia medio ocio de la ciudad. Que un cliente le plante cara en su propio terreno y salga del supermercado sin consecuencias dice bastante del cambio de humor.
Por qué se acusa a Mercadona de exponer a sus trabajadores
El reproche que recibe el empresario no nace de la nada. Los materiales que circulan estos días apuntan a un patrón: la empresa habría mantenido la actividad y hecho salir a reparto y a tienda a sus empleados en plena emergencia, incluido el día posterior a la riada. Entre los elementos citados hay un camión con un trabajador atrapado en Alzira y varias grabaciones de personal retirando género —supuestamente apto o recuperable— mientras los afectados limpiaban barro a pocos metros.
A eso se suma el asunto del aparcamiento de Alacuás: según el relato que circula, no se permitió a los vecinos acceder a las plantas superiores del estacionamiento por no ser clientes, un espacio que habría salvado más de un centenar de vehículos. La acusación concreta —poner en peligro la vida de los trabajadores— es grave y se formula desde el reproche público, no desde una resolución judicial. La compañía no ha sido sancionada por estos hechos en la información disponible.
¿Por qué todas las críticas apuntan a Mercadona y no a otras cadenas?
Aquí el foco se ensancha. Una corriente sostiene que la cadena valenciana carga con un castigo desproporcionado mientras otras superficies —incluidas las de capital extranjero que operan en España— hicieron exactamente lo mismo y nadie les exige explicaciones. El argumento: si el problema es haber abierto durante la alerta, la crítica debería repartirse entre todo el sector y, sobre todo, entre quien tenía la potestad de decretar el cierre.
La otra mitad del análisis responde que Mercadona no es una empresa cualquiera. Es la enseña dominante, la que presume de proximidad y de modelo propio, y la que convirtió a su fundador en un personaje público. Exposición máxima, escrutinio máximo. La pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿quién debía haber cerrado los comercios aquel día, la administración o cada empresa por su cuenta?
Del reproche al boicot y a la petición de sanciones
El episodio no se quedó en anécdota. En el plano político, la demanda de responsabilidades llegó con nombre propio: se reclamó declarar el estado de alarma para agilizar limpieza y desescombro y, con él, sanciones ejemplares contra las empresas que obligaron a trabajar durante la emergencia. En el plano ciudadano, la consigna del boicot empezó a circular con fuerza, acompañada de llamadas a castigar con la cartera lo que no se corrige por otras vías.
No es un movimiento espontáneo ni unánime. Hay quien recuerda que la compañía es uno de los mayores contribuyentes y empleadores del país, y quien responde que la solidaridad fiscal no compra inmunidad. La discusión, en cualquier caso, ya no va de un supermercado.
La defensa del empresario y el relato de la campaña
Al otro lado del ring, la tesis dominante es que existe una operación coordinada para convertir a Roig en el culpable de todo. En esta versión, el joven que increpó al empresario no habría actuado solo, la escena se habría montado para que la grabaran terceros y los medios afines la habrían amplificado con un objetivo claro: erosionar a la marca y, de paso, al gobierno autonómico que la ha tratado como socio.
En esa misma línea se subraya que quien conocía el riesgo real era la administración, no el dueño de un supermercado, y se recuerda que entidades públicas también mantuvieron servicios en la calle esas horas. El contraargumento es sencillo: la información sobre la previsión meteorológica era pública y cualquiera con empleados en zona inundable podía haber parado.
Al final, la bronca de un supermercado ha servido para algo que ninguna campaña institucional había logrado: que medio país discuta si Mercadona es la víctima o la responsable. La verdad incómoda es que la decisión de abrir o cerrar aquella tarde no la tomó un solo hombre. Pero claro, resulta mucho más fácil grabar a uno.