Gerónimo hablaba español: la raza que el relato anglosajón no mide
¿Puede un indígena americano declararse blanco? La pregunta suena a trabalenguas, pero tiene respuesta concreta en buena parte del continente: sí, y además descendiente de españoles. Es lo que responden no pocos descendientes de pueblos originarios cuando un formulario —censo, encuesta, casilla de aeropuerto— les obliga a elegir una raza en el sentido anglosajón del término. La discusión, recurrente, vuelve cada cierto tiempo a la actualidad.
El detonante suele ser histórico. El apache Gerónimo hablaba español. Su nombre original era Goyaałé, que se traduce como «el que bosteza», y nació en 1829 en el valle del río Gila, territorio que entonces pertenecía a México y hoy es Arizona. Estaba bautizado. El indio más famoso de la resistencia frente al Ejército de Estados Unidos se movía, en suma, dentro de un marco cultural hispánico mucho antes de que existiera la frontera que hoy lo define.
Dos maneras incompatibles de clasificar a la gente
El choque no es biológico: es de sistema. El mundo anglosajón construyó buena parte de su clasificación racial sobre la pureza y la exclusión, con reglas de una sola gota que convertían a cualquiera con un antepasado remoto en miembro de un grupo sin matices. El mundo hispánico funcionó al revés, por mezcla y asimilación, con categorías hoy arcaicas que describían, mal que bien, un proceso real de mestizaje.
De ahí la perplejidad. Una corriente defiende que la despreocupación de muchos americanos por la etiqueta racial es simple incultura; enfrente se sostiene que, sencillamente, no piensan en esos términos y no entienden por qué deberían. Hay quien incluso cuenta que en el norte de Europa llegaron a preguntarle, con toda la buena intención, si de verdad se consideraba blanco. Ojos claros, piel clara y, aun así, una casilla que no le correspondía.
El desconcierto de la etiqueta importada
Conviene separar genealogía de formulario. Que alguien tenga antepasados europeos y antepasados originarios no es una rareza: es lo normal en la América hispánica. Lo anómalo es el empeño en obligar a esa mezcla a caber en una casilla única, diseñada en otro idioma y para otra historia. La consecuencia práctica es una identidad que se declara de una forma y se siente de otra.
Al final, la etiqueta dice más del que la impone que del que la recibe. Y mientras el censo siga empeñado en la casilla cerrada, siempre quedará la salida hispánica: marcar la que menos incomode y volver a lo que importa. La burocracia no se convierte en biología por repetirlo mil veces.