El 711 sudamericano: cuando la conquista se convierte en fusión
Un contrafactual imposible pero sugerente recorre el análisis histórico: ¿y si en el 711, en lugar de los ejércitos del Califato, hubieran llegado a la península un millón y medio de personas procedentes del altiplano andino? La hipótesis descarta los anacronismos más burdos, pero su valor no está en la verosimilitud, sino en lo que revela sobre los mecanismos de construcción de la identidad.
Lo imposible del escenario (los incas no disponían de barcos oceánicos, solo de balsas de totora) no le resta fuerza como experimento mental. El escenario no es una invasión, es un tsunami demográfico. Con una población peninsular de tres a cuatro millones de almas, la entrada de 1,5 millones de nuevos pobladores por Tarifa habría diluido el sustrato hispanorromano en pocas generaciones. Si además compartieran lengua y fe católica, la fusión sería inmediata. La Reconquista, tal como la conocemos, no habría tenido razón de ser: sin un “otro” religioso al que combatir, no hay Covadonga ni categoría de “español” como resistencia.
El contrafactual salta del siglo VIII al presente: cambiar el 711 por 2021 y Tarifa por Barajas convierte la hipótesis en una metáfora incómoda sobre la inmigración. Hay quien sostiene que la identidad no exige pureza genética sino un marco cultural común. Otros replican que la clave está en la escala: la fusión solo se produce cuando los recién llegados no llegan a ser un tercio de la población en una generación.
El ejercicio queda abierto: el caso andino nunca ocurrió, y el paralelismo actual topa con una diferencia esencial: la legalidad de la entrada y la voluntad de integración. Pero la pregunta sigue en pie: ¿cuánta alteridad hace falta para que un pueblo siga reconociéndose como tal?