Olivares quiso reformar la monarquía y armó a media península
¿Salvó el Conde-Duque de Olivares el imperio o fue un Godoy con más años y menos suerte? El valido de Felipe IV llegó al poder con un diagnóstico certero y una agenda incómoda:
una misma ley, un mismo gobierno y las mismas obligaciones para todos los reinos. Lo que encontró fue una Castilla agotada, una nobleza que no soltaba un ápice y unos territorios periféricos que leían cada petición de hombres y dinero como un expolio. Resultado: Cataluña y Portugal en armas, y hasta Andalucía coqueteando con separarse.
Qué quiso hacer el Conde-Duque de Olivares
Su programa no era cosmético. Se propuso
frenar la corrupción, recortar privilegios señoriales y meter mano a la reforma agraria, fiscal y económica, incluida la expropiación de tierras muertas de la Iglesia, para convertir un país de rentistas en uno productivo. Hay quien sostiene que fue, junto a Cisneros, uno de los pocos políticos con talla de estadista que ha dado este país. El problema fue el de siempre: no se lo consintieron.
¿Por qué se rebelaron Cataluña y Portugal?
La revuelta catalana no fue un arrebato. La carga de hombres y dinero sobre Cataluña, Valencia, Aragón y Portugal para sostener una hegemonía cuyos réditos se quedaba Castilla acabó rompiendo la cuerda. Con matices que desmontan el relato simplón:
los valencianos aportaron tropas para sofocar la revuelta catalana, como atestigua el reclutamiento de un tercio documentado en el archivo del Palacio de los Condes de Cervellón. Los papeles existen; la leyenda, también.
Castilla estaba exhausta: el límite del imperio
El diagnóstico más lúcido apunta a dos muros. Primero, Castilla no daba más:
Felipe II pudo sostener la hegemonía llevando los recursos del reino al límite, pero para tiempos de Felipe IV Holanda ya era una potencia y Francia se había rehecho. Segundo, el reformismo tocaba el equilibrio de intereses de las clases dominantes castellanas. Y encima está la frase que lo resume todo:
«faltan cabezas».
Olivares y Godoy: dos validos, dos fiascos
¿Otro inútil? No exactamente. Olivares era noble, y no uno cualquiera:
el más poderoso, lo que le convierte en parte del problema que decía querer resolver. Godoy, el extremeño, tuvo menos proyecto y más ventura; Olivares, más proyecto y una ejecución desastrosa. La diferencia es de grado, no de fondo. Cuatro siglos después seguimos discutiendo si el que quería unificar España era un visionario o el primer centralizador con complejo. La duda, al menos, quedó bien financiada.