Fondos indexados: quince minutos de Excel contra el roboadvisor
Para alguien con 10.000 o 12.000 euros parados y la idea de aportar 200 euros al mes, la primera decisión no es qué índice comprar. Es quién aprieta el botón cada trimestre. El punto de partida habitual es una aportación inicial de ese calibre y después una cuota mensual, con dos caminos sobre la mesa: un roboadvisor tipo Indexa o hacerlo uno mismo en MyInvestor con un 85% de MSCI World y un 15% de emergentes. La respuesta que se impone es tan poco glamurosa como contundente:
menos comisiones.
¿Merece la pena pagar a un roboadvisor?
No, si uno está dispuesto a dedicarle quince minutos. Ese es el argumento que se repite: el rebalanceo y el reparto de las aportaciones se resuelven con fórmulas matemáticas simples en una hoja de cálculo, y luego se introducen las órdenes en el bróker. Quince minutos, con calma, y a otra cosa. Pagar por eso es regalar dinero a cambio de comodidad.
El contraargumento es práctico y no de precio: quien se sabe capaz de no tocar nada durante años prefiere automatizar y olvidarse. No hay que rebalancear, no hay que decidir, no hay que mirar. La comodidad se paga, y cada cual pone su precio a la pereza.
La referencia de coste sobre la mesa es un plan de previsión social de empresa indexado al
Vanguard Total Stock Market Index Fund Admiral Shares con una comisión del
0,27%. Su historial reciente viene con montaña rusa: -7,23% en 2018, +28,49% en 2019, +4,93% en 2020, +26,38% en 2021 y -12,69% en 2022. Quien mire solo el último dato se lleva un susto; quien mire los cinco ve el negocio entero.
Acumulación o reparto: el cálculo que decide por Hacienda
Un fondo de acumulación no reparte dividendos: los reinvierte y no pasa por caja. Uno de reparto los abona, y ahí aparece el IRPF, que grava esos rendimientos con tipos que van del
19% al 26%. Cada vez que se cobra, se pierde una parte por el camino.
El cálculo que circula es elocuente: 2.500 euros anuales al 10%, durante veinte años, en un vehículo de acumulación frente a otro de reparto. La diferencia a favor del primero ronda los
34.000 euros. Sacando las cuentas en detalle, con la factura fiscal restada cada año, sigue compensando. Al rescatar se paga igual, pero el capital había trabajado entero mientras tanto.
El riesgo que no aparece en los folletos
La duda razonable no es la comisión, sino el escenario. Quien busca análisis críticos con la
inversión indexada apenas encuentra nada, y esa unanimidad escama. Hay quien recuerda que estar indexado al Ibex entre 2000 y 2010 significó una década perdida, y que comprar el Nikkei en los ochenta tampoco salió a hombros.
El escenario que se dibuja es un desplome del
40%, y con él una purga de conversos: los mismos que hoy insisten en aportar más cuando todo baja serán mayoría cuando el mercado ponga a prueba su paciencia. Ya hay quien entró y sigue en negativo, dudando con un -10% de pérdida. Un divulgador especializado en carteras de dividendos carga en YouTube contra el marketing de los indexados; su vídeo bastó para que algunos descartaran la estrategia y para que otros recordaran que él tampoco publica sus propios resultados.
Al final la receta se reduce a tres cosas:
diversificar por países y sectores, fondo de acumulación y
20 años por delante. Lo difícil no es elegir el índice. Es no venderlo en el peor momento.
¿Cuántos de los que hoy lo tienen claro seguirán comprando cuando el índice marque un -40%?