Islandia vota sobre la UE: la papeleta no pregunta lo que parece
¿Qué decide Islandia el sábado 29? Si uno se fía del titular, la respuesta es simple: entrar o no en la Unión Europea. La papeleta real dice otra cosa: «¿Deben reanudarse las negociaciones sobre la adhesión de Islandia a la Unión Europea?». Sí o no. Y es consultiva. Aunque gane el sí, lo único que se reabre es un proceso congelado en 2013; la entrada tendría que votarse otra vez, ya con el acuerdo sobre la mesa. O sea: el referéndum no decide la entrada. Decide si se vuelve a hablar de ella.
Islandia no llega a esta consulta por amor a Bruselas. Llega por el precio de los tomates: seis unidades pequeñas, 980 coronas, casi siete euros al cambio. Una hamburguesa sencilla, 28 euros. El país más caro del mundo tiene la inflación en la cesta de la compra y el europeísmo como posible salida. La esperanza es que el comercio con la UE abarate al menos el transporte de mercancías. La experiencia de otros países sugiere que la entrada no ha venido nunca acompañada de una bajada de precios en productos básicos. Y hay un matiz que se pierde en el debate: Islandia ya está dentro del mercado único desde el 1 de enero de 1994, vía Espacio Económico Europeo.
Geopolítica ártica: el argumento que no es económico
Con 400.000 habitantes, Islandia es un socio pequeño pero estratégicamente incómodo. Está a un paso de Groenlandia, justo donde el expansionismo de Trump ha puesto el foco, y en medio de la ruta comercial que China quiere abrir en el Ártico. Hay quien sostiene que la UE le interesa más como paraguas geopolítico que como mercado. La contrapartida es la pérdida de margen de maniobra en política comercial y regulación, un coste que los escépticos no dan por amortizado.
Lo que no promete la UE
El argumento del abaratamiento se sostiene mal. Los aranceles bajarían, pero ni barcos ni aviones se van a volver mágicamente más baratos, y los cambios estructurales que harían falta para abaratar la cesta se podrían haber hecho ya con acuerdos parciales. La división se parece a la de Noruega hace tres décadas: capital favorable, campo temeroso de la competencia.
Mientras tanto, en Reikiavik seguirán pagando más de 22 euros por una pizza para llevar. La UE no ha prometido abaratarla. Y nadie ha explicado cómo se vende esa promesa a quien paga 28 euros por una hamburguesa.