Islandia quiere referéndum para entrar en la UE

RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

¿Qué decide Islandia el sábado 29? Si uno se fía del titular, la respuesta es simple: entrar o no en la Unión Europea. La papeleta real dice otra cosa: «¿Deben reanudarse las negociaciones sobre la adhesión de Islandia a la Unión Europea?». Sí o no. Y es consultiva. Aunque gane el sí, lo único que se reabre es un proceso congelado en 2013; la entrada tendría que votarse otra vez, ya con el acuerdo sobre la mesa.

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Estación Espacial Internacional

El país más caro del mundo se acerca a la UE empujado por el alto coste de la vida​

La escalada de precios aviva la pulsión europeísta en Islandia, que en una semana someterá a consulta popular su entrada en el club comunitario

Seis tomates pequeños, 980 coronas, casi siete euros al cambio. Una hamburguesa en un local de lo más sencillo, 28 euros. Una prosaica pizza pepperoni para llevar, más de 22. Una postal de los inconfundibles —y preciosos— fiordos islandeses, casi cinco. Visitar estos días Reikiavik —y, ni que decir tiene, los rincones más turísticos del país nórdico— es una actividad de riesgo para el bolsillo. Sobre la remota y rica isla, que el sábado que viene celebra una consulta clave para su adhesión a la Unión Europea, pesa desde la pasada primavera la etiqueta del país más caro del mundo. Ni Suiza, que le va a la zaga; ni Noruega; ni las islas del Caribe en las que han echado raíces algunas de las mayores fortunas estadounidenses: los precios más altos del planeta están en esta remota ínsula en mitad del Atlántico, según los cálculos del sindicato Viska. Es el país rico más golpeado por la inflación en el último medio siglo.

“Llevamos años de subidas, pero en los tres últimos se ha notado especialmente: todo está muchísimo más caro”, constata Thorunn Davidsdottir, a la salida de un supermercado de —pongan todas las comillas que consideren— “bajo coste” en Breidholt, un distrito obrero en la zona este de la capital. “La comida, los restaurantes, la ropa... Y los zapatos, sobre todo los zapatos”, precisa la mujer de 55 años. Ella, sin embargo, asegura que lo sufre menos que otras personas de su entorno: “Mis descendientes ya se han ido de casa, así que solo quedamos mi marido y yo...”.

La inflación acumulada y la consulta en la que sus 400.000 habitantes decidirán si dan o no un paso de gigante para convertirse en el 28º Estado miembro de la UE pueden parecer elementos inconexos. Pero están estrechamente vinculados entre sí: si, según los últimos sondeos, algo más de la mitad de la población quiere entrar al club comunitario, es, en buena medida, por los estragos que sufren en su bolsillo.

Adoptar el euro en un segundo paso tras la adhesión —que no sería inmediata: habría una segunda votación más adelante—, confían muchos de los consultados por EL PAÍS en una radiante semana de principios de verano en Reikiavik y la península de Snaefellsnes, calmaría una fiebre inflacionista que ya es la primera preocupación de los islandeses en las encuestas. No es para menos: en lo que va de año, los precios suben a un ritmo del 5% interanual, el doble de lo que marca el banco central como objetivo (2,5%).

Los sueldos de los islandeses son altos, muy altos en comparación con la mayoría de países de la Europa continental. Aunque el país carece de un salario mínimo propiamente dicho, los niveles más bajos superan los 3.000 euros brutos mensuales al cambio. Pero el coste de la vida sube a un ritmo incluso mayor. “Se cobra mucho más, pero cada vez hay que ser más cuidadoso con los gastos”, apunta Marcin Blasik, camionero polaco de 50 años que lleva más de la mitad de su vida en la tierra del hielo y el fuego, mientras descarga mercancías en el puerto de Rif (noroeste).

“Los altos precios se deben, principalmente, a la falta de competencia: aquí, el oligopolio es casi un deporte nacional”, desliza con retranca el economista Thorvaldur Gylfason, profesor emérito de la Universidad de Islandia. A este factor, capital, suma otro igualmente importante: los altos costes de transporte de la mayoría de productos. “Importamos la mitad de lo que consumimos, sobre todo desde el continente europeo”. Y aunque la corona islandesa, señalada por muchos, “no desempeña por sí sola un papel importante en los altos precios, al menos no de forma directa, Islandia sí tiene una larga historia de desplomes de su moneda, fenómenos que suelen ir acompañados de inflación”.

Esa palabra, “inflación”, y su prima hermana, “precios”, son las dos más repetidas en la última edición del Capítulo IV sobre Islandia, el gran pase de revista anual del Fondo Monetario Internacional (FMI). En las primeras líneas de ese texto, publicado a finales de julio, el organismo con sede en Washington dejaba una alerta —la sombra del “desacoplamiento de las expectativas de inflación”, la pesadilla de todo economista, ya planea sobre la isla— y una recomendación —“una prioridad de la política [económica] debe ser que la inflación regrese a su objetivo”—.

Aurora Pelier Cady, francesa de 37 años, se mudó en 2019 de la muy cara París a la hoy carísima Reikiavik. “Por aquel entonces todo costaba mucho, pero aún se podía afrontar. Ahora todo es una locura”, relata desde la pastelería que abrió hace cuatro años. Por aquel entonces, aún compartía piso: incluso con un negocio propio, dice, no podía permitirse afrontar el alquiler en solitario. Hoy, pese a la buena marcha de la economía, percibe un menor brío en el gasto de los locales: “Lo que vendo no es un producto básico y se nota”. Parte de esa caída, sin embargo, la compensa con el bum del turismo en un país que recibe más de seis visitantes por habitante, frente a los dos de España.

La propia agencia oficial de estadísticas de la isla acaba de poner cifras a la espiral inflacionista. Con una renta per cápita un tercio superior a la media de los Veintisiete y un consumo por habitante un 15% más alto, el salto en los precios es abismal: del 84%. Los alimentos son, de media, un 58% más caros que en sus —quién sabe— potenciales futuros socios comunitarios. La sanidad y la educación privadas cuestan más del doble que en el continente. Y el alcohol, muy influido por la fiscalidad, como en el resto de vecinos nórdicos, casi el triple.

(imagen visible para usuarios registrados)
“Todo ha subido una barbaridad, pero donde más se nota es en la vivienda”, se queja Blasik. Una realidad común al resto de Europa —y a Occidente— que aquí se ve turbopropulsada por unos tipos de interés por las nubes. Él, sin embargo, tiene claro que votará no a la entrada en la UE. El euro, dice, tampoco sería la panacea.

Discrepa Jon Steinsson, profesor de la Universidad de Berkeley y uno de los economistas más fruta de Islandia. “Uno de los beneficios de incorporarse a la UE es que se reducirían las barreras comerciales y aumentaría la competencia. Eso contribuiría a bajar los precios”, esboza por correo electrónico. “La posibilidad de integrarse en el euro, además, permitiría reducir los tipos de interés [que acaban de subir hasta el 8%, frente al 2,25% de la eurozona], abaratando la vida. Sería un beneficio importante”, defiende. En una semana, los islandeses también se juegan su bolsillo en las urnas.

 
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Para que os hagais una idea

Islandia es un pais de 400.000 habitantes

Es preciso un REFERENDUM para entrar a la unión europea. Y claro está, que la UE decida aceptarte. En este caso es poblacionalmente el chocolate del loro además de tener una posición estratégica interesante para bases militares cerca de groenlandia, donde Trump está enfocando su afán expansionista, con lo cual sería rarísimo que no se les aceptase.

Este es el número de forasteros (IA de google) que ha recibido españa mas o menos desde que el PSOE implantó su actual política de no-fronteras

Desde 2022 entran cada año a España TRES GROENLANDIAS COMPLETAS

  • 2018: 643.037 entradas
  • 2019: 750.480 entradas (estimación de flujo bruto del período previo a la esa época en el 2020 de la que yo le hablo)
  • 2020: 413.210 entradas (caída drástica debido al cierre de fronteras por el ELbichito-19)
  • 2021: 887.960 entradas
  • 2022: 1.258.894 entradas
  • 2023: 1.250.991 entradas
  • 2024: 1.288.562 entradas [1, 2, 3, 4]

Y nadie ha hecho un REFERENDUM entre los ESPAÑOLES de nacimiento para preguntarles SI QUIEREN que esto ocurra.
 
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El país más caro del mundo se acerca a la UE empujado por el alto coste de la vida​

La escalada de precios aviva la pulsión europeísta en Islandia, que en una semana someterá a consulta popular su entrada en el club comunitario

Seis tomates pequeños, 980 coronas, casi siete euros al cambio. Una hamburguesa en un local de lo más sencillo, 28 euros. Una prosaica pizza pepperoni para llevar, más de 22. Una postal de los inconfundibles —y preciosos— fiordos islandeses, casi cinco. Visitar estos días Reikiavik —y, ni que decir tiene, los rincones más turísticos del país nórdico— es una actividad de riesgo para el bolsillo. Sobre la remota y rica isla, que el sábado que viene celebra una consulta clave para su adhesión a la Unión Europea, pesa desde la pasada primavera la etiqueta del país más caro del mundo. Ni Suiza, que le va a la zaga; ni Noruega; ni las islas del Caribe en las que han echado raíces algunas de las mayores fortunas estadounidenses: los precios más altos del planeta están en esta remota ínsula en mitad del Atlántico, según los cálculos del sindicato Viska. Es el país rico más golpeado por la inflación en el último medio siglo.

“Llevamos años de subidas, pero en los tres últimos se ha notado especialmente: todo está muchísimo más caro”, constata Thorunn Davidsdottir, a la salida de un supermercado de —pongan todas las comillas que consideren— “bajo coste” en Breidholt, un distrito obrero en la zona este de la capital. “La comida, los restaurantes, la ropa... Y los zapatos, sobre todo los zapatos”, precisa la mujer de 55 años. Ella, sin embargo, asegura que lo sufre menos que otras personas de su entorno: “Mis descendientes ya se han ido de casa, así que solo quedamos mi marido y yo...”.

La inflación acumulada y la consulta en la que sus 400.000 habitantes decidirán si dan o no un paso de gigante para convertirse en el 28º Estado miembro de la UE pueden parecer elementos inconexos. Pero están estrechamente vinculados entre sí: si, según los últimos sondeos, algo más de la mitad de la población quiere entrar al club comunitario, es, en buena medida, por los estragos que sufren en su bolsillo.

Adoptar el euro en un segundo paso tras la adhesión —que no sería inmediata: habría una segunda votación más adelante—, confían muchos de los consultados por EL PAÍS en una radiante semana de principios de verano en Reikiavik y la península de Snaefellsnes, calmaría una fiebre inflacionista que ya es la primera preocupación de los islandeses en las encuestas. No es para menos: en lo que va de año, los precios suben a un ritmo del 5% interanual, el doble de lo que marca el banco central como objetivo (2,5%).

Los sueldos de los islandeses son altos, muy altos en comparación con la mayoría de países de la Europa continental. Aunque el país carece de un salario mínimo propiamente dicho, los niveles más bajos superan los 3.000 euros brutos mensuales al cambio. Pero el coste de la vida sube a un ritmo incluso mayor. “Se cobra mucho más, pero cada vez hay que ser más cuidadoso con los gastos”, apunta Marcin Blasik, camionero polaco de 50 años que lleva más de la mitad de su vida en la tierra del hielo y el fuego, mientras descarga mercancías en el puerto de Rif (noroeste).

“Los altos precios se deben, principalmente, a la falta de competencia: aquí, el oligopolio es casi un deporte nacional”, desliza con retranca el economista Thorvaldur Gylfason, profesor emérito de la Universidad de Islandia. A este factor, capital, suma otro igualmente importante: los altos costes de transporte de la mayoría de productos. “Importamos la mitad de lo que consumimos, sobre todo desde el continente europeo”. Y aunque la corona islandesa, señalada por muchos, “no desempeña por sí sola un papel importante en los altos precios, al menos no de forma directa, Islandia sí tiene una larga historia de desplomes de su moneda, fenómenos que suelen ir acompañados de inflación”.

Esa palabra, “inflación”, y su prima hermana, “precios”, son las dos más repetidas en la última edición del Capítulo IV sobre Islandia, el gran pase de revista anual del Fondo Monetario Internacional (FMI). En las primeras líneas de ese texto, publicado a finales de julio, el organismo con sede en Washington dejaba una alerta —la sombra del “desacoplamiento de las expectativas de inflación”, la pesadilla de todo economista, ya planea sobre la isla— y una recomendación —“una prioridad de la política [económica] debe ser que la inflación regrese a su objetivo”—.

Aurora Pelier Cady, francesa de 37 años, se mudó en 2019 de la muy cara París a la hoy carísima Reikiavik. “Por aquel entonces todo costaba mucho, pero aún se podía afrontar. Ahora todo es una locura”, relata desde la pastelería que abrió hace cuatro años. Por aquel entonces, aún compartía piso: incluso con un negocio propio, dice, no podía permitirse afrontar el alquiler en solitario. Hoy, pese a la buena marcha de la economía, percibe un menor brío en el gasto de los locales: “Lo que vendo no es un producto básico y se nota”. Parte de esa caída, sin embargo, la compensa con el bum del turismo en un país que recibe más de seis visitantes por habitante, frente a los dos de España.

La propia agencia oficial de estadísticas de la isla acaba de poner cifras a la espiral inflacionista. Con una renta per cápita un tercio superior a la media de los Veintisiete y un consumo por habitante un 15% más alto, el salto en los precios es abismal: del 84%. Los alimentos son, de media, un 58% más caros que en sus —quién sabe— potenciales futuros socios comunitarios. La sanidad y la educación privadas cuestan más del doble que en el continente. Y el alcohol, muy influido por la fiscalidad, como en el resto de vecinos nórdicos, casi el triple.

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“Todo ha subido una barbaridad, pero donde más se nota es en la vivienda”, se queja Blasik. Una realidad común al resto de Europa —y a Occidente— que aquí se ve turbopropulsada por unos tipos de interés por las nubes. Él, sin embargo, tiene claro que votará no a la entrada en la UE. El euro, dice, tampoco sería la panacea.

Discrepa Jon Steinsson, profesor de la Universidad de Berkeley y uno de los economistas más fruta de Islandia. “Uno de los beneficios de incorporarse a la UE es que se reducirían las barreras comerciales y aumentaría la competencia. Eso contribuiría a bajar los precios”, esboza por correo electrónico. “La posibilidad de integrarse en el euro, además, permitiría reducir los tipos de interés [que acaban de subir hasta el 8%, frente al 2,25% de la eurozona], abaratando la vida. Sería un beneficio importante”, defiende. En una semana, los islandeses también se juegan su bolsillo en las urnas.

No, no es Islandia quien quiere un referéndum sino los políticos para sacar beneficio y optar a puestos y recibir ayudas. A los ciudadanos les inducirán a votar lo que quieren las élites. Si fuera para que baje la vivienda o para controlar la inflación, sería porque los países UE gozan de esa protección y control. ¿Y es acaso así? No.
 
No, no es Islandia quien quiere un referéndum sino los políticos para sacar beneficio y optar a puestos y recibir ayudas. A los ciudadanos les inducirán a votar lo que quieren las élites. Si fuera para que baje la vivienda o para controlar la inflación, sería porque los países UE gozan de esa protección y control. ¿Y es acaso así? No.
LoPais, intoxicando y manipulando la información.

 
No, no es Islandia quien quiere un referéndum sino los políticos para sacar beneficio y optar a puestos y recibir ayudas. A los ciudadanos les inducirán a votar lo que quieren las élites. Si fuera para que baje la vivienda o para controlar la inflación, sería porque los países UE gozan de esa protección y control. ¿Y es acaso así? No.
Discrepo, es cierto que no bajarán mucho los precios, pero sí bajarán los precios del transporte de mercancias con la UE.
 

El país más caro del mundo se acerca a la UE empujado por el alto coste de la vida​

La escalada de precios aviva la pulsión europeísta en Islandia, que en una semana someterá a consulta popular su entrada en el club comunitario

Seis tomates pequeños, 980 coronas, casi siete euros al cambio. Una hamburguesa en un local de lo más sencillo, 28 euros. Una prosaica pizza pepperoni para llevar, más de 22. Una postal de los inconfundibles —y preciosos— fiordos islandeses, casi cinco. Visitar estos días Reikiavik —y, ni que decir tiene, los rincones más turísticos del país nórdico— es una actividad de riesgo para el bolsillo. Sobre la remota y rica isla, que el sábado que viene celebra una consulta clave para su adhesión a la Unión Europea, pesa desde la pasada primavera la etiqueta del país más caro del mundo. Ni Suiza, que le va a la zaga; ni Noruega; ni las islas del Caribe en las que han echado raíces algunas de las mayores fortunas estadounidenses: los precios más altos del planeta están en esta remota ínsula en mitad del Atlántico, según los cálculos del sindicato Viska. Es el país rico más golpeado por la inflación en el último medio siglo.

“Llevamos años de subidas, pero en los tres últimos se ha notado especialmente: todo está muchísimo más caro”, constata Thorunn Davidsdottir, a la salida de un supermercado de —pongan todas las comillas que consideren— “bajo coste” en Breidholt, un distrito obrero en la zona este de la capital. “La comida, los restaurantes, la ropa... Y los zapatos, sobre todo los zapatos”, precisa la mujer de 55 años. Ella, sin embargo, asegura que lo sufre menos que otras personas de su entorno: “Mis descendientes ya se han ido de casa, así que solo quedamos mi marido y yo...”.

La inflación acumulada y la consulta en la que sus 400.000 habitantes decidirán si dan o no un paso de gigante para convertirse en el 28º Estado miembro de la UE pueden parecer elementos inconexos. Pero están estrechamente vinculados entre sí: si, según los últimos sondeos, algo más de la mitad de la población quiere entrar al club comunitario, es, en buena medida, por los estragos que sufren en su bolsillo.

Adoptar el euro en un segundo paso tras la adhesión —que no sería inmediata: habría una segunda votación más adelante—, confían muchos de los consultados por EL PAÍS en una radiante semana de principios de verano en Reikiavik y la península de Snaefellsnes, calmaría una fiebre inflacionista que ya es la primera preocupación de los islandeses en las encuestas. No es para menos: en lo que va de año, los precios suben a un ritmo del 5% interanual, el doble de lo que marca el banco central como objetivo (2,5%).

Los sueldos de los islandeses son altos, muy altos en comparación con la mayoría de países de la Europa continental. Aunque el país carece de un salario mínimo propiamente dicho, los niveles más bajos superan los 3.000 euros brutos mensuales al cambio. Pero el coste de la vida sube a un ritmo incluso mayor. “Se cobra mucho más, pero cada vez hay que ser más cuidadoso con los gastos”, apunta Marcin Blasik, camionero polaco de 50 años que lleva más de la mitad de su vida en la tierra del hielo y el fuego, mientras descarga mercancías en el puerto de Rif (noroeste).

“Los altos precios se deben, principalmente, a la falta de competencia: aquí, el oligopolio es casi un deporte nacional”, desliza con retranca el economista Thorvaldur Gylfason, profesor emérito de la Universidad de Islandia. A este factor, capital, suma otro igualmente importante: los altos costes de transporte de la mayoría de productos. “Importamos la mitad de lo que consumimos, sobre todo desde el continente europeo”. Y aunque la corona islandesa, señalada por muchos, “no desempeña por sí sola un papel importante en los altos precios, al menos no de forma directa, Islandia sí tiene una larga historia de desplomes de su moneda, fenómenos que suelen ir acompañados de inflación”.

Esa palabra, “inflación”, y su prima hermana, “precios”, son las dos más repetidas en la última edición del Capítulo IV sobre Islandia, el gran pase de revista anual del Fondo Monetario Internacional (FMI). En las primeras líneas de ese texto, publicado a finales de julio, el organismo con sede en Washington dejaba una alerta —la sombra del “desacoplamiento de las expectativas de inflación”, la pesadilla de todo economista, ya planea sobre la isla— y una recomendación —“una prioridad de la política [económica] debe ser que la inflación regrese a su objetivo”—.

Aurora Pelier Cady, francesa de 37 años, se mudó en 2019 de la muy cara París a la hoy carísima Reikiavik. “Por aquel entonces todo costaba mucho, pero aún se podía afrontar. Ahora todo es una locura”, relata desde la pastelería que abrió hace cuatro años. Por aquel entonces, aún compartía piso: incluso con un negocio propio, dice, no podía permitirse afrontar el alquiler en solitario. Hoy, pese a la buena marcha de la economía, percibe un menor brío en el gasto de los locales: “Lo que vendo no es un producto básico y se nota”. Parte de esa caída, sin embargo, la compensa con el bum del turismo en un país que recibe más de seis visitantes por habitante, frente a los dos de España.

La propia agencia oficial de estadísticas de la isla acaba de poner cifras a la espiral inflacionista. Con una renta per cápita un tercio superior a la media de los Veintisiete y un consumo por habitante un 15% más alto, el salto en los precios es abismal: del 84%. Los alimentos son, de media, un 58% más caros que en sus —quién sabe— potenciales futuros socios comunitarios. La sanidad y la educación privadas cuestan más del doble que en el continente. Y el alcohol, muy influido por la fiscalidad, como en el resto de vecinos nórdicos, casi el triple.

(imagen visible para usuarios registrados)
“Todo ha subido una barbaridad, pero donde más se nota es en la vivienda”, se queja Blasik. Una realidad común al resto de Europa —y a Occidente— que aquí se ve turbopropulsada por unos tipos de interés por las nubes. Él, sin embargo, tiene claro que votará no a la entrada en la UE. El euro, dice, tampoco sería la panacea.

Discrepa Jon Steinsson, profesor de la Universidad de Berkeley y uno de los economistas más fruta de Islandia. “Uno de los beneficios de incorporarse a la UE es que se reducirían las barreras comerciales y aumentaría la competencia. Eso contribuiría a bajar los precios”, esboza por correo electrónico. “La posibilidad de integrarse en el euro, además, permitiría reducir los tipos de interés [que acaban de subir hasta el 8%, frente al 2,25% de la eurozona], abaratando la vida. Sería un beneficio importante”, defiende. En una semana, los islandeses también se juegan su bolsillo en las urnas.

Integrarse en la UE conlleva costes y pérdida de soberanía.
 

El país más caro del mundo se acerca a la UE empujado por el alto coste de la vida​

La escalada de precios aviva la pulsión europeísta en Islandia, que en una semana someterá a consulta popular su entrada en el club comunitario

Seis tomates pequeños, 980 coronas, casi siete euros al cambio. Una hamburguesa en un local de lo más sencillo, 28 euros. Una prosaica pizza pepperoni para llevar, más de 22. Una postal de los inconfundibles —y preciosos— fiordos islandeses, casi cinco. Visitar estos días Reikiavik —y, ni que decir tiene, los rincones más turísticos del país nórdico— es una actividad de riesgo para el bolsillo. Sobre la remota y rica isla, que el sábado que viene celebra una consulta clave para su adhesión a la Unión Europea, pesa desde la pasada primavera la etiqueta del país más caro del mundo. Ni Suiza, que le va a la zaga; ni Noruega; ni las islas del Caribe en las que han echado raíces algunas de las mayores fortunas estadounidenses: los precios más altos del planeta están en esta remota ínsula en mitad del Atlántico, según los cálculos del sindicato Viska. Es el país rico más golpeado por la inflación en el último medio siglo.

“Llevamos años de subidas, pero en los tres últimos se ha notado especialmente: todo está muchísimo más caro”, constata Thorunn Davidsdottir, a la salida de un supermercado de —pongan todas las comillas que consideren— “bajo coste” en Breidholt, un distrito obrero en la zona este de la capital. “La comida, los restaurantes, la ropa... Y los zapatos, sobre todo los zapatos”, precisa la mujer de 55 años. Ella, sin embargo, asegura que lo sufre menos que otras personas de su entorno: “Mis descendientes ya se han ido de casa, así que solo quedamos mi marido y yo...”.

La inflación acumulada y la consulta en la que sus 400.000 habitantes decidirán si dan o no un paso de gigante para convertirse en el 28º Estado miembro de la UE pueden parecer elementos inconexos. Pero están estrechamente vinculados entre sí: si, según los últimos sondeos, algo más de la mitad de la población quiere entrar al club comunitario, es, en buena medida, por los estragos que sufren en su bolsillo.

Adoptar el euro en un segundo paso tras la adhesión —que no sería inmediata: habría una segunda votación más adelante—, confían muchos de los consultados por EL PAÍS en una radiante semana de principios de verano en Reikiavik y la península de Snaefellsnes, calmaría una fiebre inflacionista que ya es la primera preocupación de los islandeses en las encuestas. No es para menos: en lo que va de año, los precios suben a un ritmo del 5% interanual, el doble de lo que marca el banco central como objetivo (2,5%).

Los sueldos de los islandeses son altos, muy altos en comparación con la mayoría de países de la Europa continental. Aunque el país carece de un salario mínimo propiamente dicho, los niveles más bajos superan los 3.000 euros brutos mensuales al cambio. Pero el coste de la vida sube a un ritmo incluso mayor. “Se cobra mucho más, pero cada vez hay que ser más cuidadoso con los gastos”, apunta Marcin Blasik, camionero polaco de 50 años que lleva más de la mitad de su vida en la tierra del hielo y el fuego, mientras descarga mercancías en el puerto de Rif (noroeste).

“Los altos precios se deben, principalmente, a la falta de competencia: aquí, el oligopolio es casi un deporte nacional”, desliza con retranca el economista Thorvaldur Gylfason, profesor emérito de la Universidad de Islandia. A este factor, capital, suma otro igualmente importante: los altos costes de transporte de la mayoría de productos. “Importamos la mitad de lo que consumimos, sobre todo desde el continente europeo”. Y aunque la corona islandesa, señalada por muchos, “no desempeña por sí sola un papel importante en los altos precios, al menos no de forma directa, Islandia sí tiene una larga historia de desplomes de su moneda, fenómenos que suelen ir acompañados de inflación”.

Esa palabra, “inflación”, y su prima hermana, “precios”, son las dos más repetidas en la última edición del Capítulo IV sobre Islandia, el gran pase de revista anual del Fondo Monetario Internacional (FMI). En las primeras líneas de ese texto, publicado a finales de julio, el organismo con sede en Washington dejaba una alerta —la sombra del “desacoplamiento de las expectativas de inflación”, la pesadilla de todo economista, ya planea sobre la isla— y una recomendación —“una prioridad de la política [económica] debe ser que la inflación regrese a su objetivo”—.

Aurora Pelier Cady, francesa de 37 años, se mudó en 2019 de la muy cara París a la hoy carísima Reikiavik. “Por aquel entonces todo costaba mucho, pero aún se podía afrontar. Ahora todo es una locura”, relata desde la pastelería que abrió hace cuatro años. Por aquel entonces, aún compartía piso: incluso con un negocio propio, dice, no podía permitirse afrontar el alquiler en solitario. Hoy, pese a la buena marcha de la economía, percibe un menor brío en el gasto de los locales: “Lo que vendo no es un producto básico y se nota”. Parte de esa caída, sin embargo, la compensa con el bum del turismo en un país que recibe más de seis visitantes por habitante, frente a los dos de España.

La propia agencia oficial de estadísticas de la isla acaba de poner cifras a la espiral inflacionista. Con una renta per cápita un tercio superior a la media de los Veintisiete y un consumo por habitante un 15% más alto, el salto en los precios es abismal: del 84%. Los alimentos son, de media, un 58% más caros que en sus —quién sabe— potenciales futuros socios comunitarios. La sanidad y la educación privadas cuestan más del doble que en el continente. Y el alcohol, muy influido por la fiscalidad, como en el resto de vecinos nórdicos, casi el triple.

(imagen visible para usuarios registrados)
“Todo ha subido una barbaridad, pero donde más se nota es en la vivienda”, se queja Blasik. Una realidad común al resto de Europa —y a Occidente— que aquí se ve turbopropulsada por unos tipos de interés por las nubes. Él, sin embargo, tiene claro que votará no a la entrada en la UE. El euro, dice, tampoco sería la panacea.

Discrepa Jon Steinsson, profesor de la Universidad de Berkeley y uno de los economistas más fruta de Islandia. “Uno de los beneficios de incorporarse a la UE es que se reducirían las barreras comerciales y aumentaría la competencia. Eso contribuiría a bajar los precios”, esboza por correo electrónico. “La posibilidad de integrarse en el euro, además, permitiría reducir los tipos de interés [que acaban de subir hasta el 8%, frente al 2,25% de la eurozona], abaratando la vida. Sería un beneficio importante”, defiende. En una semana, los islandeses también se juegan su bolsillo en las urnas.

Pobres...
 
¿Puede tener algo con ver con la ruta de comercio ruso-china por el ártico para llegar a los puertos europeos? Por lo visto Islandia tiene un acuerdo comercial con China desde 2013, pero claro, una vez dentro de la Unión Europea no sería extraño ver cambios hacia China por orden de Washington.
 
No, no es Islandia quien quiere un referéndum sino los políticos para sacar beneficio y optar a puestos y recibir ayudas. A los ciudadanos les inducirán a votar lo que quieren las élites. Si fuera para que baje la vivienda o para controlar la inflación, sería porque los países UE gozan de esa protección y control. ¿Y es acaso así? No.

El entusiasta europeísmo de Islandia y Noruega no se debe a la población, sino a la geopolítica. No está el horno del Ártico como para ir con naciones ridículas de 400.000 habitantes mientras tres imperios expansionistas se lo fruta. Por poner un ejemplo, vea al Sahara Occidental, que eran otros 400.000 y a nadie le importó que los invadieran en el 75 para saquear sus recursos naturales.
 
Tras el Brexit, ahora el Icentry.

Unos quieren salir, otros entrar.

Solo que los que quieren salir es para mantener su riqueza, mientras que los que entran buscan que les ayudemos.

Qué bien, ¿eh?

Reino Unido se equivocó con el Brexit, todo fue una manipulación por los movimientos pre-maga (Boris Johnson, Nigel Farage, etc.), que luego fueron traicionados por el movimiento MAGA con bastante probabilidad instigada por el Kremlin. Al final, fuera de la UE pero teniendo que implementar sus normativas para vender en la UE y sin poder de decisión al no estar dentro. Además, luego está la deriva imperialista de EEUU que entra en total oposición con la de UK, puesto que para UK una integración de Canadá en USA sería un absoluto desastre, como el expansionismo que pretende en Groenlandia.
 
Reino Unido se equivocó con el Brexit, todo fue una manipulación por los movimientos pre-maga (Boris Johnson, Nigel Farage, etc.), que luego fueron traicionados por el movimiento MAGA con bastante probabilidad instigada por el Kremlin. Al final, fuera de la UE pero teniendo que implementar sus normativas para vender en la UE y sin poder de decisión al no estar dentro. Además, luego está la deriva imperialista de EEUU que entra en total oposición con la de UK, puesto que para UK una integración de Canadá en USA sería un absoluto desastre, como el expansionismo que pretende en Groenlandia.
Bueno, aunque demasiado tarde, al menos pueden implementar políticas de expulsión de forasteros ilegales sin estar subyugados a las políticas de la UE y otras políticas absurdas impuestas por lobbies y burócratas que no conocen la idiosincrasia de todos y cada uno de los países de la unión.

La UE no debería haber ido más allá de una unión monetaria.
A los gobernantes y legisladores hay que tenerlos cerca para que puedan rendir cuentas. Si el Sepulturero se siente protegido, no te digo nada de los absorbetintas que hacen sus barrabasadas desde despachos a miles de kilómetros de donde se implementan sus políticas.
 
Bueno, aunque demasiado tarde, al menos pueden implementar políticas de expulsión de forasteros ilegales sin estar subyugados a las políticas de la UE y otras políticas absurdas impuestas por lobbies y burócratas que no conocen la idiosincrasia de todos y cada uno de los países de la unión.

La UE no debería haber ido más allá de una unión monetaria.
A los gobernantes y legisladores hay que tenerlos cerca para que puedan rendir cuentas. Si el Sepulturero se siente protegido, no te digo nada de los absorbetintas que hacen sus barrabasadas desde despachos a miles de kilómetros de donde se implementan sus políticas.
La UE se ha quedado inoperativa frente a EEUU, Rusia y China, ellos son naciones, Europa no. Europa del este está aterrada ante el expansionismo ruso, a EEUU le da igual Europa y China nos utiliza como instrumento para hacer dinero, en tecnología somos irrelevantes debido al hecho de que carecemos de fondos de inversión gigantescos que promuevan el talento sin importar de donde sea (como hace EEUU), aquí en Europa cada país mira por sus intereses, egoísmo absoluto en fruta entre países (Francia, España, Alemania, Holanda, Italia, etc.) por una mísera inversión procedente de EEUU o China. Así es imposible hacerles cara, al final, nos van a dividir y enfrentar entre nosotros para su propio beneficio.
 
Islandia entrando en la UE sería bastante interesante, sobre todo por el cambio de contexto geopolítico.

Pero tampoco compraría el argumento de “entrar en la UE = hacerse más rico”. Islandia ya tiene un nivel de renta alto y una economía bastante particular. Lo que compra con la entrada es principalmente acceso, estabilidad y capacidad de influencia dentro del mercado europeo.

Y luego está la otra cara: aceptar más regulación comunitaria y perder margen de maniobra en determinadas políticas.

Si hacen referéndum, la pregunta interesante no será “¿UE sí o no?”, sino qué están dispuestos a ceder a cambio de lo que reciben.

Porque la UE nunca sale gratis.
 
La entrada en la UE nunca se ha visto en ningún país acompañada de una bajada de precios en productos básicos. Ya sé que Islandia es un caso especial pero esto tiene mucha pinta de que quieren hacerles adoptar compromisos que antes no les interesaban aprovechando la doctrina del shock.

Los cambios legislativos masivos que conlleva la entrada en la UE si son necesarios para una bajada de precios se podrían haber acometido ya por medio de acuerdos comerciales parciales, a los que la UE es muy favorable. Si no han bajado los precios, o no se han hecho o no han funcionado.

Los barcos y aviones de transporte de mercancías no se van a abaratar mágicamente con la entrada en la UE. Los aranceles si quieren los podrían quitar ya. Que lo hagan. En Alaska no hay y los cigot y los tomates siguen siendo carísimos.
 
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No, no es Islandia quien quiere un referéndum sino los políticos para sacar beneficio y optar a puestos y recibir ayudas. A los ciudadanos les inducirán a votar lo que quieren las élites. Si fuera para que baje la vivienda o para controlar la inflación, sería porque los países UE gozan de esa protección y control. ¿Y es acaso así? No.
No, no es Islandia quien quiere un referéndum sino los políticos para sacar beneficio y optar a puestos y recibir ayudas. A los ciudadanos les inducirán a votar lo que quieren las élites. Si fuera para que baje la vivienda o para controlar la inflación, sería porque los países UE gozan de esa protección y control. ¿Y es acaso así? No.
me imagino el referéndum…

Si, quiero ingresar en la U.E
No, quiero un interludio de tiempo para entrar en un proceso de ingreso en la U.E


en todo caso espero que vayan a empezar a disfrutar de su ración de inmi gración
 

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