Israel y Hamás negocian una retirada por fases sin fecha de victoria
¿Se puede ganar una guerra sin destruir al enemigo? El acuerdo que Israel y Hamás negociaban en Doha contempla la liberación de
33 rehenes en una primera fase, la retirada escalonada de las fuerzas israelíes de Gaza y el canje de presos palestinos, algunos condenados a cadena perpetua. La fuente diplomática que filtraba los términos admitía que el alto el fuego no estaba firmado y que cualquier detalle podía cambiar. Sobre la mesa, una pregunta incómoda: si Hamás sigue en pie y gobernando de facto la Franja, ¿qué se ha ganado en más de un año de ofensiva?
Qué dice el borrador que se negocia en Doha
El texto que circulaba entre las delegaciones —con el jefe del Shin Bet, Ronen Bar, y el director del Mossad, David Barnea, instalados en Catar— fijaba una primera fase de
42 días. A los quince días de tregua arrancarían las conversaciones sobre las siguientes etapas, con el objetivo declarado de liberar a todos los rehenes y completar las retiradas. Ninguna de las 33 personas incluidas en la primera lista estaba confirmada como fallecida, aunque las fuentes creían que la mayoría, no todas, seguían vivas. El cuerpo de Youssef Ziyadne, recuperado por el Ejército israelí, figuraba inicialmente en ese listado.
La retirada no sería total de entrada. Israel mantendría un
perímetro de seguridad sin definir que, según las mismas fuentes, recorrería toda la longitud de la Franja, no solo el norte. Las tropas saldrían del corredor de Netzarim, la franja que parte Gaza en dos, con «arreglos de seguridad» sin especificar para controlar quién vuelve al norte. El compromiso formal era no abandonar Gaza del todo hasta que saliera el último rehén. Para que el pacto cuaje hacían falta aún un voto de gabinete y un pronunciamiento del Tribunal Superior de Justicia sobre los recursos que pedían bloquearlo.
El relato de la capitulación y sus grietas
A partir de ahí, el análisis se partió en dos. Una corriente sostiene que Israel ha cedido en los puntos esenciales: retirada completa, incluido el corredor de Filadelfia, ningún mecanismo para desalojar a Hamás del poder, presos que vuelven a casa en lugar de ir al exilio y renuncia a exigir una lista previa de rehenes vivos. En esa lectura, el enviado de Trump habría forzado a Netanyahu a aceptar un plan que había rechazado repetidamente. La versión más dura añade que la presión estadounidense llegó tras las elecciones y que el calendario no lo eligió Jerusalén.
La contraria responde con una pregunta simple: si Israel combate, comete un genocidio; si negocia, reconoce su derrota. ¿Qué salida quedaba? En esta lectura, Hamás sobrevive pero en chanclas, Hezbolá ha encajado una paliza, Irán ha visto comprometida su red regional y Siria se ha convertido en un solar ingobernable. Aguantar no es vencer, es no perder, y una victoria pírrica sigue siendo una victoria. El debate sobre si el 7 de octubre fue un éxito estratégico para Hamás se responde con una frase atribuida a Yahya Sinwar: preguntado por si valía la pena que murieran 10.000 palestinos, contestó que
y 100.000 también.
El coste humano que ninguna cifra cierra
El balance material es el punto donde el relato oficial se agrieta. Decenas de miles de palestinos muertos, buena parte de los rehenes fallecidos en el proceso y una Franja convertida en escombros. La tesis de que la ofensiva salvó vidas choca con la de que la arrasó todo para negociar al final desde una posición peor. Los niños y adolescentes que han sobrevivido al aplanamiento de Gaza serán, en palabras de un análisis repetido,
la próxima generación de reclutas. Es el argumento clásico de la guerra asimétrica: para Hamás, sobrevivir al asedio de una fuerza muy superior en recursos ya es una forma de vencer.
Quién paga la reconstrucción y quién la gobierna
El acuerdo no dice quién administra Gaza después. Tampoco hay mecanismo para derrocar a Hamás, que seguirá ejerciendo el poder de facto. Egipto ha cerrado su frontera a cal y canto, lo que demuestra cuánto le importa a El Cairo el destino de los palestinos cuando toca abrir paso. Catar y Estados Unidos patrocinan la tregua, Turquía aparece en el tablero sirio y la comunidad árabe no ha respaldado a Hamás ni de lejos. El solar lo pagan, como siempre, los que viven encima.
Qué queda del «nunca más» israelí
El acuerdo deja a Israel sin el resultado que vendió: ni Hamás desaparece, ni Gaza queda desmilitarizada, ni los rehenes vuelven todos vivos. Deja a Hamás sin Estado, sin aliados de peso y con una Franja en ruinas que tendrá que gestionar. Y deja a Trump con un éxito diplomático que no ha pagado él. El resto es aritmética de poder: quien firma el alto el fuego suele ser quien más necesita firmarlo.
Al final, la gran derrota de esta guerra ha sido la de la palabra «victoria». Nadie sabe ya quién la ganó, pero todos saben quién la pagó.