Manu Sánchez, el presentador de la campaña contra el maltrato, señalado por machismo
Ana Morgade ha denunciado públicamente comentarios que atribuye al presentador Manu Sánchez, un rostro habitual de Antena 3, y la polémica se ha instalado en el centro del sector televisivo. No es un simple chiste mal medido. Es el escaparate de una causa ocupado por quien parte del público situaba al otro lado, y eso convierte un rifirrafe entre compañeros en un problema de imagen para toda una cadena.
El detonante es una frase que circula en vídeos de sus intervenciones y que se repite en tono de gracia: «¿Me tenías que poner con tres mujeres?». Según quienes la han difundido, se enmarcó en la cobertura del caso Rubiales. Leída de una manera, es la torpeza de un humorista que no mide el momento. Leída de otra —la que ha hecho saltar la denuncia—, es justo el tipo de salida que la campaña del propio presentador dice combatir.
El presentador de «Contra el maltrato, tolerancia cero»
Manu Sánchez no es un presentador cualquiera en este terreno. Ha sido imagen, junto a la atleta Ana Peleteiro —subcampeona de Europa de triple salto—, de una campaña contra el machismo impulsada con la Fundación Mutua y centrada en las víctimas del entorno rural. El detalle es lo que convierte una salida desafortunada en un problema incómodo: el mismo cartel que pide
tolerancia cero firma ahora el mensaje que se le reprocha.
Para una cadena, elegir esa imagen no es casual. Estos carteles se firman con presentadores de máxima audiencia porque su credibilidad presta. Cuando esa credibilidad se cuestiona, el efecto se multiplica: la campaña deja de leerse como un mensaje institucional y pasa a leerse como la opinión personal de su protagonista. Hay quien sostiene que ese perfil —el hombre de plató que se apunta a las causas sociales— es precisamente el que más rédito obtenía de la etiqueta y, por tanto, el que más tiene que perder cuando la etiqueta se gira. La otra lectura apunta a una doble vara: se juzga la broma de un
aliado con un rasero que no se aplica al que nunca se sumó a nada.
La temporada de denuncias y el desgaste del aliado
El caso se lee dentro de una secuencia más amplia. La sensación que recorre el medio es la de una temporada de ajustes de cuentas en la que presentadores y periodistas ven revisadas al detalle intervenciones antiguas. En el hilo se repite un punto: la factura la está pagando sobre todo el perfil que hizo bandera del discurso, no el que siempre lo combatió desde enfrente.
Ahí aparece la ironía que más se repite. El movimiento que nació para señalar a los poderosos acaba apuntando a sus propios portavoces, y cada caso deja a un sector con menos cuadros y más silencio. La discusión se ha trasladado del contenido de lo denunciado a la guerra interna por ver quién se queda con la bandera. Cuando el criterio pasa a ser quién cae mejor, el asunto deja de ir de conductas y empieza a ir de tribus.
El sector televisivo funciona como termómetro de estas crisis. Las cadenas miden el riesgo, calculan la audiencia y deciden si el nombre señalado sigue siendo rentable. La solidaridad, en ese cálculo, es un coste más de la cuenta.
El ruido que tapa el fondo
Sobre el asunto central pesa una capa de ruido difícil de separar. Una parte de las reacciones contra la denunciante derivó en descalificaciones personales —comentarios sobre su físico y sobre su trayectoria—, un tipo de respuesta que arrincona el fondo y lo convierte en espectáculo. La denunciante, por su parte, ha sido cuestionada por la gravedad que concede a un comentario que otros leen como una broma de despiste entre colegas.
Nadie ha puesto todavía una frontera clara entre lo que es una gracia fuera de lugar y lo que es una conducta reprochable en un entorno laboral. Sin esa frontera, cada caso se dirime según simpatías, no según lo que se dijo.
¿Qué consecuencias laborales tiene una denuncia así?
En
televisión, una polémica de este tipo suele traducirse en dinero. Contratos publicitarios que se revisan, campañas que se retiran discretamente, programas que dejan de contar con el señalado hasta que amaine el ruido. El coste no lo paga solo el protagonista: la cadena que le puso como imagen de una campaña contra el machismo asume también el desgaste de haberlo elegido.
Existe la tesis de que, sin una cobertura constante, el episodio se quedará en anécdota y no tendrá efectos duraderos en la carrera de nadie. La tesis contraria sostiene que la marca de una campaña de este tipo es difícil de reconstruir después. Cuál se impone depende de algo que no se decide en los platós.
Con el caso todavía sin una resolución pública, el análisis se queda atascado en la misma casilla donde empezó: un presentador señalado, una denunciante cuestionada y una campaña que ya no se puede leer sin retintín.