Quique Peinado: el precio de ser el aliado feminista
¿Cuánto tarda un presentador en pasar de defender la causa a verse señalado por ella? En el caso de
Quique Peinado, menos de lo que dura una temporada de radio. Una mujer ha descrito en redes sociales una relación que mantuvo con él cuando ella tenía
20 años, catorce menos que el comunicador, y sostiene que él se apoyó en su posición para seducirla y después desaparecer. Es un relato difundido en internet. No una sentencia.
El asunto salta en pleno arranque de temporada del programa que Peinado comparte con otro colaborador en la
Cadena SER, y la consecuencia que más se repite es una: el espacio se habría quedado sin emisión. Ni comunicado, ni aclaración.
Como si no hubiera pasado.Qué se le atribuye exactamente
La acusación no describe un delito, describe una sensación: la de haberse sentido utilizada. Ese es el nudo y también la trampa. El relato habla de cortejo, de promesas y de un vínculo desigual que se apagó cuando él quiso. Lo que no aparece por ningún lado es una exigencia laboral, un intercambio de favores o una amenaza. Sin eso, la raya entre seducción y abuso se vuelve elástica. Y cuando la raya es elástica, o la decide un juez o la decide una red social.
Aquí es donde el caso deja de ser personal. Hay una corriente que sostiene que un jefe solo comete acoso si condiciona el empleo de alguien a cambio de sexo; y otra que entiende que el mero desequilibrio de poder envenena cualquier acercamiento. El problema añadido es que la denuncia no llega a un juzgado, llega a Instagram. Y ahí no hay instrucción, no hay contradicción y no hay recurso.
El aliado que recibe su propia munición
Lo que convierte el episodio en material de alto voltaje no es el hecho en sí, sino quién lo protagoniza. Peinado lleva años en el club de los hombres que se declaran
aliados del
feminismo: perfil progresista, tribuna moralista y dedo acusador contra el machismo ajeno. Ahora que el dedo apunta hacia él, buena parte del público que antes le aplaudía no siente ninguna gana de salir a defenderle. Hay quien lo resume con crudeza: el que vive del relato acaba devorado por el relato.
No es un fenómeno nuevo. Hay quien sostiene que otros nombres de la esfera mediática progresista han pasado por el mismo trámite —acusación, silencio, borrado— y siempre con el mismo patrón. La escena se repite tanto que ya tiene reglas. Lo llamativo es la velocidad a la que un comunicador puede dejar de ser útil para su propia parroquia.
De caso individual a pelea cultural
La polémica no tarda en saltar de lo personal a lo político. Una parte del público lee el episodio como la prueba de que la coartada del aliado ya no cuela; otra lo interpreta como el enésimo linchamiento digital sin garantías. Y los mismos que ahora reclaman el beneficio de la duda para el señalado lo negaban hace nada para los acusados del bando contrario. El doble rasero no es patrimonio de nadie, pero estos días se exhibe sin pudor.
En paralelo circula una sospecha, no confirmada: que no todos los señalados caen igual, y que algunos nombres cuentan con un paraguas que otros no tienen. Es la clase de intuición que estos casos nunca desmienten del todo.
El coste real: carreras y contratos
Si algo enseña la polémica es que el pasivo más caro de un medio no es el sueldo de sus estrellas, sino su
reputación. Un presentador que arrastra una acusación de este tipo se convierte en un activo incómodo para la marca que lo ficha, y la radio lo sabe. Por eso el reflejo es apagar el micrófono antes de que el anunciante se pregunte qué está patrocinando. La
nutrición que celebran ciertos sectores tiene factura.
Y hay un efecto colateral que nadie contabiliza: cada caso que se resuelve en el tribunal de la opinión pública resta crédito a los que sí terminan ante un juez. Cuando la denuncia se convierte en espectáculo, la que de verdad necesita ser creída paga el pato.
¿Qué puede pasar ahora?
Poco y despacio. A la fecha de esta discusión no consta condena ni instrucción judicial: solo un relato publicado y una carrera que se apaga. La versión del presentador, si llega, marcará el siguiente capítulo. Mientras tanto, el caso ya ha hecho lo que mejor sabe hacer este ecosistema: convertir una historia privada en un plebiscito.
Lo más probable es que el programa no vuelva y que dentro de dos meses nadie se acuerde. La máquina no perdona, pero tampoco memoriza.