Por qué el primer hijo llega cada vez más tarde en España
La
maternidad tardía ha dejado de ser una excepción para convertirse en la pauta. El primer hijo llega cada vez más a menudo después de los 35, y la conversación pública sobre ese desplazamiento —cuando no es un insulto, es un lamento— rara vez baja al terreno de los números. Ahí aparece el problema real: menos nacimientos, más presión sobre quien cría y una red de apoyo que no termina de sostener a las familias. Con esos mimbres, la decisión de tener hijos depende menos de las ganas que de la cuenta corriente.
¿A qué edad se tiene hoy el primer hijo?
Los
35 aparecen una y otra vez como frontera. Por debajo, para una parte del análisis, la cosa va sobre ruedas; por encima, empezaría el terreno del riesgo y las prisas. Una corriente sostiene que ponerse a buscar el primer hijo a los 35 es ya lo habitual y que, si no aparece pareja, se acaba recurriendo al banco de esperma. Otra lo niega con dureza: jamás ha sido normal arrancar a esa edad, y presentarlo como lo típico sería una forma de blanquear los años perdidos. Lo que ambas posturas comparten es el dato de fondo: el calendario se ha corrido. Y cuando se corre hacia arriba, cada año pesa más que el anterior.
El coste laboral de criar a un hijo
Aquí la cosa se vuelve economía pura. El argumento que más se repite es que la
reducción de jornada tras el nacimiento —que rara vez asume el hombre— deja a la madre fuera de los puestos de responsabilidad, que exigen más horas. La consecuencia es una trampa: quien se aparta un tiempo para cuidar queda penalizado después en sueldo y carrera.
A eso se suma el precio de criar. Hay quien sostiene que el problema de fondo no es cultural, sino de ingresos: faltan hombres —y parejas, en general— que ganen lo suficiente para mantener a una familia. El asunto deriva entonces hacia la
brecha salarial. Se afirma que una mujer cobrando menos que sus homólogos masculinos por el mismo trabajo sigue siendo la norma, aunque la magnitud y las causas del diferencial se discuten sin acuerdo. Y sobrevuela una queja amarga: que la mujer acabe siendo sostén económico, cuidadora y madre a la vez, con tres turnos en lugar de uno.
¿Por qué se habla de riesgo a partir de los 40?
Es el terreno donde los números se mezclan con el miedo. Un cálculo que circula eleva el riesgo de complicaciones
a los 40 hasta doce veces respecto a edades más tempranas, y a los 45 lo sitúa en unas cuarenta veces más probable. La probabilidad de diabetes gestacional y de
síndrome de Down, se asegura, aumenta con la edad de la madre. La conclusión implícita es clara: cuanto antes, mejor.
El contrapunto llega en forma de casos concretos. Hay quien recuerda embarazos a los 44 con niños sanos y critica el pánico social que rodea a la maternidad madura. Otros apuntan al otro lado de la ecuación: la calidad del esperma también decae, y un padre puede engendrar a los 56 —el caso de un futbolista alemán se cita como ejemplo— sin que eso garantice nada.
Lo que ningún caso concreto resuelve
Entre los ejemplos personales hay uno que se cuenta con todo lujo de detalles: un hijo nacido cuando la madre tenía
37 años, criado a biberón, con matrícula de honor en bachillerato, varias medallas nacionales en un arte marcial, diploma americano con nota alta y hoy en tercero de biomedicina. El desglose completo de ese itinerario se usa como argumento contra cualquier pronóstico. Y convence... hasta que aparece el siguiente caso y lo desmiente.
Porque la estadística no se desmonta con anécdotas. Que existan madres cuarentonas con hijos sanos no altera la tendencia de riesgo; que existan embarazos complicados a los 25 tampoco la invalida en sentido contrario. El problema es que casi todo el mundo razona desde su propia historia, no desde la tabla. Y la tabla, en este caso, no promete nada a nadie.
¿Es solo una cuestión de valores?
Otra línea del análisis lo atribuye al cambio de costumbres. En una sociedad más individualista, la pareja estable y la familia dejan de ser el eje, y todo empuja a no formar ninguna. Hay quien lo defiende como simple libertad y quien lo lamenta como pérdida. También asoma la versión más cínica: gente que no encuentra motivo para traer hijos a un mundo que considera hostil. En ese cruce, el diagnóstico se vuelve moral y nadie cede.
La
natalidad no va a arreglarse discutiendo si una mujer de 42 debería haber empezado antes. Lo que está sobre la mesa es otra cosa: un país donde tener hijos compite con la carrera profesional, con el precio de la vivienda y con unos salarios que no llegan a fin de mes. Ese punto —el económico— es el único donde casi todas las posturas se rozan. Y es, casualmente, el que menos titulares da.