Buxadé fue número 1 de abogado del Estado en 2003: ¿y el resto?
Jorge Buxadé Villalba, nacido el 16 de junio de 1975, sacó con 28 años la oposición a abogado del Estado y quedó primero de la promoción de 2003, con una nota total de 103,2 puntos y el número de orden 1 en el BOE. El dato, publicado en el Boletín Oficial del Estado y recuperado en un foro, ha reabierto una pregunta incómoda: ¿es el único político español con una trayectoria laboral que aguante un examen? La respuesta corta es no. La larga explica por qué nos empeñamos en creer lo contrario.
El debate no va de Buxadé. Va de todos los demás. Porque el currículum del eurodiputado —abogado del Estado en Barcelona, profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad Internacional de Cataluña, docente de Derecho Procesal Contencioso-Administrativo en el máster de acceso a la abogacía de la Universidad Abad Oliva-San Pablo CEU, árbitro del Tribunal Arbitral de Barcelona y secretario del Tribunal Económico-Administrativo Regional de Cataluña entre 2007 y 2009, según el material difundido en el foro— es el tipo de hoja de servicios que, en cualquier otro país, se daría por supuesta en un legislador. Aquí se discute como una excepción.
Qué exige la oposición a abogado del Estado
La Abogacía del Estado es uno de los cuerpos superiores de la Administración. El acceso se resuelve por oposición libre, con un temario que ronda el centenar de temas y varios ejercicios eliminatorios. Quedar primero de promoción no es aprobar: es aprobar por delante de todos los demás. La nota de Buxadé, 103,2, aparece en el anuncio oficial junto a su número de orden.
Ese detalle es el que descoloca a quien sostiene que en España la política es un refugio de mediocres. La lista de números uno de oposición que acabaron en cargos públicos es larga y antigua. Leopoldo Calvo-Sotelo terminó Ingeniería de Caminos en 1951 como número uno de su promoción, con premio Escalona, y se doctoró en 1968. Soraya Sáenz de Santamaría también fue número uno, según se afirma en el debate. Mariano Rajoy aprobó la oposición a registrador de la propiedad, una de las más duras del país.
Ahí empieza el problema. Porque si el filtro técnico existe, ¿por qué el resultado colectivo no lo refleja?
El argumento que desmonta el currículum como aval
La objeción más repetida no discute el expediente: discute su valor predictivo. España lleva más de cuatro décadas gobernada, en buena parte, por abogados del Estado, registradores y notarios, y el país no ha salido precisamente indemne, sostienen algunos participantes. Hay quien sostiene que el problema no es la falta de preparación de la clase política, sino su exceso de homogeneidad: los mismos cuerpos, las mismas universidades, los mismos apellidos desde el siglo XIX.
La sospecha sobre el sistema de oposiciones también aparece. Se argumenta que las oposiciones a altos funcionarios son las más opacas y que el tribunal pesa más que el temario. Es una acusación difícil de probar y fácil de lanzar, y conviene tratarla como lo que es: una hipótesis sin verificación, no un hecho.
El contraste con otros perfiles alimenta la discusión. Frente al funcionario de élite aparece el político sin formación superior acreditada, el asesor fichado a los 29 años, el cargo orgánico que nunca aprobó nada. Y aparece, sobre todo, la pregunta de si un buen expediente académico dice algo sobre la capacidad de gobernar.
El doble rasero: la jueza de 27 años y el opositor de 28
Aquí el debate se vuelve interesante. Cuando una jueza joven accede al cargo con 27 años, se le reprocha falta de experiencia vital para decidir sobre la vida de otros. Cuando un abogado del Estado de 28 años entra en política, se le exige el CV como prueba de mérito. La asimetría es evidente y nadie la ha resuelto.
La defensa del perfil técnico tiene su propia lógica: un abogado del Estado no dicta sentencias ni decide sobre la libertad de nadie. Redacta informes, defiende a la Administración en los tribunales y asesora jurídicamente. La responsabilidad es distinta, y por eso el listón se mide distinto.
Aun así, el argumento se agota rápido. La política no es un examen. Y el mejor expediente del mundo no garantiza criterio, temple ni sentido de la oportunidad.
Por qué el CV no basta para ganar una elección
La discusión deriva, casi siempre, hacia el mismo punto: la forma. Buxadé habla con una contundencia que algunos leen como claridad y otros como agresividad. Su tono aleja votantes, sostienen unos; su tono es exactamente lo que buscan otros. En política, el envoltorio pesa más que el contenido, y eso vale para todos los partidos.
El resultado es una paradoja que el foro retrata sin querer: se exige preparación técnica y se castiga el perfil técnico. Se pide gente que haya trabajado fuera de la política y se desconfía de quien lo hizo en la Administración. Se critica al político profesional y se vota al político profesional.
El fondo: ¿hay vida fuera de la política?
La pregunta del titular tiene una respuesta incómoda. Políticos con trayectorias laborales sólidas hay muchos: ingenieros, médicos, catedráticos, funcionarios de cuerpos superiores. Lo que escasea no es el currículum, es la disposición a valorarlo cuando el currículum pertenece al adversario.
Y queda la duda de fondo, la que nadie responde del todo: si el sistema selecciona a los mejores en la oposición y luego los coloca en un entorno donde el mérito técnico se mide en votos, ¿de qué sirve el número uno?