Bukele reivindica lo público y enciende el debate económico
Un balcón, una banda presidencial, una levita de aire decimonónico y un micrófono ante la multitud. La puesta en escena del discurso de investidura de Nayib Bukele —lo que en el material se bautiza como el Año I de la Nueva Orden— ha dejado una frase que va a dar que hablar en los mentideros económicos: «Lo público debe ser mejor que lo privado». La sentencia, pronunciada por un mandatario que presume de haber desarticulado las pandillas en dos años cuando, según dice, todos calculaban cincuenta, ha abierto un cisma entre quienes ven en ella socialismo de nuevo cuño y quienes la leen como una simple aspiración de gestión.
El discurso, en su arranque, dedica los tres primeros minutos a la fe y la familia. «Este es un país laico, pero yo creo en Dios», dice el presidente. A partir del minuto siete, la analogía del enfermo y los doctores. Y en el minuto 32:30, el juramento. La escenografía —giros de cámara, atrezo, esposa con traje de fiesta— ha sido leída por unos como épica y por otros como el manual del dictador tropical.
Qué significa «lo público debe ser mejor que lo privado»
La frase ha caído como una bomba en un foro donde el consenso liberal suele ser mayoritario. Hay quien sostiene que Bukele no propone colectivizar nada, sino exigir al Estado un estándar de servicio que hoy no cumple. En contra pesa el argumento clásico: lo público se financia con impuestos extraídos de forma involuntaria, mientras lo privado lo paga el cliente por voluntad propia. Cuando un servicio público funciona, el privado desaparece; cuando no funciona, el usuario no tiene escapatoria.
La discusión derivó pronto hacia el caso español. Se argumenta que en España lo público no compite con lo privado, sino que lo desplaza por decreto, y que el empleo público —con sueldos y condiciones superiores al sector privado— se ha convertido en un fin en sí mismo. Hay quien sostiene que, si Bukele quiere imitar el modelo, que espere a tener a la mitad de la población viviendo de sueldos públicos y endeudando a generaciones que aún no han nacido.
El palacio, los funcionarios y el espejo español
El ejemplo del palacio presidencial sirve de piedra de toque. ¿Podría pagarse de forma privada? La pregunta no es retórica: apunta a que ciertos bienes solo tienen sentido desde lo colectivo, y a que ese mismo argumento se usa para justificar cualquier gasto. La línea divisoria entre servicio público y chiringuito político es exactamente donde el debate se atasca.
La crítica más repetida apunta a que lo público, tal como se practica, no existe como categoría neutral: existen cosas colectivizadas bajo la gestión de servidores públicos que se reservan privilegios en su uso. El ciudadano que acude a lo que supuestamente es suyo descubre que solo le corresponde un puesto en la cola del reparto. El resultado, se sostiene, es un nivel de vida por encima del merecido para los gestores y una espera de quince días para el administrado.
El modelo Bukele: mano dura, fe y familia
El discurso no es solo económico. La mezcla de seguridad, religión y familia ha sido leída como una declaración cultural contra lo que algunos llaman el régimen masónico. «Por la gracia de Dios, del gobierno y del pueblo salvadoreño, pudimos acabar en dos años con el peligro de las pandillas», resume el presidente. Confíen en mí, viene a decir, aunque todo el mundo piense que es imposible.
La extrapolación es el punto débil de la tesis. El éxito en seguridad no garantiza acierto económico. La confianza ganada a golpe de estado de excepción puede no trasladarse a la gestión de la cosa pública. Es la arrogancia por extrapolación que algunos ya señalan: haber acertado en un terreno no convierte a nadie en infalible en el siguiente.
Las dos Españas del foro
El eco español del discurso ha sido inmediato. Por un lado, quienes piden un Bukele para España y ven en él la alternativa a la clase política actual. Por otro, quienes recuerdan que las violaciones de derechos humanos siguen ahí, se llamen como se llamen. La discusión derivó hacia el franquismo, los liberales que huelen a cadáver y los que defienden lo público como conquista irrenunciable.
La anécdota la puso el cálculo de las multinacionales: si las empresas españolas invierten en El Salvador, no es porque la clase trabajadora salvadoreña saque más beneficios, sino porque ellas sacan más que invirtiendo en otro país. El capital no vota con el corazón.
El cierre: la escenografía como aviso
La liturgia del acto —levita, banda, balcón, multitudes— ha sido interpretada por algunos como el prólogo de un régimen que confunde la estética con la legitimidad. Otros ven en ella la recuperación de un imaginario que Occidente abandonó por vergüenza. En el fondo, el debate no es sobre Bukele: es sobre si lo público puede ser mejor que lo privado sin dejar de ser público. Y esa pregunta sigue sin respuesta.