José Elías: un «casoplón» por 26.000€ a diez minutos de una capital
Veintiséis mil euros por un casoplón. La cifra, puesta en boca de José Elías como solución al problema de la vivienda, tiene la virtud de sonar a ganga y el defecto de no resistir el más mínimo desglose. El argumento es simple: basta con mudarse a un pueblo a diez minutos de una capital. El problema empieza cuando uno pregunta qué capital, qué pueblo y, sobre todo, qué clase de diez minutos son esos.
Qué hay detrás del pueblo a diez minutos
La primera fisura está en la geografía. Un pueblo a diez minutos de una capital existe en el mapa, pero no en cualquier provincia ni con cualquier mercado laboral. Hay quien sostiene que en un pueblo próximo a Soria la vivienda es efectivamente barata; la pregunta inmediata es si en Soria hay trabajo de lo tuyo, a lo que se suma el pequeño detalle de los desplazamientos, el aparcamiento y los 600 euros mensuales de combustible que, según el cálculo de un participante, se van en ir y volver. Diez minutos de coche, con el depósito por las nubes, son un párrafo aparte.
La segunda fisura es el estado real del inmueble. Un «casoplón» de 26.000 euros apunta a una casa a reformar —con 60.000 se habla ya, según otro interviniente, de una vivienda normal—, y el escenario más pesimista sobre la mesa describe la operación así: los diez minutos se convierten en una hora de ida y otra de vuelta, los 25.000 suben a 50.000 y lo que había de palacete es una construcción que no admite reforma, sino demolición completa. En una pedanía cuyo tejido comercial se agota en un bar-tienda-estanco, y donde al recién llegado se le sigue llamando forastero dos décadas después.
¿Por qué sube más la vivienda barata?
Un participante apunta un detalle de mercado que, a su juicio, desmonta el relato del chollo: los pisos baratos suben más que los caros, no menos, porque son los únicos accesibles para la mayoría, cuyo techo lo marca la capacidad de endeudamiento. Los caros se quedan fuera del alcance de casi todos y por eso se revalorizan menos, de modo que lo barato deja de serlo antes.
Al margen del cálculo, otro de los intervinientes deja un poso incómodo: el rechazo que, afirma, le producen los millonarios hechos en este sistema que dan lecciones de política y sociedad a quien no llega a fin de mes, un rechazo que ninguna hoja de cálculo amortigua.
¿Y si el pueblo perfecto a diez minutos no existe por mucho que se empeñen en señalarlo en el mapa?