Assange y el bulo del alunizaje grabado en Nevada
No hay constancia de ningún vídeo, de ninguna
desclasificación ni de ningún archivo nuevo de Wikileaks. Lo que circula es un tuit de una cuenta anónima que atribuye a
Julian Assange la publicación de
17 minutos de metraje capaces, según esa misma cuenta, de demostrar que el alunizaje de
1969 se rodó en el desierto de Nevada. Ni enlace primario, ni comunicado, ni una sola verificación independiente.
¿Qué hay del vídeo de 17 minutos atribuido a Assange?
Nada comprobable. La cadena se sostiene sobre el tuit de una cuenta anónima: alguien afirma que Wikileaks lo ha soltado y el resto repite la afirmación. Ahí surge el primer contraargumento serio, y no hace falta ser ingeniero aeroespacial para formularlo: una filtración de ese calibre no llega por una cuenta sin historial ni respaldo. La carga de la prueba no se traslada al escéptico por mucho que el tuit acumule interacciones.
Por qué el bulo del alunizaje funciona mejor que la evidencia
El mecanismo es viejo: el relato encaja con lo que parte del público ya cree. Hay quien sostiene que sobrevive porque el espacio informativo está saturado de desinformación y de contra-desinformación, y en ese ruido la verificación pierde por cansancio. Hay quien traduce el cansancio en desánimo puro —
no espero nada bueno de nadie— y quien lo traduce en sospecha permanente hacia cualquier institución. Ninguna de las dos salidas exige comprobar nada.
Y queda el detalle que casi nadie mira: la
paparrucha se disfraza de filtración. Se le pega el sello de Wikileaks y el envoltorio hace el resto.
Es previsible que la próxima filtración fantasma se propague igual de rápido. Con una reserva: cada ciclo deja un poso de desconfianza que después no se recupera, y esa factura no la paga el tuit.