Delkáder y la vaselina: Ceuta y Melilla, ¿instrumentos coloniales?
El relato oficial sobre Ceuta y Melilla ha hecho amago de moverse, y ha bastado para incendiar la conversación. Una pieza firmada por Augusto Delkáder-Palacios, profesor ayudante doctor de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid, ha vuelto a colocar sobre la mesa la tesis de que las ciudades autónomas «han servido como instrumentos del poder colonial español». No es una declaración inocente en un momento en que la relación con Marruecos condiciona la política exterior y la supervivencia parlamentaria del Gobierno. La pregunta que circula ya no es quién lo dice, sino por qué se dice ahora.
Quien firma es un académico con perfil especializado en el Magreb: vinculado al Instituto Complutense de Estudios Internacionales y al grupo de investigación sobre el Magreb y Oriente Medio, Delkáder es autor de una tesis sobre securitización y condicionalidad migratoria. O sea, alguien que sabe exactamente qué palabras usa. La coincidencia con la actual fase de la política exterior española -giro sobre el Sáhara, presión migratoria, espionaje Pegasus- no le parece casual a buena parte del análisis.
Colonias, provincias o ciudades españolas: el debate histórico
La primera reacción a la tesis colonial es historiográfica y tiene miga. Ceuta, Melilla y el Rif formaron parte durante siglos de la Hispania transfretana, y el testamento de Isabel la Católica instaba a continuar la conquista del norte de África más allá de Granada. La integración de Ceuta en la soberanía española se remonta a los siglos XVI-XVII, dependiente administrativamente de Cádiz hasta su estatuto actual. «Ceuta es tan española como Málaga», dice la postura contraria a la lectura colonial.
Frente a eso, el argumento que desliza la pieza de Delkáder, aunque aplicado a las dos ciudades, es un boomerang: si el origen «colonial» fuera motivo suficiente para poner en cuestión la soberanía, las Islas Canarias -escala obligada en los virreinatos americanos y puro proyecto colonial- quedarían alcanzadas por la misma lógica. Ningún Gobierno ha querido abrir esa caja.
La comparación con el Sáhara: fosfatos y agravios
La economía entra con calzador y no favorece al bando de la permanencia. Hay quien recuerda que España ya perdió un territorio con DNI español, permisos de conducir y una enorme reserva de fosfatos -materia prima clave para fertilizantes- cuando abandonó el Sáhara Occidental. «Allí sí perdimos algo valioso y estratégico», se insiste. Ceuta y Melilla, en cambio, no tienen riquezas comparables: su justificación sería la vigilancia del Estrecho, el apoyo logístico y el despliegue de medios de vigilancia aduanera. La otra parte de la balanza es el coste de mantener dos ciudades con economía dependiente del Estado y una frontera terrestre con Marruecos.
Pero la comparación tiene un punto débil que también se ha señalado: jurídicamente, el Sáhara fue una colonia de ultramar convertida tardíamente en provincia en 1958 por presión de la ONU, mientras que Ceuta se integró plenamente en la metrópoli. Son estatus distintos, y mezclarlos es la trampa favorita de quienes quieren vender una cesión como una simple descolonización.
Pegasus, Rabat y la sospecha de una hoja de ruta
Lo que ha encendido la mecha no es solo el contenido, sino el contexto. La investigación parlamentaria del espionaje Pegasus a miembros del Gobierno quedó bloqueada, y la relación con Rabat se ha vuelto más opaca que nunca. En ese caldo de cultivo, la frase de un profesor sobre el «poder colonial español» se lee como el primer movimiento de una acorazada mediática: ir preparando a la opinión pública para que la cesión, si llega, parezca una corrección histórica y no una rendición.
También ha circulado, sin prueba alguna, la sospecha de que el propio autor cobraría de Rabat desde 2020. No hay dato que lo confirme, pero su sola aparición mide el nivel de envenenamiento del debate. La sospecha, con los mimbres actuales, resulta difícil de desactivar con un comunicado.
El fondo del asunto
Es pronto para hablar de cesión, y probablemente lo seguirá siendo durante años. Pero el hecho de que la tesis colonial se formule ya en público, sin un correctivo interno visible, dice más del estado de la cuestión que cualquier desmentido. Si el relato se sigue engrasando, la pregunta dejará de ser si se ceden o no las ciudades: será a cambio de qué, y con qué fecha de caducidad. Ahora mismo, nadie en el Gobierno responde; el único dato firme es que la discusión ya no resulta inaudita.