Ceuta, Melilla y el fantasma de la España ‘absorbida’ por Marruecos
¿Puede
Marruecos hacerse con media España sin disparar un tiro? La pregunta ya no es exclusiva de ambientes digitales. Un tuit de Yair Netanyahu, hijo del primer ministro israelí, sugiriendo a los países árabes que empiecen por Ceuta y Melilla si quieren “liberar territorios ocupados”, y un informe del Congreso de EEUU que menciona las dos ciudades autónomas como “territorios de Marruecos”, han reabierto una inquietud latente. Detrás hay una tesis cruda: la normalización diplomática, la dependencia económica y la demografía acabarían haciendo lo que no haría una guerra.
El argumento demográfico
La corriente más alarmista sostiene que la natalidad de la población de origen marroquí en España —tres o cuatro hijos por pareja— acabará imponiéndose en barrios enteros de Almería, Granada o Murcia. Se citan municipios como El Ejido, Las Norias o Zafarraya, y se asegura que en algunas zonas la presencia de esta población ya es mayoritaria. El razonamiento: no hará falta conquista militar, bastará con la absorción generacional. En el lado contrario hay quien recuerda que fenómencos similares se predijeron para el Reino Unido y que la segunda generación tiende a integrarse, aunque con fricciones. La evidencia disponible no permite dar por buena ninguna de las dos lecturas; la demografía no decide por sí sola.
La lectura geoestratégica
Otro análisis va más allá y sitúa Ceuta y Melilla como ficha inicial de un tablero mayor: el control del Estrecho de Gibraltar y las aguas de Canarias. El razonamiento es que Marruecos no necesita ocupar territorio si consigue una mesa de negociación donde se reparta soberanía y, sobre todo, plataforma continental y fondos marinos. En la conversación se recuerda que el Sáhara ya se vendió en una negociación; el siguiente paso sería una salida pactada que no parezca una derrota. Es una hipótesis difícil de verificar, pero explica por qué aparecen Gibraltar, Ceuta, Melilla y Canarias en todas las conversaciones diplomáticas.
La batalla cultural
Parte de la discusión se centra en el relato histórico. La reivindicación del “legado andalusí” es vista por algunos como un instrumento para arabizar obras que serían de origen romano, y se cita a Blas Infante como origen de una corriente africanista en el andalucismo. La desconfianza hacia la clase política recorre toda la conversación: se le acusa de haber financiado el cambio demográfico con prestaciones y de haber entregado el voto a quienes no comparten valores europeos. Frente a eso, las voces más templadas hablan de un problema de integración y desigualdad mal gestionado, no de un complot.
Con estos mimbres, el miedo a la “media España marroquí” va a seguir ahí. Es improbable que Marruecos necesite tanques; le basta con paciencia, presión diplomática y una demografía que no entiende de banderas. Mientras tanto, la conversación pública española sigue enrocada entre negar la inquietud y convertirla en profecía autocumplida. El silencio no parece una estrategia mucho mejor.