La conversación de una comunidad anónima sobre la imagen de una mujer migrante derrapa en pocos minutos hacia el descrédito y la propuesta de expulsarla del país. Se la reduce a su físico y se bromea con pagarle para que no vuelva a pisar territorio nacional. La escena no es un caso de laboratorio: ilustra cómo el discurso de odio se ha vuelto moneda corriente en los espacios digitales sin filtro.
No se trata de un fenómeno nuevo, pero la tensión social y la precariedad económica ensanchan el caldo de cultivo. El anonimato rebaja el coste de decir en público lo que en persona sería inaceptable.
Cuando el chiste se convierte en propuesta política
Hay quien sostiene que son solo bromas de adultos y que nadie las toma en serio. Pero cuando una conversación de diez mensajes acaba proponiendo recolectar dinero para que una persona abandone el país por el hecho de ser migrante, el humor deja de ser inocente para convertirse en una reivindicación de exclusión étnica. No es un lapsus, sino la punta del iceberg de una normalización que la sociología ya estudia.
La respuesta institucional sigue siendo tímida. El discurso de odio está tipificado en el Código Penal, pero las plataformas y los jueces rara vez actúan de oficio contra mensajes anónimos. El resultado es una zona de impunidad donde el racismo se ejercita sin vergüenza.
La pregunta es si la conversación pública logrará revertir esta tendencia o si, como apunta este episodio, el grifo del odio se ha abierto para quedarse. La respuesta depende de que los espectadores dejen de mirar hacia otro lado.