Un taller de helados con perspectiva de género a 100 euros más IVA desata la duda: ¿troleo o realidad
Hay convocatorias que se explican solas y otras que exigen un acta notarial. Un supuesto cursillo para aprender a comer helados con perspectiva de género, a razón de 100 euros más IVA por una charla de tres horas, ha puesto a media red a debatir si el cartel es una parodia o el retrato fiel de una administración que ya subvenciona cualquier cosa con tal de que lleve arcoíris. La respuesta corta: era un
troleo. La respuesta larga es el problema.
El anuncio, difundido como si fuera una convocatoria real, prometía una sesión formativa sobre el consumo de helado desde una óptica inclusiva, con plazas limitadas y un precio de cien euros más impuestos. Tres horas de duración. Y un detalle que descoloca: solo aparecían la primera y la tercera parte del programa, mientras la segunda quedaba, según el propio cartel, no disponible.
Por qué nadie descartó de entrada que fuera verdad
La carcajada inicial duró poco. Varios lectores pidieron enlace y fuente antes de reírse del todo, y el enlace llegó: una cuenta de red social con todos los iconos del repertorio habitual, banderas incluidas, y un perfil donde el apoyo a determinados regímenes internacionales convivía sin sonrojo con la etiqueta de progresismo. Ese detalle fue el que hizo saltar la liebre: quien presume de solidaridad con dictaduras que no se caracterizan por su respeto a los derechos individuales difícilmente sostiene después un discurso feminista coherente.
A partir de ahí, el análisis se dividió. Una parte sostuvo desde el principio que era una parodia evidente, casi un ejercicio de estilo. Otra parte, más numerosa de lo que convendría, admitió que ya no era capaz de distinguir el chiste del folleto oficial. Y ahí está el dato interesante:
hace una década nadie habría dudado de que era una broma. Hoy la duda es razonable.
El negocio real: quién paga los cien euros
La objeción económica apareció pronto y no se fue. Si el taller es de pago, no va nadie. Si es gratis, se llena. La clave, según un análisis que circula entre los participantes, es que este tipo de actividades rara vez las paga el asistente: las financia la administración de turno, el ayuntamiento o la asociación correspondiente, con dinero público que sale de los impuestos y entra en manos privadas sin excesiva transparencia. El precio de cien euros más IVA sería, en ese esquema, un decorado.
El segundo reproche fue el del IVA. Un precio anunciado sin impuestos incluidos, en una actividad formativa dirigida al consumidor final, es una anomalía que cualquiera que haya montado un negocio detecta a la primera. Ese detalle, más que el contenido, fue lo que a varios lectores les hizo sospechar que el cartel era falso. Y acertaron.
La segunda parte del taller que nunca existió
El programa prometía tres bloques. Solo se publicaron el primero y el tercero. El segundo, el práctico, quedaba fuera de la vista. La coña se escribió sola: el taller práctico para aprender a comer el helado adecuadamente, ese que nunca se anuncia pero todos imaginan. Es el tipo de detalle que convierte un cartel falso en un cartel verosímil, porque la realidad administrativa española lleva años produciendo convocatorias igual de absurdas pero auténticas.
Ese es el punto que varios lectores subrayaron con más insistencia: el problema no es el bulo, es el terreno abonado. Cuando durante años se han visto cursos, talleres y jornadas con presupuesto público y títulos imposibles, la parodia deja de ser parodia y se convierte en espejo. La verosimilitud del chiste es la crítica.
La charocracia y el contribuyente que se levanta a las cinco
El cierre del asunto tuvo su momento amargo. Un lector resumió el malestar general con una frase que se repitió en varias versiones: levantarse a las cinco de la mañana para pagar estas cosas y esperar un mes para una cita médica. El contraste entre el gasto en actividades de dudosa utilidad y la degradación de los servicios públicos básicos es, probablemente, el motivo real de que el bulo funcionara.
Otro remató con una idea que merece quedar escrita: si el taller fuera con dinero propio, no iría nadie. La demanda no existe. La oferta, en cambio, sí, porque está financiada. Ese desajuste entre lo que se ofrece y lo que se paga de verdad es el corazón económico del asunto, y explica por qué una broma de cien euros más IVA ha generado más conversación que muchos informes oficiales.
Queda la pregunta incómoda. Si el cartel era falso, ¿por qué tantos lectores tardaron en descartarlo? La respuesta no está en el cartel. Está en los cien anteriores que sí eran auténticos.