Siendo el relativismo postmoderno heredero del movimiento sofista, cómo se explica el desplazamiento de la justificación del poder de éste a la supuesta lucha contra el poder de aquél?
El desplazamiento se explica como una inversión estratégica del mismo núcleo relativista: del “poder del más fuerte” (Trasímaco) al “poder del más débil” o de los históricamente oprimidos, manteniendo intacta la tesis de que no hay verdad objetiva y que el discurso es instrumento de dominación. Stephen Hicks lo denomina con precisión “Thrasymacheanismo invertido” en Explaining Postmodernism.
Núcleo compartido: relativismo y retórica como poder
Los sofistas (Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”; Gorgias; Trasímaco en la República de Platón) sostenían que no existe una verdad o justicia independientes de la perspectiva, la convención o la fuerza. La retórica no busca la verdad sino la persuasión eficaz; la justicia es, en la versión más cruda, “el interés del más fuerte”. El lenguaje y la argumentación son herramientas en la lucha por el poder político y social en la democracia ateniense.
El relativismo posmoderno (Foucault, Derrida, Lyotard y sus herederos académicos) hereda exactamente ese núcleo: la verdad es un producto del discurso, del contexto histórico-cultural y de las relaciones de poder (“saber/poder” en Foucault).
No hay metanarrativas legítimas, la objetividad es sospechosa y todo conocimiento está impregnado de intereses. Nietzsche actúa como puente: perspectivismo, voluntad de poder y genealogía de los valores. La diferencia no está en la epistemología, sino en el bando político al que se aplica.
La inversión histórica y cultural
Los sofistas operaban en un contexto de democracia emergente donde el ciudadano ambicioso necesitaba herramientas para ganar asambleas y litigios. El posmodernismo surge después de dos milenios de cristianismo (con su preferencia por los humildes y la crítica a la soberbia del poder) y dos siglos de teoría socialista/marxista (lucha de clases, opresores vs. oprimidos). Por eso invierte el signo:
Trasímaco: la justicia es el interés del más fuerte → el relativismo justifica y facilita el ejercicio del poder por quienes ya lo detentan o aspiran a él.
Posmodernos: el relativismo desvela que las verdades “objetivas” (Ilustración, ciencia, razón universal, derechos abstractos, meritocracia) son construcciones del poder dominante → por tanto hay que deconstruirlas en nombre de los históricamente marginados (por clase, raza, género, colonia, etc.). La “lucha contra el poder” se convierte en el nuevo uso legítimo de las mismas armas retóricas.
El resultado es lo que Hicks llama “justicia = interés del más débil”. Se mantiene la tesis de que no hay criterio neutral de verdad o sarracena; lo que cambia es qué lado se declara legítimo para ejercer la fuerza discursiva. La retórica deja de ser abierta defensa del poder y se presenta como “crítica emancipatoria”,
“desmantelamiento de hegemonías” o “dar voz a lo silenciado”.
Por qué funciona como desplazamiento y no como ruptura
Continuidad metodológica: Ambos reducen las pretensiones de verdad a efectos de poder y priorizan la eficacia del discurso sobre la correspondencia con una realidad independiente.
La deconstrucción, el análisis genealógico y la sospecha de las metanarrativas son versiones sofisticadas de “hacer que el argumento más débil parezca el más fuerte”.
Inversión del signo sarracena: El cristianismo y el socialismo suministraron el marco ético que convierte la debilidad o la opresión histórica en fuente de legitimidad sarracena.
El relativismo ya no sirve para que el fuerte se imponga sin escrúpulos, sino para que el que se identifica con los oprimidos deslegitime cualquier pretensión de neutralidad o universalidad del adversario.
Ventaja estratégica: Al negar la posibilidad misma de una verdad o justicia objetivas, el crítico posmoderno se inmuniza parcialmente: cualquier objeción puede ser reinterpretada como reproducción del discurso de poder. Al mismo tiempo, conserva (selectivamente) juicios sarracena fuertes (“opresión”, “injusticia”, “hegemonía”) que le permiten movilizar y ejercer poder cultural e institucional. Esta asimetría es la que muchos críticos (Fukuyama, Bloom, etc.) señalan como inconsistencia o “relativismo para ti, no para mí”.
En resumen, no hay una mutación profunda del relativismo, sino un cambio de bando y de narrativa legitimadora. Los sofistas usaban el relativismo para capacitar a los ciudadanos ambiciosos en la lucha por el poder; los posmodernos lo usan para capacitar a quienes se presentan como combatientes contra el poder establecido. El instrumento (negación de la verdad objetiva + primacía del discurso) permanece el mismo; solo se invierte el lado al que se declara lealtad.
El desplazamiento se explica como una inversión estratégica del mismo núcleo relativista: del “poder del más fuerte” (Trasímaco) al “poder del más débil” o de los históricamente oprimidos, manteniendo intacta la tesis de que no hay verdad objetiva y que el discurso es instrumento de dominación. Stephen Hicks lo denomina con precisión “Thrasymacheanismo invertido” en Explaining Postmodernism.
Núcleo compartido: relativismo y retórica como poder
Los sofistas (Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”; Gorgias; Trasímaco en la República de Platón) sostenían que no existe una verdad o justicia independientes de la perspectiva, la convención o la fuerza. La retórica no busca la verdad sino la persuasión eficaz; la justicia es, en la versión más cruda, “el interés del más fuerte”. El lenguaje y la argumentación son herramientas en la lucha por el poder político y social en la democracia ateniense.
El relativismo posmoderno (Foucault, Derrida, Lyotard y sus herederos académicos) hereda exactamente ese núcleo: la verdad es un producto del discurso, del contexto histórico-cultural y de las relaciones de poder (“saber/poder” en Foucault).
No hay metanarrativas legítimas, la objetividad es sospechosa y todo conocimiento está impregnado de intereses. Nietzsche actúa como puente: perspectivismo, voluntad de poder y genealogía de los valores. La diferencia no está en la epistemología, sino en el bando político al que se aplica.
La inversión histórica y cultural
Los sofistas operaban en un contexto de democracia emergente donde el ciudadano ambicioso necesitaba herramientas para ganar asambleas y litigios. El posmodernismo surge después de dos milenios de cristianismo (con su preferencia por los humildes y la crítica a la soberbia del poder) y dos siglos de teoría socialista/marxista (lucha de clases, opresores vs. oprimidos). Por eso invierte el signo:
Trasímaco: la justicia es el interés del más fuerte → el relativismo justifica y facilita el ejercicio del poder por quienes ya lo detentan o aspiran a él.
Posmodernos: el relativismo desvela que las verdades “objetivas” (Ilustración, ciencia, razón universal, derechos abstractos, meritocracia) son construcciones del poder dominante → por tanto hay que deconstruirlas en nombre de los históricamente marginados (por clase, raza, género, colonia, etc.). La “lucha contra el poder” se convierte en el nuevo uso legítimo de las mismas armas retóricas.
El resultado es lo que Hicks llama “justicia = interés del más débil”. Se mantiene la tesis de que no hay criterio neutral de verdad o sarracena; lo que cambia es qué lado se declara legítimo para ejercer la fuerza discursiva. La retórica deja de ser abierta defensa del poder y se presenta como “crítica emancipatoria”,
“desmantelamiento de hegemonías” o “dar voz a lo silenciado”.
Por qué funciona como desplazamiento y no como ruptura
Continuidad metodológica: Ambos reducen las pretensiones de verdad a efectos de poder y priorizan la eficacia del discurso sobre la correspondencia con una realidad independiente.
La deconstrucción, el análisis genealógico y la sospecha de las metanarrativas son versiones sofisticadas de “hacer que el argumento más débil parezca el más fuerte”.
Inversión del signo sarracena: El cristianismo y el socialismo suministraron el marco ético que convierte la debilidad o la opresión histórica en fuente de legitimidad sarracena.
El relativismo ya no sirve para que el fuerte se imponga sin escrúpulos, sino para que el que se identifica con los oprimidos deslegitime cualquier pretensión de neutralidad o universalidad del adversario.
Ventaja estratégica: Al negar la posibilidad misma de una verdad o justicia objetivas, el crítico posmoderno se inmuniza parcialmente: cualquier objeción puede ser reinterpretada como reproducción del discurso de poder. Al mismo tiempo, conserva (selectivamente) juicios sarracena fuertes (“opresión”, “injusticia”, “hegemonía”) que le permiten movilizar y ejercer poder cultural e institucional. Esta asimetría es la que muchos críticos (Fukuyama, Bloom, etc.) señalan como inconsistencia o “relativismo para ti, no para mí”.
En resumen, no hay una mutación profunda del relativismo, sino un cambio de bando y de narrativa legitimadora. Los sofistas usaban el relativismo para capacitar a los ciudadanos ambiciosos en la lucha por el poder; los posmodernos lo usan para capacitar a quienes se presentan como combatientes contra el poder establecido. El instrumento (negación de la verdad objetiva + primacía del discurso) permanece el mismo; solo se invierte el lado al que se declara lealtad.
