La curva de la gripe da miedo: pico entre el sorteo y la Navidad
La temporada de gripe de este año viene con una advertencia que se repite en los despachos y en las conversaciones de barra de bar: el pico de contagios se espera entre el
22 de diciembre, día del sorteo de la lotería, y el
25 de diciembre, Navidad. Así lo resume una de las primeras intervenciones del asunto: «Se calcula que el pico de la gripe llegará entre el 22 sorteo de la lotería y el 25 día de Navidad». Traducido: el virus viaja en el mismo autobús que los turrones.
La cifra que da cuerpo al temor no es una corazonada. Los datos que se manejan apuntan a que la temporada pasada la gripe provocó en España
más de 33.000 hospitalizaciones, 1.811 ingresos en UCI y 1.825 fallecimientos entre octubre y mayo, lo que la sitúa como el principal virus respiratorio del país. Con ese precedente, la insistencia de las autoridades en que la población se vacune tiene una lógica difícil de discutir.
¿Por qué la gripe de este año preocupa más que otras temporadas?
El argumento que circula con más fuerza es el de la variante. Los preliminares apuntan a que la cepa dominante esta temporada es la
H3N2 y, dentro de ella, un nuevo subtipo, el
subclado K. La consecuencia que se extrae es doble: más contagios y más rápidos. Es el tipo de combinación que colapsa urgencias antes de que el personal haya terminado de colgar el cartel de felices fiestas.
A eso se suma el calendario. Los desplazamientos del puente, las cenas de empresa y las reuniones familiares funcionan como un multiplicador logístico del virus. Hay quien sostiene que, después del puente, la propagación será inevitable «por cada rincón del país». No es una predicción arriesgada: es la mecánica habitual de cualquier epidemia respiratoria en un país que se mueve en masa.
La respuesta institucional se mide en dosis. En el
País Vasco no se llega al medio millón de vacunas administradas, frente a los
dos millones doscientos mil del conjunto del país, según el recuento que se maneja. La comparación no es halagüeña para la comunidad autónoma, y menos cuando el mensaje oficial es precisamente que hay que vacunarse.
Vacunas, escepticismo y el fantasma de la temporada 2020
El asunto no tarda en derivar hacia el terreno donde siempre acaba: la confianza en la vacuna. Una parte del análisis sostiene que la efectividad de la vacuna de la gripe es limitada y que su resultado es «completamente aleatorio», lo que explicaría que no haya funcionado tampoco este año. Enfrente, el argumento sanitario clásico: la gripe se pasa en una semana, pero para ancianos y enfermos crónicos la ecuación cambia por completo.
La memoria colectiva juega malas pasadas. Hay quien recuerda que durante el invierno de
2020 no se registró prácticamente ningún caso de gripe y lo interpreta como prueba de que las medidas de entonces funcionaron, o como prueba de que algo no cuadra. La discusión sobre qué pasó con la gripe en aquella temporada sigue sin cerrarse, y cada nueva temporada la reabre.
El escepticismo tiene grados. Desde quien se limita a decir que «la gripe se pasa y en una semana estás bien de nuevo» hasta quien sostiene que las farmacéuticas tienen un interés económico en mantener el miedo vivo cada invierno. Entre esos dos extremos cabe casi todo, incluido el recurso a remedios caseros como el ajo morado o las infusiones de jengibre, que aparecen en la conversación como alternativa a la vacunación.
El negocio de la gripe: bajas, horas extra y mascarillas de más
No todo es ideología. La gripe también tiene una traducción económica inmediata. Un trabajador lo resume sin rodeos: cubrir a un compañero de baja por gripe le reportará
500 euros extra. Es la cara amable del virus para quien hace horas, y la prueba de que cada temporada gripal mueve dinero real en bajas, sustituciones y productividad perdida.
El otro lado es el de la exageración. Hay quien describe, con ironía, haber visto a gente conduciendo sola con mascarilla, o a conocidos que se han puesto «dos mascarillas dentro de casa». La burla hacia el celo sanitario excesivo es un género en sí mismo, y este año no iba a ser menos.
La anécdota más repetida es la del conocido que fue a vacunarse de gripe y de lo otro a principios de semana y acabó con un ictus. Es el tipo de historia que circula sin verificación y que conviene tratar con pinzas: un caso aislado no demuestra nada, y menos cuando se usa para desaconsejar una vacuna. La correlación temporal no es causalidad, aunque el relato funcione mejor cuanto más dramático.
La gripe como termómetro social
Más allá de la epidemiología, la temporada de gripe se ha convertido en un test de actitud. Están los que se abrigan y no cogen un catarro en años, los que no salen de casa en Navidad y consideran la soledad «el culmen de la libertad», y los que ven en cada campaña de vacunación una operación de control. La gripe es lo de menos; lo que se discute es en quién confiar.
La predicción con reservas es sencilla: si el pico llega entre el sorteo y la Navidad, las urgencias lo notarán y las cifras de la temporada pasada servirán de referencia. Si la variante resulta menos agresiva de lo temido, la próxima temporada volveremos a discutir exactamente lo mismo. La gripe no da tregua, pero tampoco la discusión sobre ella.