Analisis La de Israel y su perro faldero EEUU no es una guerra contra Irán. Es una guerra en Irán (y el objetivo es el mundo)

RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

Que el conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán no es una guerra bilateral, sino una guerra con sede en Irán pero con objetivos planetarios. Así lo sostiene un análisis que circula con fuerza en medios alternativos: la verdadera partida se juega contra China, Rusia, los BRICS, la desdolarización y cualquier soberanía que no se pliegue a Washington y Tel Aviv.

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EL ESTADO ES TU PEOR ENEMIGO.
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La de EEUU e Israel no es una guerra CON Irán, sino una guerra EN Irán. La guerra tiene un alcance muy superior:

-Es una guerra contra Rusia y China.
-Una guerra contra el nuevo sistema monetario de los BRICS.
-Una guerra contra Europa.
-Una guerra contra la OTAN y el orden unipolar.
-Una guerra contra la independencia energética europea. Una guerra contra la Ruta de la Seda.
-Una guerra contra la desdolarización del comercio mundial.
-Una guerra contra el propio derecho internacional.
-Una guerra contra cualquier atisbo de soberanía que no se pliegue a los designios de Washington y Tel Aviv.

Por eso Irán resiste. Por eso China y Rusia observan, calculan y suministran armamento y servicios de inteligencia. Por eso Europa se desangra mientras sus líderes callan. Por eso el estrecho de Ormuz no es un punto de estrangulamiento energético, sino el cuello de botella donde se decide si el mundo seguirá girando en torno al dólar o si, por fin, nace un orden multipolar real.

La guerra "en" Irán es solo la trinchera. El campo de batalla es el planeta entero. Y el armamento no son solo misiles hipersónicos, sino yuanes, rublos, rupias, oro, tratados comerciales, cables submarinos, satélites, inteligencia artificial y, sobre todo, la voluntad de millones de personas que ya no creen en la hegemonía de un imperio en decadencia.

Por eso el desenlace de esta guerra no se escribirá en Teherán, sino en Pekín, en Moscú, en Nueva Delhi, en Riad, en Brasilia. Y por eso, aunque los misiles dejen de caer, la guerra seguirá. Porque no es una guerra de fronteras. Es una guerra de épocas.

Una guerra siguiendo las tesis straussianas de Victoria Nuland y Robert Kagan. Recordemos que varios líderes políticos que intentaron sacar a sus países (productores de petróleo) de la dictadura del petrodólar fueron derrocados: Sadam Husein, Muamar el Gadafi, Bashar al Asad... y algunos más.

No es casualidad. Es un patrón. Es un mecanismo de defensa del imperio.

Sadam Husein cometió el pecado original en el año 2000: anunció que Irak vendería su petróleo en euros, no en dólares. No fue una medida simbólica. Fue un golpe directo al corazón del sistema que sostiene la hegemonía estadounidense: el petrodólar. En pocos años, el programa petróleo-por-alimentos controlado por la ONU acumuló más de 20.000 millones de euros en cuentas iraquíes, una cantidad que amenazaba con inspirar a otros productores de la OPEP a seguir el mismo camino. Una decisión que, según The Guardian, ya había empezado a debilitar al dólar y a erosionar la demanda global de la moneda estadounidense.

¿El resultado? La oleada turística de 2003. Las armas de destrucción masiva nunca aparecieron. Pero una de las primeras decisiones del gobierno instalado por Washington fue revertir la venta de petróleo a dólares, restaurando así la ortodoxia financiera del imperio.

Muamar el Gadafi cometió el mismo error, pero a mayor escala. No se limitó a cambiar de moneda. Concibió un proyecto de emancipación total para África: un dinar de oro respaldado por las ingentes reservas del metal precioso que poseía Libia (unas 143 toneladas, según cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks). Su objetivo era crear un banco central africano que sustituyera al dólar y al franco CFA, liberando al continente del control financiero del FMI y del Tesoro francés.

Su final ya lo conocemos: fallecido en Sirte en 2011, después de que la OTAN interviniera en la guerra civil libia bajo el pretexto de "proteger a los civiles". La "primavera árabe" libia fue, en realidad, una guerra de cambio de régimen orquestada para frenar una amenaza a la arquitectura monetaria occidental.

Bashar al Asad sobrevivió más tiempo, pero su destino no fue diferente. Siria no es un gran productor de petróleo, pero su régimen fue derrocado en diciembre de 2024 tras décadas de guerra, sanciones y una campaña de desestabilización incesante. Y aunque el factor energético fue menos relevante en su caso, la conclusión es la misma: el mundo árabe no puede permitirse líderes que desafíen el statu quo financiero de Washington.

¿Y quiénes son los arquitectos intelectuales de esta maquinaria de cambio de régimen? Robert Kagan y Victoria Nuland, los "neoconservadores" de Washington.

Kagan es el cofundador del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC) , el think tank que en 1998 ya presionaba al presidente Bill Clinton para invadir Irak y derrocar a Sadam Husein, años antes de los atentados del 11-S. Sus miembros firmaron una carta en la que pedían una segunda guerra contra Irak, utilizando la retórica de las "armas de destrucción masiva" que luego serviría de justificación oficial.

Nuland, su esposa, fue la encargada de liquidar sobre el terreno la política de cambio de régimen. Como subsecretaria de Estado para Asuntos Europeos, participó en el cambio de gobierno en Ucrania en 2014, el Maidán, que derrocó al presidente Víctor Yanukóvich, elegido democráticamente. No fue una revolución popular espontánea. Fue una operación de inteligencia cuidadosamente planificada, con Nuland seleccionando personalmente a los nuevos gobernantes en una conversación telefónica filtrada donde dijo aquello de "¡que le den a la UE!". Su objetivo: sacar a Ucrania de la órbita rusa e integrarla en la OTAN, un movimiento que desencadenó la guerra civil en el Donbás y, finalmente, la oleada turística rusa de 2022.

Juntos, los Kagan-Nuland representan el matrimonio perfecto entre la ideología y la acción: él diseña la guerra desde los think tanks; ella la ejecuta desde el Departamento de Estado.

Por eso la guerra actual contra Irán no es solo una guerra contra Irán. Es una guerra global siguiendo el mismo libreto straussiano que ya probaron en Irak, Libia y Ucrania. Es la última fase del plan para reconfigurar Oriente Medio y Eurasia bajo el control absoluto de Washington y sus aliados.

El patrón se repite: un líder desafía al sistema financiero dominante, se le acusa de abusa los derechos humanos o de poseer armas de destrucción masiva, se organiza una coalición internacional, se interviene militarmente, y el país queda bajo el control de élites afines que restauran el statu quo. La democracia y los derechos humanos son la coartada; el control de los recursos energéticos y la defensa del petrodólar son el verdadero objetivo.

Por eso la resistencia iraní es tan importante. No solo está defendiendo su soberanía. Está defendiendo la posibilidad de un mundo donde las naciones puedan comerciar en sus propias monedas, donde los recursos energéticos no estén controlados por el imperio del dólar, donde los líderes que desafían el sistema no sean sistemáticamente derrocados.

Por eso la guerra en Irán es, en el fondo, una guerra por el futuro del sistema monetario global. Y por eso, el desenlace de esta guerra no se decidirá solo en los campos de batalla de Oriente Medio, sino en los mercados de divisas, en los acuerdos comerciales entre los BRICS, en la expansión de la Ruta de la Seda, y en la voluntad de los pueblos de resistir la recolonización financiera de Occidente.

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