Seat 600 y rubias suecas: la economía del mito franquista
El Seat 600 no era un coche barato: era un coche condenado a la espera. Hacían falta dos años de cola y un número de sueldos parecido al actual para encargarlo. Aun así, el pequeño utilitario se ha convertido en el icono de una España que algunos añoran. El complemento perfecto del relato es la rubia sueca en el asiento del copiloto: el deseo de un país que miraba a Europa con ambición y a su realidad con complejo.
¿Cuántos sueldos costaba un coche entonces?
La duda recorre la comparación. Hay quien sostiene que el precio en salarios era similar al de ahora; la diferencia estriba en la espera. Encargabas el 600 y pasaban años antes de verlo. Y cuando llegaba, llegaba completo: las puertas mirabragas tenían más personalidad que cualquier SUV actual de plástico. Pero la espera no era una virtud: era el síntoma de una industria protegida, con patentes ajenas y sin competencia.
El precio de la casa: la verdadera brecha
El mismo relato que pondera los coches olvida la vivienda. Las casas de los pueblos valían cuatro reales porque nadie quería vivir en ellas; hoy se venden por decenas de veces su valor. Los pisos de las ciudades eran caros, y la independencia, un lujo para pocos. No hubo milagro: hubo un trasvase de miseria rural hacia un urbanismo desigual. Quien esto cuenta sabe que el desarrollismo no se mide en coches bonitos, sino en la capacidad de decidir dónde vives.
Seat, exportadora en Escandinavia y la ruptura con Fiat
Aquella industria nacional llegó a triunfar fuera: Seat fue de los más vendidos en los países nórdicos, hasta que Fiat, molesto, retiró las patentes y disolvió la colaboración. La historia del coche español que conquistó temporalmente Suecia y cayó por la dependencia tecnológica debería enfriar el entusiasmo autárquico. Sin el socio italiano, el invento no se sostenía. Eso no es autarquía; es colonia industrial.
El mito del coche asequible y la sueca imposible esconde otra pregunta: si la economía funcionaba tan bien, ¿por qué hizo falta la democracia para rendir cuentas? Se puede añorar un coche, pero no el país que no te dejaba conducirlo.