Ropa de verano y deseo: el pulso del espacio público
Un banco de parque, dos jóvenes sentados y una chica de entre 16 y 18 años de pie frente a ellos con unos shorts vaqueros mínimos. Ella se gira, busca el ángulo, se coloca. Ellos bostezan. La escena, recogida en el arranque de una discusión que lleva meses coleando, contiene el nudo del asunto: quien busca una reacción no siempre la obtiene, y quien la recibe no siempre la agradece. De ese desajuste sale una de las polémicas más ásperas sobre el uso del espacio público: si vestirse de forma provocativa es una provocación deliberada o solo una manera de ir por la calle.
Una corriente sostiene lo primero y va más lejos:
la exhibición sería una provocación deliberada, orientada a activar en el varón un deseo que no puede consumar.
Qué sostiene la tesis del deseo no correspondido
El argumento se apoya en una analogía sencilla: provocar hambre o sed a alguien que tiene prohibido comer y beber.
Es exactamente lo que ocurre, se afirma, cuando alguien muestra en un supermercado o en la vía pública un cuerpo que después no está disponible. La parte fisiológica se describe como un mecanismo reflejo que arranca solo: el organismo inicia una respuesta sexual que no va a culminar. Luchar contra ese instinto consume energía; recrearse en la vista también, porque deja al cuerpo en tensión sin salida.
Sobre ese diagnóstico se lanza un cálculo que no procede tomar al pie de la letra: en el planteamiento inicial se dice que ese escaparate solo está disponible para
un 15% de personas, los descritos como mejor situados. El resto, se argumenta, se queda con la carencia y con la sensación de estar pagando un precio que nadie le había consultado.
El contraargumento: autocontrol y presión del entorno
Frente a esa lectura aparece la que pone el foco en la educación y en el ambiente. No todo el mundo reacciona igual ante el mismo estímulo, así que el problema no estaría en la ropa ajena sino en quien no sabe gestionar lo que ve.
¿Somos animales?, resume una intervención que recuerda que los impulsos se gobiernan.
La segunda pata del argumento señala hacia arriba: la estética dominante no nace del capricho individual, sino de lo que premian los medios y el entorno inmediato.
La culpa es de la capota y no del torero, viene a decirse, apuntando a quien normaliza esos códigos y a quien se limita a obedecerlos. Una tercera vía, sostenida por algunas participantes que se presentan como mujeres, admite el desconcierto: hay quien reconoce que
ni ellas mismas dejan de mirar cuando el descaro es evidente, y que la atención se ha convertido en la moneda de cambio.
La competencia por la atención y el negocio que la explota
Ahí entra la derivada económica. Se sostiene que el ocio nocturno se nutre de esa rueda: más gente buscando y siendo buscada equivale a más consumiciones y más facturación con IVA. También se describe una pugna interna entre las propias mujeres por destacar sobre la vecina, un mercado de la atención donde la que se tapa compite con la que se destapa y donde el premio no siempre llega.
El reproche, además, no distingue cuerpos: el relato de una joven con sobrepeso y una falda que no cubría nada circula junto al de una adolescente de 16 años y al de niñas de 12 vestidas como adultas, en ambos casos según lo contado por quienes participan en el hilo. Hay incluso quien asegura que la separación por sexos en las aulas mejora el rendimiento académico porque elimina la distracción, una afirmación que se lanza sin más respaldo que la intuición.
Qué se propone desde el recato y qué se responde
De aquí sale la rama más antigua del asunto: la reivindicación de la modestia. Se citan tradiciones religiosas que piden decoro y se defiende que una sociedad solo avanza si sus varones pueden concentrarse en sus asuntos sin interferencias. Alguna intervención separa a las mujeres en dos categorías, las del disfrute y las de formar familia, y sostiene que
la que se expone demasiado queda descartada para lo segundo.
La réplica llega desde otra esquina y apunta a la clase: según una de las intervenciones, las exigencias de «buena familia» son propias de la clase media, y el reproche hacia quien va ligera de ropa escondería no poder permitírsela.
El límite legal: mirar sí, tocar no
El marco que rodea todo esto se resume en una asimetría: la calle permite mirar y no tocar. Cualquier contacto sin consentimiento tiene consecuencias, y en la conversación se menciona con sorna el teléfono de ayuda como si fuera una amenaza pendiente sobre el que se atreva. Para unos, esa combinación demuestra que el problema no tiene solución individual; para otros, simplemente recuerda que el deseo no otorga derechos.
De todos los números que se manejan, el más incómodo es el más pequeño. En la escena del banco, los dos jóvenes no miraron ni una vez. La chica siguió de pie, buscando un ángulo que nadie le devolvió. Si la exhibición pretendía provocar, falló; si pretendía pasar desapercibida, tampoco funcionó. En ese banco no gana nadie.