El ‘Festival de la Esperanza’ espera 15.000 fieles en Vistalegre: ¿culto o negocio?
León XIV aterriza en Madrid para su primer viaje como Papa y oficiará en un centro de Cáritas. A pocas manzanas, el
Palacio Vistalegre acoge este fin de semana el
Festival de la Esperanza, un macroencuentro evangélico que aspira a congregar a más de 15.000 personas. La coincidencia no es casual: el auge de estas celebraciones espectaculares en la capital no deja de crecer, y el perfil de los asistentes —emotividad, búsqueda de consuelo— ha disparado las alertas sobre el modelo de negocio que hay detrás.
Los críticos señalan que la estructura de estos eventos recuerda más a una explotación comercial que a una comunidad religiosa. «Las carteras de los desconsolados son desplumadas por pastores, obispos, apóstoles...», se lee en los análisis de quienes siguen el fenómeno. La mezcla de espectáculo, dones proféticos y «visiones» genera un caldo de cultivo para el
Egocentrismo y la captación de donativos sin apenas control fiscal ni doctrinal.
El contraste con la visita papal
Mientras la Iglesia católica, con el nuevo Papa, centra su agenda en la atención a los más vulnerables —el primer acto oficiado por León XIV es en un centro para personas sin hogar—, los macrofestivales evangélicos rebosan de «espectáculo y emotividad» y se apoyan en una liturgia que algunos califican de «secta pentecostal». La Conferencia Episcopal observa con recelo el crecimiento de estas congregaciones, que en Madrid ya compiten abiertamente por los fieles y, sobre todo, por sus ingresos.
La falta de transparencia en la gestión de los fondos recaudados en estos eventos —entradas, ofrendas, diezmos— es otra de las sombras del fenómeno. «Hay quien ve demonios bajo la silla y quien ve ángeles; pero el dinero acaba siempre en las mismas manos», resume una de las voces más escépticas entre los comentaristas del sector.
El crecimiento de estas iglesias evangélicas en Madrid no es un mero dato sociológico: es un negocio que mueve millones y que apenas tiene rendición de cuentas. La pregunta que queda en el aire es si la fe que se vende en Vistalegre vale lo que cuesta.
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