Por qué los salarios en España son tan bajos: el diagnóstico que no cuadra
¿Por qué cobra la mitad que un alemán por el mismo trabajo, paga el café al mismo precio y aun así le dicen que España es un país barato? La respuesta corta es que no lo es. El
poder adquisitivo de los bienes básicos se ha desplomado, y el relato que atribuía la moderación salarial a la competitividad turística hace tiempo que dejó de sostenerse:
un café o una noche de hotel ya cuestan lo mismo o más en España que en Alemania, mientras el sueldo medio sigue muy por debajo. La consecuencia, según un forero, es un ahorro familiar que apenas alcanza el
8% del PIB y una clase media que vive al día.
El diagnóstico que compite en el debate: falta de empresas, no de voluntad
Una de las tesis más repetidas apunta a un problema de estructura productiva:
faltan empresas. Los salarios bajos serían consecuencia de la escasez de capital asignado a la masa laboral, agravada por exacciones, tasas, regulaciones e impuestos. El tejido empresarial español es abrumadoramente
pyme y autónomo, y eso limita la capacidad de pagar sueldos altos. En paralelo, se argumenta que el país desprecia al trabajador cualificado: se prima al universitario con estudios genéricos antes que al tornero fresador especializado en CNC y CAD/CAM, un perfil que en Alemania cotiza al alza.
El cálculo más repetido en el otro lado de la balanza es el del coste laboral total. Un trabajador que cobra
1.400 euros netos le cuesta a la empresa bastante más, y la diferencia se la lleva el Estado en IRPF y cotizaciones. De ahí la propuesta, lanzada por la patronal, de pagar el bruto íntegro al trabajador para que este vea lo que realmente cuesta su empleo y se apañe con Hacienda. Los sindicatos y el Gobierno se opusieron, según el relato que circula.
¿Por qué hay tanto paro estructural en España?
Porque hay poca oferta de trabajo para mucha demanda de empleo. Es la explicación más repetida: con desempleo alto, el trabajador no puede elegir y las empresas tiran los sueldos hasta el mínimo del convenio, cuando no recurren a contratos de menos horas de las trabajadas o a horas extras que no se pagan. La falta de ahorro y capitalización, el exceso de ahorro volcado en ladrillo, la maraña regulatoria y la escasez de grandes empresas alimentan ese paro estructural. El resultado es que la negociación salarial se hace siempre desde la posición más débil.
Hay un dato que agrava el cuadro y que suele quedar fuera del titular:
los parados mayores de 45 años superan el 57% del total, el nivel más alto de la serie. Es decir, el grueso del desempleo no es juvenil ni coyuntural: es gente con experiencia a la que el mercado expulsa y ya no vuelve a contratar. Ese ejército de reserva presiona a la baja cualquier salario.
La presión migratoria sobre los sueldos bajos
Una parte del análisis sostiene que la llegada masiva de trabajadores extranjeros ha funcionado como
dumping salarial en los sectores de baja cualificación, y que a la vez incrementa el gasto en servicios públicos. Otra corriente rechaza esa lectura y recuerda que en el empleo público los recién llegados tienen vetado el acceso, y que hay puestos que la población nacional ya no cubre. El desacuerdo es total y conviene no confundir la tensión social con una relación causal demostrada.
Lo que sí aparece con claridad es la queja sobre el reparto: se argumenta que cualquier persona no cotizante tiene más derecho a recibir servicios públicos que quien lleva años pagando, algo que, según esta tesis, no ocurría ni en los socialismos soviéticos. La discusión deriva hacia el gasto: no puede ser que se gaste más en fomento del empleo que en Sanidad o educación.
La impresora, el euro y el relato del país barato
La tesis monetaria tiene su propia facción. Desde 1971, con la ruptura del patrón oro, el dinero deja de ser un bien escaso y pasa a repartirse según la cercanía a la impresora. Quien está cerca se protege; quien cobra una nómina, no. El salario real no son los billetes que ingresas, sino los macarrones, zapatos y camisas que compras con ellos. Si te pagaran en especie, el salario se mantendría; pagado en dinero que se deprecia, cada mes compra menos.
A eso se suma el euro. España se vendió durante décadas como un país barato, con sueldos bajos asumidos a cambio de precios contenidos. Tras la entrada en la moneda única, los precios convergieron con Francia y Alemania pero los sueldos no. El modelo turístico, que exige seguir siendo competitivos en precio, actúa como techo: el día que un café valga aquí lo mismo que en Múnich, se acaba el chollo. Solo que ese día ya llegó, y el sueldo no.
Con estos mimbres, la conclusión más honesta es que el problema no tiene una causa, sino cinco que se refuerzan. Y mientras tanto, el país sigue discutiendo si la culpa es del empresario, del inmigrante o del político. Cómodo, sobre todo para los tres.