Multas de 200 euros por el estado del parabrisas
La Dirección General de Tráfico ha puesto el foco en algo que hasta ahora se resolvía con un trapo y cinco minutos: el estado de los cristales del coche. Circular con el parabrisas roto, sucio o con una ventosa del móvil mal colocada se castiga con
200 euros de multa, aunque sin retirada de puntos. La norma no es nueva, pero su aplicación se ha intensificado. Y ha bastado eso para que el personal saque las antorchas.
El catálogo de infracciones es amplio: cristales dañados que dificulten la visibilidad, suciedad o hielo acumulados, láminas y cortinillas no autorizadas, soportes de teléfono adheridos en zona de visión. La
pegatina de la ITV debe ir en el ángulo superior derecho del parabrisas y el distintivo ambiental en la esquina inferior derecha. Hasta ahí, el manual. El problema, como casi siempre, está en el «dificulte la visibilidad»: un criterio que queda a discreción del agente.
Qué multas contempla la DGT por el parabrisas
El listado incluye también los vidrios tintados o laminados no homologados y las láminas en las ventanillas delanteras, salvo para personas con lupus u otra afección que aumente la sensibilidad al sol, o para vehículos oficiales. La
multa de 200 euros se repite en todos los supuestos. A eso se suma una sanción de
80 euros por llevar las escobillas del limpiaparabrisas en mal estado, con posibilidad de inmovilización del vehículo si llueve fuerte y no funcionan.
La reacción mayoritaria en el debate económico ha sido de hartazgo. Se argumenta que es una excusa más para recaudar, que el dinero no vuelve en forma de carreteras decentes y que el margen de interpretación del agente convierte cualquier fisura en una lotería. «Que quedará a criterio del guardia y si él cree que esa pegatina, fisura, suciedad, ventosa… afecta a la visibilidad, pondrá la multa», resume uno de los mensajes más valorados.
Por qué se multa la suciedad del parabrisas y no otras cosas
La crítica recurrente es la jerarquía de prioridades. Mientras se persigue la mierda del cristal, se sostiene, no se persiguen otros problemas más graves. «No se les escapa la mierda del parabrisas, pero no ven miles de inmigrantes colándose en las playas», dice otro mensaje. La comparación se repite en varias formas a lo largo de la conversación: la vigilancia se concentra en lo fácil y lo rentable.
Hay quien va más allá y lo enmarca en una supuesta estrategia recaudatoria general. «En la caja sólo hay telarañas y están buscando en el fondo del barril», apunta un participante. La idea de que el coche se ha convertido en una cartera andante sobre ruedas —cuanto más te mueves, más billetes se caen— resume el sentir de buena parte del hilo.
No todo es indignación. Una voz pide calma: «¿Cuál de las medidas que enuncia la noticia es la que os parece mal?». Otra recuerda que esto ya existía: «Nada que no estuviera vigente ya hace más de 25 años, si había una pequeña raja de dilatación en el parabrisas, la ITV se echaba atrás». Y un tercero defiende que la visibilidad no debería estar obstaculizada por nada: «Da gusto conducir con todo el panorama por delante libre, pero no, hay conductores que le ponen todo tipo de objetos».
El criterio del agente: la letra pequeña de la sanción
El punto que más ampollas levanta es la subjetividad. La norma habla de cristales que «dificulten la visibilidad», pero no fija umbrales. Eso deja en manos del agente decidir si una fisura, una pegatina o una ventosa entorpecen lo suficiente. «Vamos que te pueden multar a gusto del guardia», zanja un mensaje. La consecuencia práctica es que dos conductores con el mismo estado del cristal pueden acabar uno multado y otro no, según quién les pare.
La experiencia personal también aparece. Un participante relata que le pararon en Huesca por no llevar la pegatina de la ITV, aunque tenía el GPS a mitad del parabrisas «bastante voluminoso» y no le dijeron nada. Le advirtieron de la multa, pero no se la pusieron. Días antes, en Zaragoza, la policía local le había parado por circular por el carril del tranvía y también salió el tema de la pegatina. Tampoco hubo sanción. El relato ilustra la disparidad de criterios.
El desgaste del relato oficial: entre la seguridad y la caja
La DGT presenta estas campañas como medidas de seguridad vial. El argumento oficial es que un parabrisas limpio y en buen estado salva vidas. En el debate, esa narrativa se recibe con escepticismo. «La DGT pone anuncios para decir que no es para recaudar, sino por nuestro bien, para que volvamos sanos a casa… Basura hipócrita», resume un mensaje. La desconfianza hacia el relato institucional es transversal.
También hay quien señala el coste de oportunidad. Se menciona que este año ha llovido con ganas y el firme está lleno de baches, pero que para arreglar carreteras no habrá dinero. La comparación entre lo que se multa y lo que se invierte es una constante. El coche, concluyen varios, es una fuente de ingresos fácil y barata de explotar.
El cierre no es un cierre. Con el criterio del agente como comodín, es previsible que las multas por parabrisas sigan generando titulares y cabreo a partes iguales. Lo que no está claro es si alguien medirá alguna vez cuántas de esas sanciones evitan un accidente y cuántas solo engordan la recaudación. Esa estadística, de momento, no existe.