Más del 90% de ocupación y el turista nacional cae en la costa valenciana
¿Cómo se puede hablar de caída del turismo nacional cuando la ocupación hotelera ronda el 90%? La patronal valenciana acaba de soltar los datos de la primera quincena de agosto y el dato tiene delito: las camas están llenas, pero de quien ya no está es del español. El veraneante nacional lleva años retirándose sin hacer ruido, y los hosteleros, que no quieren ver el elefante en la habitación, se agarran a la ocupación global como un clavo ardiendo.
El precio como expulsión silenciosa
La causa no es ningún misterio: los precios han subido un 63% desde la pandemia. La sensación de pagar una estafa se ha instalado en el turista medio, que ahora compara antes de reservar. Y la comparación duele. El desglose de ese diferencial, partida a partida, es lectura obligatoria para quien todavía dudaba de que el extranjero sale a cuenta. Un apartamento decente en una isla griega cuesta la mitad que uno en Torre Vieja; una semana de pensión completa fuera de España sale por menos que tres semanas en Cádiz; y quien se lo monta en Tailandia estira un mes lo que aquí dura una semana. Hasta Noruega se ha vuelto competitiva en hoteles: cafés y té gratis, desayunos abundantes y habitación más barata que en cualquier ciudad costera mediterránea.
El efecto Baleares llega a Levante
La patronal ya habla de efecto Baleares. La saturación, los precios y el calor extremo que antes ahuyentaban al turista nacional de las islas se han trasladado a la costa valenciana. El cliente que queda ha cambiado de pasaporte: familias latinoamericanas, europeos del norte y visitantes que no notan el pinchazo del 63%. Pero hay historia oculta: una parte del turismo nacional se ha refugiado en el alquiler sumergido, el apartamento del cuñao o la segunda vivienda. La ocupación oficial marca récord; los pueblos de la costa cuentan otra historia.
Turismo de calidad, el eufemismo que no cuela
Cada vez que alguien sugiere subir precios para atraer turismo de calidad, conviene recordar que el producto base de la costa valenciana sigue siendo el hotel paco de toda la vida. Calidad y modelo español no casan, y la discusión se enquista. Hay quien defiende que precios altos equivalen a mejor cliente; otros lo ven como excusa para cobrar más por lo mismo. La semana pasada, un alemán que recorría la costa se escandalizaba con los hoteles mientras encontraba los restaurantes baratísimos: el diferencial de precios no siempre premia al hostelero.
Con agosto a 45 grados y hoteles que piden 150 euros la noche para dos personas, la mezcla no invita a repetir. El turista nacional no ha dejado de veranear: ha cambiado de mapa, de estación y de cartera. La patronal valenciana puede seguir celebrando la ocupación mientras no mire quién falta: el vecino de toda la vida, que ahora prefiere reírse en una playa de Sicilia o refrescarse en un fiordo. La única pregunta pendiente es cuántos años tardará el empresario local en darse cuenta de que su mejor cliente se ha ido para no volver.