Putin invoca Kosovo para legitimar Donetsk y Lugansk
En su reunión con António Guterres en Moscú, Vladímir Putin puso sobre la mesa un argumento que llevaba años circulando en los mentideros diplomáticos: si Kosovo pudo declarar su independencia sin permiso de Belgrado, Donetsk y Lugansk pueden hacer lo mismo sin pedirle permiso a Kiev. El presidente ruso citó los documentos de la Corte Internacional de Justicia sobre Kosovo para sostener que «un territorio de un Estado no está obligado a solicitar permiso para declarar su independencia a las autoridades centrales del país». La frase, pronunciada en una comparecencia ante el secretario general de la ONU, reabre una de las heridas más mal cerradas del derecho internacional: la de los precedentes que unos invocan y otros maldicen según quién los use.
Qué dijo exactamente Putin sobre Kosovo y el Donbás
Putin recordó que la Corte Internacional de Justicia de la ONU estipuló, en relación con Kosovo, que un territorio puede declarar su independencia sin autorización del gobierno central. «Esto se ha dicho en relación con Kosovo y así es la decisión de la Corte Internacional», afirmó, y añadió que esa decisión «fue respaldada por todos». A partir de ahí, trazó el paralelismo: «Si es así, entonces las repúblicas de Donbass —la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk— tienen el mismo derecho a declarar su soberanía sin recurrir a las autoridades centrales de Ucrania, porque fue creado un precedente».
El mandatario ruso también justificó el reconocimiento ruso de esas repúblicas con el argumento de que «muchos Estados del mundo, incluidos nuestros oponentes en Occidente, en relación con Kosovo» ya habían hecho lo mismo. Y remató con el artículo 51 del capítulo 7 de la Carta de las Naciones Unidas para avalar la ayuda militar solicitada por Donetsk y Lugansk contra un Estado que, según su versión, «está llevando a cabo operaciones militares contra ellos».
El precedente de Kosovo: quién lo reconoce y quién no
La comparación no es inocente. Kosovo declaró su independencia de Serbia en 2008 y desde entonces ha sido reconocido por más de cien países, entre ellos Estados Unidos y la mayoría de los miembros de la Unión Europea. España, sin embargo, no lo reconoce. Y ahí empieza el problema para la coherencia occidental: si España no reconoce Kosovo pero participó en los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado en 1999, ¿qué autoridad moral tiene para oponerse a que Rusia haga con Donbás lo que la Alianza hizo con Kosovo?
Esa contradicción es el corazón del asunto. Quienes defienden la independencia kosovar sostienen que existía un genocidio en curso y que la intervención humanitaria era necesaria. Quienes defienden la independencia de Donetsk y Lugansk replican que en el Donbás también hubo ocho años de conflicto, con miles de muertos civiles, y que Kiev nunca aplicó los acuerdos de Minsk. El problema es que, como señalan analistas críticos con Moscú, la narrativa del «genocidio» en el Donbás nunca ha sido aceptada por la opinión pública internacional, mientras que la de Kosovo sí caló.
La trampa del doble rasero: Kosovo como caja de pandora
El reconocimiento de Kosovo abrió una caja de pandora que ahora se vuelve contra quienes la abrieron. Si el derecho de autodeterminación se aplica sin permiso del Estado central, entonces no hay frontera que no pueda cuestionarse. Escocia, Cataluña, Córcega, el País Vasco, Cachemira o el Sáhara Occidental son solo algunos ejemplos de territorios donde el precedente kosovar ha sido invocado, con mayor o menor fortuna. La diferencia, como siempre, es quién tiene detrás un padrino militar potente.
En el caso del Donbás, Rusia actúa como ese padrino. En el caso de Kosovo, fueron Estados Unidos y la OTAN. La simetría es incómoda para Occidente, que durante años ha presentado la independencia kosovar como un caso único e irrepetible. Putin acaba de recordarle al mundo que, en derecho internacional, lo que vale para uno vale para todos. O no vale para ninguno.
Qué pasa con España: ni reconoce Kosovo ni quiere oír hablar de Donbás
España es el ejemplo perfecto de la contradicción. No reconoce Kosovo por miedo a sentar un precedente para Cataluña, pero participó en la OTAN durante los bombardeos sobre Serbia y acepta competir deportivamente contra Kosovo en torneos internacionales. Esa postura, calificada de incongruente por propios y extraños, se sostiene sobre un equilibrio inestable: reconocer Kosovo sería abrir la puerta a cuestionar la integridad territorial española; no reconocerlo mientras se apoya a la OTAN deja a España en una posición ridícula.
Con Donbás, el gobierno español ha sido tajante: no reconoce la independencia de las repúblicas populares ni el referéndum de adhesión a Rusia. Pero la sombra de Kosovo planea sobre cada declaración. Si algún día Cataluña volviera a plantear una declaración unilateral de independencia, los independentistas tendrían en Kosovo un argumento y en Donbás otro. Y España, que no reconoce ninguno de los dos, tendría que explicar por qué unos sí y otros no.
El debate sobre si la independencia de Donetsk y Lugansk es tan legítima como la de Kosovo no tiene una respuesta jurídica limpia. La Corte Internacional de Justicia dijo en 2010 que la declaración unilateral de independencia de Kosovo no violaba el derecho internacional, pero no dijo que todos los territorios tuvieran derecho a hacer lo mismo. Esa ambigüedad es la que permite que cada potencia invoque el precedente que le conviene. Y mientras tanto, en el Donbás, la guerra sigue.