La inflación no es una fuerza natural: alguien sube los precios a mano
Un litro de aceite que costaba 1,50 euros aparece de pronto a 5. La cesta de la compra que en 1990 se llenaba con 30 euros exige ahora 250, según un cálculo que circula en el debate. Y sin embargo, el dato oficial de inflación apenas se mueve un 2%, según la versión que se critica. Esa contradicción, que cualquier consumidor detecta en la caja del supermercado, es el punto de partida de un análisis que sostiene que la inflación no es un fenómeno natural ni una ley física, sino
un mecanismo diseñado para impedir el ahorro y perpetuar la deuda. La tesis central: si el dinero mantuviera un valor estable y los precios no subieran sin fin, cualquier trabajador podría ahorrar, dejar de depender de un salario ajeno o montar su propio negocio. La inflación constante lo impide.
El cálculo oficial que no cuadra con la cesta de la compra
El argumento más repetido es que la medición oficial de la inflación no refleja lo que paga el ciudadano. Se sostiene que las estadísticas seleccionan una cesta arbitraria de bienes y servicios —productos secundarios, de consumo minoritario— mientras dejan fuera partidas que se han disparado. El precio de la vivienda, que se ha multiplicado por veinte desde 1980, no entra en ese cálculo. Tampoco la pérdida de
poder adquisitivo asociada al cambio del euro, que se aplicó a 166 pesetas cuando el tipo establecido era ese, según la versión que circula, aunque en la práctica se redondeó a 100, con el consiguiente recorte del poder de compra.
El resultado es una brecha que todo el mundo percibe:
llenar el carro de la compra con los mismos productos que en 1990 costaba 30 euros, hoy exige al menos 250, según un cálculo que circula. La vivienda remata el cuadro. Una generación compraba cuatro pisos de obra nueva en diez años; ahora hacen falta dos sueldos y más de cuarenta años de hipoteca para pagar un solo piso de cuarta mano construido en aquella misma época.
¿Por qué suben los precios si cae el consumo?
La pregunta que descoloca el relato convencional: si los precios los fija la oferta y la demanda, ¿cómo es posible que suban mientras el consumo se debilita? La respuesta que se da en el análisis es que
los precios no los pone el mercado, los pone quien controla la producción. Oligopolios que fijan el precio que les conviene y un consumidor que paga sin alternativa. El caso del aceite de oliva es el ejemplo recurrente: una garrafa de cinco litros a 42 euros cuando el kilo de aceituna se paga a céntimos al agricultor.
Hay quien va más allá y sostiene que el estado natural de una economía productiva sería la deflación, no la inflación. La mejora de la productividad, la eficiencia y la tecnología deberían abaratar los bienes con el tiempo. Si los precios suben en lugar de bajar, se argumenta, es porque
alguien se queda con esa ganancia de productividad y además impone un objetivo anual de empobrecimiento del 3%.
El oro, el bitcoin y la trampa de las monedas digitales
La discusión deriva hacia las alternativas. Una corriente defiende el patrón oro o plata como dinero con valor intrínseco, incapaz de ser devaluado por decreto. Otra señala que el bitcoin funciona como caballo de Troya para introducir las monedas digitales de banco central, que convertirían el dinero en una herramienta de control social directo. La plata, se recuerda, funcionó como dinero mucho más tiempo que el oro a lo largo de la historia.
El contraargumento técnico también aparece: ¿cómo se asigna un valor fijo y constante al dinero fiduciario? ¿Con una tabla de precios estatal? ¿Poniendo a un funcionario al mando del banco central? La objeción es que ninguna de esas fórmulas resuelve el problema de fondo, porque el poder de fijar precios no desaparece, solo cambia de manos.
Deuda, déficit y la trampa de la vivienda
El mecanismo completo, según esta lectura, combina tres piezas: inflación, déficit y deuda. Con las tres a cero, muchos problemas desaparecerían; con las tres disparadas, se convierten en herramientas de saqueo. La vivienda es la pieza maestra: un bien de primera necesidad a precio prohibitivo que obliga a contraer una deuda de por vida.
Pagar religiosamente cada mes o perderlo todo, aunque ya se haya amortizado el 90%.
Hay quien matiza que el problema no es el liberalismo en sí, sino que algunos actores controlan finanzas, medios y producción simultáneamente, lo que les permite arrasar cualquier competencia. En el mercado del alquiler, la presión normativa expulsa al pequeño propietario, los fondos compran barato y después se cambia la ley para garantizar la seguridad jurídica del nuevo dueño.
La discusión no se cierra. Unos ven en la inflación un invento deliberado para mantener a la población endeudada y sin capacidad de ahorro. Otros admiten el diagnóstico pero discrepan en el remedio: patrón oro, moneda continental, deflación natural o simplemente subir salarios. Lo que nadie discute es que la cesta de la compra de 1990 y la de hoy no cuestan lo mismo. ¿Y si el problema no fuera cómo se mide la inflación, sino quién decide qué se mide?